También empezó a dormir de manera inquieta. Por las noches se revolvía entre las sábanas, se levantaba a beber agua y podía quedarse largos minutos plantado frente a la ventana, mirando la oscuridad.
A Natalia Duque se le cruzó entonces una idea amarga:
—¿Y si hay otra mujer?
La sospecha le cayó encima como una losa, y de pronto la invadió una tristeza espesa, difícil de sacudirse.
Una mañana, al buscar unos tarros en el armario de la cocina, reparó en que la carpeta no estaba allí. Apartó todos los botes, revisó una balda y luego otra, incluso miró en los estantes vecinos, pero no encontró nada. Lo recordaba con absoluta claridad: Jorge Ibáñez la había guardado en ese sitio delante de ella.
Esa misma tarde, cuando él estaba sentado en el sofá, otra vez atrapado por su inseparable móvil, Natalia decidió preguntarle sin rodeos.
—Ha desaparecido la carpeta con los papeles del piso —dijo, incapaz de ocultar la preocupación—. ¿La has cambiado tú de sitio?
Jorge ni siquiera levantó la vista de la pantalla.
—Puede que la haya puesto en otro lado… Luego la busco.
Natalia giró la cara hacia la ventana. Afuera ya empezaba a caer la noche. Para entonces casi no le quedaban dudas: los documentos se los había llevado Pilar Méndez. Y Jorge, o no quería verlo, o sencillamente le daba igual.
Sentía que el suelo se hundía bajo sus pies, despacio y sin ruido, y que no tenía nada a lo que agarrarse.
Al final se armó de valor. Esperó a que Pilar Méndez saliera a casa de una vecina para ver su serie y se sentó frente a Jorge.
—Jorge, hay una cámara en la cocina, detrás de la panera —soltó de golpe—. Me está desapareciendo dinero del bolso. Mis botas ya no están. Los papeles del piso también han desaparecido. Jorge, no puedo seguir así.
Se había preparado para lo peor: que él defendiera a su madre, como aquella vez con las pastillas, y que a ella no le quedara más remedio que levantarse y marcharse.
Pero Jorge dejó el teléfono sobre la mesa y, por primera vez en semanas, la miró directamente a los ojos. Después giró la pantalla hacia ella.
—Sé lo de la cámara —dijo en voz baja—. Mi madre me contó que la había puesto para “vigilarte”. Esa misma noche abrí la aplicación y vi que no había un dispositivo, sino dos. El segundo enfocaba la cocina. Llevo tres semanas revisando las grabaciones.
Natalia tardó unos segundos en comprenderlo, mientras él ya pasaba el vídeo hacia atrás. En la pequeña pantalla apareció su cocina. Pilar Méndez abría el bolso de Natalia, sacaba varios billetes y se los metía en el bolsillo. En otra grabación, captada por la segunda cámara, Pilar salía a la calle llevando las botas de su nuera.
Después apareció la búsqueda de la carpeta: estante por estante, tarro por tarro, sin dejar rincón sin revisar.
