—Y yo quiero que ella tenga un marido —lo cortó Carmen Navarro, sin permitirle terminar—. Y que mis nietos crezcan con su padre al lado. Tú no tienes ni idea, Sergio, de lo que significa quedarse sola. Yo te saqué adelante así.
—¡No es lo mismo! —Sergio alzó la voz, perdiendo la paciencia—. Tú…
—No me metas a mí. El que se parece a tu padre eres tú —le soltó ella, dura—. Él bebía y tú engañas, pero el fondo es idéntico: salir corriendo en cuanto aparece la responsabilidad. ¿Que estás cansado? ¿Y Paula no? ¿Crees que para ella es fácil cargar con tres niños pequeños sin ayuda? ¿Se te ha ocurrido echarle una mano? ¿Darle dinero de verdad, en vez de gastártelo en una cara bonita?
Sergio se quedó sin respuesta. Bajó la cabeza y apretó los labios.
—Estoy agotado, mamá. Solo eso. No puedo más.
—¿Ya no te gusta tu mujer porque está hecha polvo? Claro, la culpa será suya. No debería haberte dado tres hijos, ¿verdad? Tú le jurabas amor eterno, pero ahora resulta que estorba. Si no se hubiera casado contigo, quizá estaría tomando el sol en alguna playa, arreglada y tranquila, en lugar de llevar un batín viejo, el pelo sin lavar y pasarse el día limpiando mocos y bañando niños mientras tú te diviertes con esa…
Sergio se dejó caer en un escalón y se cubrió la cara con las manos.
—No sé qué hacer.
Carmen, en cambio, lo veía con una claridad dolorosa. Se imaginó a Paula pidiendo el divorcio, llevándose a los niños y marchándose a vivir con sus padres a otra ciudad. Vio también a su hijo regresando a su casa mientras arreglaba el asunto del piso. Y después, entrando y saliendo con mujeres como aquella: tontas, interesadas y dispuestas a vivir a costa de un hombre ajeno.
—Pues yo sí lo sé —dijo al fin—. Vas a quedarte con tu mujer hasta que los niños sean mayores. ¿No te gusta? Te aguantas. Lo elegiste tú. Antes de casarte te pregunté mil veces si estabas preparado, y dijiste que sí. Así que ahora ayudarás a Paula, te ocuparás de tus hijos y dejarás de comportarte como un adolescente. La culpa también es mía por no haberte educado mejor. Pero aún estoy a tiempo de corregirlo. Este fin de semana coges a los niños y venís a mi casa. Los llevaré al zoo contigo. Y Paula descansará.
—¿Hablas en serio? ¡Son muy pequeños!
—¿Ah, sí? Pues también son tuyos. Eres su padre exactamente igual que ella es su madre. Y otra cosa: hoy mismo le devuelves la tarjeta a tu mujer.
—¡Mamá, no! —protestó Sergio, levantando la cabeza—. ¡No me des órdenes! ¡Ya no soy un niño!
—¿Que no eres un niño? Paula no puede comprarse ni ropa interior nueva, ¿y tú le pagas un piso a otra? Perfecto. Te quedarás sin dinero una temporada. Ya verás cómo se apartan solas las que van detrás de maridos con cartera. Y si decides no escucharme, ya sabes de lo que soy capaz. Haré que todos te den la espalda. Y si hace falta, también te ayudaré a perder el trabajo. Te dejaré en vergüenza delante de quien sea.
Permanecieron sentados en la escalera casi media hora más. Carmen habló sin suavizar una sola palabra. Sergio apenas dijo nada. Al final, con una tristeza que parecía haberlo vaciado por dentro, preguntó:
—Mamá… ¿de verdad vas a vigilarme para que no vuelva a engañarla?
—Sí —respondió ella, sin titubear—. No quiero que mis nietos crezcan en una familia rota. ¿Te parece motivo suficiente?
Un año después, Carmen estaba sentada en la cocina de la casa de su hijo. En el salón, los niños corrían entusiasmados con los juguetes que les había llevado. Paula Serrano mecía al pequeño en brazos, y Sergio pelaba patatas junto al fregadero.
—Bueno —preguntó Carmen, sirviéndose té—, contadme qué planes tenéis para Año Nuevo.
—Nos quedaremos en casa —contestó su hijo con calma—. Es una fiesta familiar.
Hablaron de la cena, de los regalos, de a qué hora acostarían a los niños. Luego la conversación derivó sin esfuerzo hacia una tienda nueva que habían abierto a una manzana de allí. Eran charlas sencillas, domésticas, incluso aburridas para cualquiera que las escuchara desde fuera. Pero Carmen sabía cuánto valían. A veces, la paz se parecía exactamente a eso.
Sonrió en silencio. Estaba al tanto de que Sergio ya no visitaba a aquella chica. Pasaba más tiempo en casa, ayudaba con los niños y participaba en las tareas. Paula, al sentirse apoyada y al tener por fin acceso al dinero de la familia, había vuelto a florecer poco a poco. Incluso contrataba de vez en cuando a una niñera para poder descansar unas horas.
La calma había regresado a aquella casa. Y Carmen se alegraba, con todo el corazón, de haber intervenido a tiempo.
