«Por su culpa, mi marido y yo estamos a punto de divorciarnos.» acusó Paula, dejando a Carmen helada en la puerta

Egoísmo insoportable desgarra la precaria paz familiar.
Historias

Sin embargo, Carmen se contuvo. No era ninguna ingenua, y ante sus ojos empezaba a dibujarse una escena mucho más horrible; tan clara, tan repugnante, que sintió náuseas.

Sí, cuanto más monstruosa resulta una mentira, más fácil parece tragársela. Paula Serrano no mentía. Al menos no según lo que ella sabía. Lo más probable era que Sergio Guerrero le hubiera estado contando historias sobre las enfermedades de su madre. Carmen comprendió al instante dónde pasaba en realidad el tiempo su hijo “abnegado”. Por suerte, su nuera todavía no había llegado a esa conclusión.

—Paula —dijo Carmen Navarro en voz baja, midiendo cada palabra para no soltar, por descuido, algo que lo echara todo a perder—. Perdóname. No debí permitir que esto llegara tan lejos. Se me olvidó que él tiene una familia, que tiene hijos. Ya me hicieron las pruebas, una amiga me ayudó con todo. Dentro de poco estaré perfectamente. Anda, ve a dormir un rato. Yo me quedo con los niños.

Paula levantó hacia ella los ojos hinchados de tanto llorar.

—¿De verdad?

—Claro que sí. Necesitas descansar. Te juro por lo poco de salud que me queda que Sergio no volverá a pasarse por mi casa. Se quedará aquí, contigo, como debe ser.

Paula soltó un último sollozo y se marchó al dormitorio. Carmen, por su parte, se ocupó de los nietos, que acababan de despertarse. Mientras les cambiaba la ropa y les daba agua, notó cómo dentro de ella nacía una furia helada. Por desgracia, sabía demasiado bien lo que aguardaba a su nuera. Ella misma lo había vivido cuando Sergio tenía apenas dos años. Y durante muchísimo tiempo no fue capaz de confiar en nadie, lamiéndose las heridas en silencio.

Carmen salió del piso ya entrada la noche. Sergio aún no había vuelto a casa: “se había quedado haciendo horas extra”. Ella suspiró con pesadez y lo llamó.

—Sergio, ¿dónde estás ahora mismo?

—En el trabajo. ¿Por qué?

—Vaya. O sea que hoy no estás junto a tu madre moribunda.

Al otro lado hubo un silencio largo. Después, su hijo respondió, desconcertado:

—Mamá…

—Te he preguntado dónde estás.

—En el trabajo.

—¿Seguro?

—Mamá, no empecemos ahora…

—Sergio, le estás diciendo a tu mujer que vienes a verme. Que estoy prácticamente en las últimas. ¿No tienes nada que explicarme?

—Mamá, no es lo que estás pensando.

—A casa. Ahora mismo —rugió Carmen, y colgó.

Pasó todo el domingo como si caminara sobre agujas. Su hijo no llamó, y ella tampoco tenía la menor intención de buscarlo. El lunes, a mediodía, se presentó en la oficina de Sergio. En la entrada había control de seguridad: detector de metales, mostrador, vigilante. La gente iba y venía por todas partes; aquello parecía más un hormiguero que una empresa. Carmen se acercó al mostrador sin prisa.

—Buenos días. ¿Conoce usted a Sergio Guerrero?

El vigilante la miró con indiferencia.

—Lo conozco. ¿Y qué?

Carmen sacó un billete grande y, con un movimiento discreto, lo dejó sobre el mostrador, cubriéndolo con la mano.

—Caballero —murmuró—, necesito saber con quién anda liado aquí dentro. Soy su madre y entiendo perfectamente lo que está pasando. Me dan pena mis nietos.

El hombre miró de reojo el dinero y luego a ella. Suspiró. Carmen ni siquiera alcanzó a parpadear cuando el billete desapareció.

—Tampoco es ningún secreto, así que no creo que esté haciendo nada malo —dijo él en voz baja—. Está con Rebeca Romero, la de contabilidad. Jovencita, acaba de entrar. La lleva a todas partes y hasta le ha alquilado un piso. Si quiere, puedo mirarle la dirección en la base de datos.

Diez minutos después, Carmen salió a la calle apretando entre los dedos un papel con una dirección. Por dentro le hervía todo, aunque, en el fondo, algo parecido ya se lo esperaba. Un clásico. Ahora solo quedaba comprobar si a su hijo aún le alcanzaba la conciencia para “ir a ver a su madre enferma”, o si aquella tarde preferiría inventarse una reunión que se había alargado demasiado.

Vivencia