Aún le escocía algo ocurrido medio año atrás. Pilar Méndez había acusado a Natalia Duque de haber tirado sus pastillas para el corazón. Jorge Ibáñez, sin dudarlo demasiado, se puso del lado de su madre. Más tarde encontró el blíster detrás del sofá, pero ni siquiera tuvo el gesto de pedir perdón; se limitó a mascullar:
—Mira, estaban aquí.
Natalia se lo grabó a fuego: cuando no había pruebas, si la cosa quedaba en su palabra contra la de Pilar, ella siempre salía perdiendo.
Un día, justo antes de comer, Pilar arrugó la nariz y comentó con desagrado:
—Natalia, ¿otra vez comida preparada? ¿De verdad no te cansas?
Jorge no dijo nada en defensa de su mujer, y Natalia estaba tan agotada que no tuvo fuerzas para enzarzarse en una discusión.
A la mañana siguiente, Pilar llamó a una amiga desde la propia cocina y, sin molestarse en bajar la voz, soltó:
—Mi nuera es un desastre, el pobre Jorge lo pasa fatal. Pero ¿qué va a hacer él? Es demasiado bueno, igual que su padre.
Con el tiempo, Natalia comprendió que aquello no era más que el principio. Poco después empezaron a desaparecer billetes pequeños de su cartera. Al principio no quiso darle importancia; se convencía de que quizá los había gastado sin acordarse, o de que era culpa de su despiste, y terminaba enfadándose consigo misma.
Hasta que un día desaparecieron sus botas de invierno.
—Yo desde luego no las he tocado —dijo su suegra, muy tranquila—. A lo mejor las tiraste tú.
—¿Yo? —Natalia la miró sin comprender—. ¿Mis propias botas?
—Pues quién sabe… —Pilar se encogió de hombros, como si la explicación fuera perfectamente razonable.
Después de descubrir la cámara de la cocina, Natalia buscó el modelo en internet y dio con la contraseña de fábrica en el manual publicado en la página del fabricante. Pilar no se había molestado en cambiarla. Así que Natalia logró conectarse al aparato sin dificultad y abrió el historial de grabaciones.
En la pantalla apareció su cocina. Allí estaba Pilar Méndez, moviéndose con una concentración inquietante. Revisaba los armarios uno por uno, con una paciencia casi profesional: sacaba botes, miraba detrás, los colocaba de nuevo en su sitio. La cámara era barata y grababa sin sonido, de modo que resultaba imposible saber qué estaba buscando exactamente.
En otro vídeo, Pilar hablaba con alguien. Movía las manos con énfasis, apuntaba algo en un trozo de papel y luego escondía la nota en el bolsillo de la bata.
Sin audio, una vez más, no había forma de entender de qué iba aquella conversación. Por si acaso, Natalia descargó las dos grabaciones y las guardó en su móvil.
Tan pendiente estaba de las maniobras de su suegra que, sin darse cuenta, dejó de prestar atención a su marido. Pero Jorge también había cambiado. Por las tardes se quedaba absorto mirando el teléfono, y en cuanto Natalia se acercaba, él lo volvía boca abajo sobre la mesa.
