«¡Ten tantita paciencia!» estalló Consuelo, fulminando al joven mientras el cajero mostraba «operación rechazada»

Es intolerable y desgarrador que todo falle.
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El cajero automático escupió la tarjeta con un pitido agudo y desagradable. En la pantalla, en lugar del mensaje de siempre para retirar efectivo, apareció una advertencia roja: operación rechazada.

Consuelo Vega parpadeó. Se acomodó el gorro de piel, que de pronto le pesaba y le daba un calor insoportable. Tenía que ser un error. Claro que sí. Era día dieciséis, justo cuando su nuera le depositaba el apoyo mensual. Carolina lo llamaba “ayuda”, aunque Consuelo hacía tiempo que lo veía como una compensación más que justa por haber criado a un hijo como Diego Luna.

Metió otra vez la tarjeta en la ranura. Sus dedos, cubiertos por guantes de piel, resbalaron sobre los botones.

Fondos insuficientes.

Detrás de ella, alguien soltó un suspiro impaciente.

—Señora, ¿va a tardar mucho? Hay fila, por si no se ha dado cuenta.

Consuelo Vega se giró de golpe y fulminó con la mirada al muchacho de sudadera con capucha.

—¡Ten tantita paciencia! La máquina está fallando.

Se apartó hacia el aparador de una tienda y sacó el celular. La llamada entraba, sonaban los tonos, pero nadie contestaba. Ni Carolina ni Diego.

—Ah, qué bonito —murmuró entre dientes, mientras el coraje le hervía por dentro—. Ahora resulta que no están disponibles. Tengo cita para el manicure y ustedes echándome a perder el día.

Llegó al departamento de su hijo cuarenta minutos después. En el taxi, pagado con el último efectivo que traía, se fue llenando la cabeza de reproches. Imaginaba cómo entraría, cómo les soltaría todo en la cara. Carolina, seguramente, empezaría con excusas; Diego bajaría los ojos, avergonzado. Seguro se les había olvidado. Jóvenes, con la cabeza en las nubes. Pero para eso estaba ella: para recordarles sus obligaciones.

Carolina Figueroa abrió la puerta.

Consuelo ya había tomado aire para arrancar a gritos, pero se quedó a medias. Su nuera tenía un aspecto terrible. Carolina, que siempre andaba impecable, llevaba puesta una camiseta vieja de su marido; el cabello, revuelto, estaba atado en un chongo descuidado, y la cara se le veía tan hundida que daba impresión.

—¿Usted? —su voz sonó rasposa, como una bisagra sin aceite—. ¿No se le ocurrió llamar antes?

—¡Claro que llamé! —Consuelo Vega cruzó el umbral con decisión, apartándola con el hombro. En vez del aroma a café recién hecho de otras veces, la recibió un olor pesado a medicinas y aire encerrado—. Me están ignorando. Los dos. ¿Qué está pasando? ¿Por qué mi tarjeta está vacía? ¡Me hicieron quedar como una tonta en la tienda!

—Pase a la cocina —dijo Carolina, cerrando la puerta sin mirarla—. Diego sale ahorita.

La cocina era un desastre. Sobre la mesa se amontonaban tazas sucias, papeles revueltos y cajas de medicamentos. Consuelo quitó unas migajas de la silla con gesto de asco y se sentó sin quitarse el abrigo.

—Aquí espero. Y para que sepan, yo tenía planes.

Carolina se dejó caer en el banquito de enfrente. Parecía completamente agotada.

—Ya no va a haber más depósitos, Consuelo Vega.

—¿Qué? —la suegra soltó una risita nerviosa—. ¿Es una broma? Porque no tiene gracia.

—Renuncié. Hace una semana.

—¿Renunciaste? ¿A un trabajo así? ¿Te volviste loca? Tienen crédito hipotecario, su hijo está por entrar a la escuela. ¿Y Diego qué, va a matarse trabajando él solo?

—Diego lo sabe. Lo decidimos entre los dos. El médico fue muy claro.

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