La madre de su marido había instalado una cámara en la cocina; Natalia Duque la descubrió detrás de la panera. Aquel pequeño ojo negro apuntaba sin disimulo hacia la mesa donde comían.
Sí, su suegra había colocado una cámara en la cocina, y Natalia Duque la encontró escondida tras el recipiente del pan. La diminuta lente oscura miraba directamente al comedor.
Por un instante, la mano de Natalia se movió sola, con ganas de arrancar el aparato y lanzarlo a la basura. Pero se contuvo. Si Pilar Méndez la estaba vigilando, era porque buscaba algo.
Y Natalia decidió averiguar qué era.
Natalia Duque y Jorge Ibáñez vivían en el piso de él, una vivienda de dos habitaciones. Ella trabajaba en un colegio; salía por la mañana cuando aún no había clareado y regresaba ya al atardecer. Jorge, empleado en una fábrica, solía llegar un poco más tarde.

Su vida transcurría sin sobresaltos, tranquila y bastante ordenada, hasta que unos meses atrás se instaló con ellos Pilar Méndez, la madre de Jorge.
—Será por poco tiempo —anunció, dejando la maleta en el pasillo—. Solo hasta que Rubén Suárez solucione lo de su alojamiento.
Rubén Suárez, el hijo menor de Pilar, se había quedado sin el piso que alquilaba porque el propietario lo vendió. Desde entonces iba de casa en casa, durmiendo donde algún amigo le hacía sitio.
Desde el primer día, Pilar Méndez empezó a mandar en aquella vivienda como si fuera suya. Primero reorganizó la vajilla a su manera; después tiró el ficus de Natalia del alféizar, asegurando que “solo servía para juntar polvo”.
Y cada cena venía acompañada de un comentario sobre la comida de su nuera: que si estaba demasiado salada, que si la carne había quedado dura, que si aquella ensalada no pegaba con nada.
Jorge respondía siempre igual:
—Mamá ya es una persona mayor. Aguanta un poco, pronto se irá.
Una tarde, Natalia vio cómo Jorge guardaba una carpeta con documentos del piso dentro de un armario de la cocina. La empujó hasta el fondo, detrás de unos botes de cereales, mientras murmuraba algo parecido a: “Aquí seguro que no se pierde”.
En ese preciso momento, Pilar Méndez entró en la cocina. Se quedó junto a los fogones, dirigió una mirada rápida hacia el armario y no dijo nada. Natalia no le dio importancia entonces. Y, sin embargo, debió hacerlo.
Una semana antes, aproximadamente, Pilar había anunciado durante la cena:
—He puesto una cámara en el rellano, encima de nuestra puerta. El portal últimamente no me inspira confianza; nunca se sabe.
Jorge la ayudó a conectarla al Wi-Fi, y la aplicación quedó instalada en su móvil. Natalia asintió y lo dejó pasar. Si la cámara estaba en el rellano, bueno, allá ellos.
Pero la que acababa de encontrar detrás de la panera era una segunda cámara, y de esa Pilar Méndez no había dicho ni una sola palabra.
