«Que venga a vivir con nosotros» propuso Javier, evitando mirarla mientras Ana se puso rígida

Intolerable, permitir que la rutina devore sueños.
Historias

—Y soy yo quien decide quién vive bajo este techo.

—Ana, ¿te has vuelto loca?

—No. Al contrario: por fin he despertado —señaló la puerta con un gesto seco—. No voy a permitir ni un minuto más que en mi propia casa me traten como si no existiera, ni que despreciéis mi trabajo. Recogéis vuestras cosas y os marcháis.

—Ana Navarro, dime que no estás hablando en serio —Javier intentó tomarla de la mano, pero ella se apartó antes de que pudiera tocarla.

—Hablo completamente en serio. Tenéis una hora para hacer las maletas.

—¡Pero es mi madre! ¡No tiene adónde ir!

—Eso tendría que haberlo pensado antes de venir a darme órdenes en mi propio piso —Ana cruzó los brazos, sin bajar la mirada—. Una hora. Después llamaré a la policía y os sacaré de aquí por la vía oficial.

Carmen Flores abrió los brazos, teatral y ofendida.

—¡Javier, hijo! ¿Estás oyendo lo que dice? ¿Así me habla a mí?

—Mamá, tranquilízate… —Javier se volvió hacia ella, perdido, sin saber a quién mirar.

—¿Que me tranquilice? ¡Nos está echando! ¡Nos deja en la calle!

—No en la calle —la corrigió Ana con una frialdad que ni ella misma se reconoció—. Podéis volver a esa casa del pueblo de la que vinisteis. O alquilar algo. O resolverlo como os parezca. Pero aquí no vais a seguir viviendo.

Sin añadir nada más, se dio la vuelta, entró en su habitación y cerró con llave. Al otro lado de la pared empezaron las voces indignadas, los pasos fuertes, los portazos, el ruido de cajones y armarios. Ana se sentó frente al ordenador, aunque fue incapaz de trabajar. Le temblaban las manos.

Pasaron unos veinte minutos. Entonces oyó a Javier arrastrando las maletas por el pasillo. Carmen lloriqueaba, sorbía por la nariz y murmuraba reproches, pero también estaba recogiendo sus cosas. Ana permaneció inmóvil ante la mesa, con el rostro rígido, escuchando cada golpe, cada cremallera, cada bolsa que caía al suelo.

Cuarenta minutos más tarde llamaron a su puerta.

—Ana, abre.

Ella giró la llave y abrió. Javier estaba en el umbral, con los ojos enrojecidos.

—¿De verdad quieres que me vaya?

—Sí.

—¿Para siempre?

—Sí.

Javier asintió despacio, como si acabara de entender algo demasiado tarde. Se apartó y caminó hacia la entrada. Ana lo siguió. En el recibidor se amontonaban las maletas, las bolsas y algunos paquetes improvisados. Carmen se estaba poniendo el abrigo, sin dejar de sollozar de forma ruidosa.

—¡Espero que encuentres a alguien que te aguante! —escupió como despedida—. A las mujeres como tú, los maridos acaban dejándolas.

Ana no respondió. Javier abrió la puerta, sacó las maletas al rellano y regresó a buscar a su madre. Carmen pasó junto a su nuera con la barbilla levantada, envuelta en una dignidad herida que sonaba más a rabia que a dolor.

La puerta se cerró.

Ana se quedó sola.

Durante un rato permaneció de pie en mitad del piso, escuchando el silencio. No había voces. No había reproches. Nadie invadía su espacio, nadie abría su puerta sin permiso, nadie exigía nada. Solo llegaba desde la cocina el zumbido tenue de la nevera.

Ana se acercó a la ventana y miró hacia abajo. Javier y su madre cargaban el equipaje en el coche. Tardaron unos minutos en colocarlo todo. Luego subieron, cerraron las puertas y se alejaron.

Ella volvió a su habitación, se sentó ante el ordenador y observó el proyecto a medio terminar. Quedaban el pie de página, la adaptación para móvil y la subida al servidor. Tres o cuatro horas de trabajo, quizá algo más si quería revisarlo con calma.

Ana flexionó los dedos, acercó el teclado y se obligó a concentrarse. Poco a poco, sus pensamientos dejaron de girar en círculos. Las manos ya no le temblaban. Ajustó elementos en la pantalla, eligió colores, repasó líneas de código, corrigió detalles que antes le habían parecido imposibles de atender.

Nadie entró gritando en la habitación. Nadie le ordenó dejarlo todo para salir corriendo al supermercado. Nadie la llamó egoísta, vaga o desconsiderada.

Ana trabajó hasta las diez de la noche. Terminó el proyecto, lo subió al servidor y lo envió al cliente. Después se reclinó en la silla y cerró los ojos.

Sí, se había quedado sola. Sin marido. Sin aquella familia que, en realidad, hacía tiempo que había dejado de sentirse como tal. Pero había recuperado el control de su vida y de su espacio. A partir de ese momento, nadie volvería a dictarle qué podía hacer en su propia casa.

Se levantó, fue a la cocina y preparó té. Luego se sentó a la mesa y miró por la ventana. Las luces de la ciudad brillaban en la noche; a lo lejos, un coche cruzó la avenida y desapareció.

Silencio. Calma. Libertad.

El teléfono no sonó. Javier no llamó.

Y Ana se sintió bien.

Vivencia