No pensaba quedarse con la duda ni regalarle tiempo para preparar excusas.
Esperó a que terminara la jornada laboral de Sergio Guerrero y, sin prisa aparente, se dirigió a la dirección que le habían dado. Al llegar, entró en el portal aprovechando que una vecina salía con una bolsa de basura; la mujer la miró de reojo, desconfiada, pero Carmen Navarro ni siquiera se detuvo. Subió hasta la cuarta planta. Piso cuarenta y tres.
Primero llamó al timbre. Luego, sin esperar respuesta, se echó un poco hacia atrás y empezó a golpear la puerta con el pie, con una furia que le subía desde el estómago.
—¡Abre de una vez! ¡Sé perfectamente que estás ahí!
Y claro que lo sabía. El coche de su hijo estaba aparcado abajo, bien visible, como si también él hubiera perdido la vergüenza.
La puerta se abrió al cabo de unos segundos. Apareció Sergio. En su cara se mezclaban el susto, la incredulidad y un miedo casi infantil.
—¿Mamá? Pero… ¿cómo has…?
Carmen no contestó. Se limitó a mirarlo en silencio, con una frialdad que lo dejó clavado en el sitio. Detrás de él asomaba una chica. Muy joven, veintidós años como mucho. Labios carnosos, cintura estrecha, el pelo larguísimo cayéndole casi hasta la cadera. Llevaba una bata corta que apenas le cubría los muslos. Una fantasía de catálogo, sí. Muy bonita. Y muy metida donde no debía.
La muchacha intentó sonreír, incómoda; incluso se le tiñeron las mejillas de rojo.
—Buenas… ¿buscaba a alguien?
Sergio, colorado hasta las orejas, consiguió murmurar con dificultad:
—Es mi madre.
La sonrisa de la chica se apagó al instante.
—Ah…
Carmen no perdió ni un segundo en explicaciones. Agarró a Sergio por el cuello de la camisa, lo giró con un tirón y lo empujó al rellano con tanta fuerza que él tropezó contra la pared. Ni siquiera se defendió; estaba demasiado aturdido.
—Mamá, vamos a hablar…
—¡Cállate!
Cogió sus zapatos del recibidor y se los lanzó a la espalda. Después se volvió hacia la joven, que ya la miraba con verdadero pánico.
—Y tú escúchame bien, preciosidad. Este hombre tiene mujer. Y tres hijos. El mayor tiene siete años; el pequeño, seis meses. ¿También te contó esa parte?
La chica retrocedió hasta pegarse a la pared.
—Yo… él me dijo que se iba a separar…
—Sergio dice muchas cosas. Para hablar siempre ha tenido talento. Pero dime una cosa: cuando te metías en la cama con él, ¿con qué pensabas? ¿Con la cabeza no, verdad?
—¡Mamá, basta! —gritó Sergio desde el rellano, intentando ponerse los zapatos sin caerse.
—¡Tú cierras la boca! —Carmen ni siquiera se volvió hacia él. Dio un paso más hacia la muchacha y bajó la voz, lo que sonó todavía más amenazante—. Te aviso una vez, niña. Una sola. Aunque él dejara hoy mismo a su mujer y se quedara contigo, para mí no existirías. No pienso conocerte, no iría a vuestra boda, no miraría a tus hijos si los tuvieras y no cruzarías el umbral de mi casa. Te maldeciría, ¿me entiendes? Y si vuelves a acercarte a él, te juro que te echo ácido encima. Iré a la cárcel si hace falta; no me asusta.
La joven ya lloraba. Las lágrimas le resbalaban por la cara y sollozaba como una cría asustada. Carmen, sin embargo, no sintió ni una gota de compasión.
—Como le llames una vez más, o como él vuelva a aparecer por aquí, será problema tuyo. ¿Dónde te estás metiendo? Tiene tres hijos. ¿Te faltaban complicaciones en la vida? Pues yo puedo darte unas cuantas.
Se dio la vuelta, agarró a Sergio por el hombro y prácticamente lo arrastró escaleras abajo por la nuca de la chaqueta. Respiraba con dificultad, consumida por una rabia enorme, de esas que ciegan. Al llegar al segundo piso se dejó caer en el alféizar de una ventana del descansillo. Su hijo quedó frente a ella, con los zapatos mal puestos y la expresión de un escolar pillado haciendo una trastada.
—Ahora me vas a escuchar con mucha atención —dijo Carmen—. Si vuelves a pisar esta casa, aténgate a las consecuencias. Arregla lo que tienes con tu mujer y deja de correr detrás de cualquiera. ¿Lo has entendido?
Sergio bajó la mirada. Cuando habló, lo hizo en voz baja, casi sin fuerza.
—Mamá, yo no puedo seguir así. Hace mucho que no quiero a Paula Serrano. Entre nosotros ya no hay nada. Vivimos como compañeros de piso. Ella cocina, cuida de los niños, limpia, se ocupa de la casa… y yo también tengo derecho a querer algo.
