«Que venga a vivir con nosotros» propuso Javier, evitando mirarla mientras Ana se puso rígida

Intolerable, permitir que la rutina devore sueños.
Historias

—Estás exagerando. Mi madre solo intenta que haya un poco de orden.

Ana hizo un gesto de cansancio con la mano y regresó a su habitación. Discutir no servía para nada.

A partir de entonces, los roces se hicieron más frecuentes y el ambiente de la casa se volvió cada día más irrespirable. Carmen Flores actuaba como si el piso le perteneciera, Ana Navarro se encerraba cada vez más en sí misma, y Javier Aguado, aunque fingía no querer meterse, terminaba siempre justificando a su madre.

Llegó el sábado. Ana tenía entre manos un encargo importante: la página corporativa de una empresa de construcción. Debía entregarla esa misma noche; si fallaba, perdería al cliente y también el pago. Era un proyecto grande, lleno de detalles técnicos, y necesitaba concentrarse por completo.

Se levantó a las siete, tomó un café rápido, cerró la puerta de su despacho improvisado y se sentó frente al ordenador. Las horas se le escaparon sin que se diera cuenta. Trabajó sin pausa, ni siquiera salió a desayunar, y dejó el móvil boca abajo junto al teclado para que nada la distrajera.

Hacia el mediodía ya tenía casi terminadas las páginas principales. Solo le faltaba rematar el pie de página, revisar cómo se veía todo desde el móvil y subir los archivos al servidor. Ana estiró los brazos, se masajeó la nuca dolorida y cogió el teléfono para comprobar los mensajes de trabajo. Justo en ese instante, la puerta se abrió de golpe con tanta violencia que chocó contra la pared.

En el umbral apareció Javier, con la cara encendida y los puños apretados.

—¿Pero qué haces? ¿Te has declarado en huelga o qué? —bramó—. ¡Mi madre no puede con todo ella sola y tú aquí, tan tranquila, tocando el móvil!

Ana apagó la pantalla despacio y giró la cabeza hacia su marido. Durante unos segundos se limitó a mirarlo, como si necesitara asegurarse de que había oído bien.

—¿Qué acabas de decir?

—He dicho que ya está bien de vaguear —replicó él, alzando todavía más la voz—. Mi madre lleva desde por la mañana sin sentarse: preparando la comida, limpiando, haciendo cosas. Y tú aquí encerrada, jugando con el teléfono.

Ana se levantó de la silla. Cuando habló, su voz sonó baja, fría y perfectamente clara.

—No estoy jugando con el teléfono. Estoy trabajando. Llevo cinco horas seguidas con un proyecto urgente, un proyecto que trae dinero a esta casa.

—¿Trabajo? ¿Qué trabajo ni qué nada? —Javier soltó una risa despectiva y agitó la mano—. Estás metida en internet. Trabajar es salir de casa e ir a una oficina, como hago yo. Tú estás aquí cómodamente instalada y encima te permites contestar.

—Gano tanto como tú —dijo Ana, sintiendo cómo la rabia le subía por dentro—. Mis encargos pagan las facturas, la compra y la ropa. ¿O crees que el dinero aparece solo en la cuenta?

—¡No me grites! —rugió Javier—. Eres una egoísta. Solo piensas en ti. La familia te da igual.

—¿La familia? ¿Qué familia? —Ana dio un paso hacia él—. Tu madre manda en esta casa como si fuera suya, me humilla, se mete en todo, y tú la defiendes a ella. Esto no es una familia, Javier. Esto es una tortura.

—Eres una desagradecida. Mi madre se esfuerza por nosotros. Quiere ayudar.

—No ayuda. Estorba. Se mete en mi trabajo, en mis cosas y en mi vida.

En ese momento entró Carmen Flores, secándose las manos con un paño de cocina.

—¿Qué pasa aquí? Javier, hijo, ¿está todo bien?

—Mamá, Ana ha montado un escándalo —se quejó él de inmediato, cambiando el tono como un niño ofendido.

—Ya lo sabía yo —dijo Carmen, clavando en su nuera una mirada dura—. Falta de respeto a los mayores, falta de respeto al marido… ¿Tú sabes cómo debe comportarse una mujer casada? Una esposa tiene que apoyar a su marido y atender su casa, no pasarse el día sentada delante de un ordenador.

Entonces Ana sintió que algo se rompía dentro de ella. Todo el cansancio acumulado, la humillación, la irritación y los agravios que había ido tragándose estallaron de golpe.

—¡Basta! ¡Se acabó! ¡Fuera los dos de mi piso!

El silencio cayó de inmediato. Javier y Carmen se quedaron inmóviles, mirándola como si no reconocieran a la mujer que tenían delante.

—¿Cómo dices? —Javier fue el primero en reaccionar.

—He dicho que os vayáis —repitió Ana, serena, pero con una firmeza que no dejaba espacio a la duda—. Este piso es mío. Mío. Aquí la dueña soy yo.

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