Una quietud espesa, casi tangible, se instaló en la casa. El gato asomó con cautela desde debajo de la cama, se acercó a ella, se sentó a su lado y miró a Carmen con una seriedad nueva, como si por fin hubiera comprendido quién mandaba realmente allí.
Carmen sacó una copa, vertió un poco de vino, se dejó caer en el sofá y entonces lo sintió con una claridad que llevaba años sin conocer: aquel lugar volvía a ser suyo. Sin sombras ajenas, sin olores prestados, sin aquel eterno “en nuestra familia no se hacen así las cosas” flotando por cada rincón.
Pasó una semana. Siete días de silencio. Siete noches sin oír desde el pasillo el grito de “Carmen, ¿dónde están mis calcetines?”, y siete mañanas sin el susurro vigilante de su suegra: “El café no te conviene a tu edad…”. Un paraíso doméstico. Aunque Carmen no era ingenua: notaba que la tormenta no se había marchado, solo se había escondido detrás de una nube.
Y, en efecto, el domingo a la hora de comer sonó el timbre. Largo, insistente, con un tono casi fúnebre. Carmen miró por la mirilla y sonrió apenas. Al otro lado estaba Sergio Rubio, con la barba descuidada y un ramo de claveles en la mano. Claveles. La clase de flores que parecían compradas no para celebrar algo, sino para pedir disculpas tarde y mal.
—Hola —murmuró él, sin levantar del todo la vista—. ¿Podemos hablar?
—Claro —respondió Carmen—. Aquí fuera.
—Carmen, no montemos un espectáculo.
—El espectáculo terminó el viernes pasado, Sergio Rubio. La carpa se desmontó, los artistas se fueron y los payasos también.
Él dio medio paso hacia dentro, como tanteando hasta dónde podía avanzar.
—He estado pensando… quizá los dos nos pasamos un poco.
—¿Los dos? —Carmen arqueó una ceja—. Yo aguanté siete años. ¿Y tú llamas a eso “pasarnos un poco”?
Sergio Rubio dejó las flores sobre una repisa, con el gesto de quien intenta marcar territorio en una casa que ya no le pertenece.
—Mi madre está preocupada. Dice que a lo mejor estás atravesando una crisis…
—Mi crisis, Sergio Rubio, era de paciencia. Y se acabó.
Él asintió, incómodo, sin saber qué hacer con las manos.
—Entonces… quizá podría volver.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tu maleta y tu madre ya se han reencontrado. No interrumpas su felicidad.
Unos días después apareció Patricia Iglesias. Traía una bolsa de mandarinas y una expresión solemne, como si acudiera a declarar ante un juez.
—Carmen, yo lo entiendo todo, de verdad. El trabajo, el cansancio… Pero somos familia.
—Fuimos familia, Patricia Iglesias, hasta que usted decidió que mi cocina era su residencia de vacaciones.
La suegra empezó a colocar las mandarinas con esmero sobre la mesa, como si la fruta pudiera servir de disculpa oficial.
—Yo solo quería que Sergio Rubio viviera cuidado, con calor de hogar. Él no es muy apañado para la vida.
—¿Me recuerda cuántos años tiene? —preguntó Carmen mientras sacaba unas tazas.
—Los hombres son como niños. Necesitan una mujer que…
—¿Que les dé de comer, limpie detrás de ellos y además reciba sermones morales? Gracias, ya me cansé.
Patricia Iglesias puso los ojos en blanco.
—Eres demasiado orgullosa. Así no se puede vivir, Carmen. En la vida hay que ser más flexible.
—Y usted está demasiado convencida de que la vida entera cabe en su cocina. Yo, desde luego, no pienso volver a entrar en ella.
Esa misma noche llamó Teresa Molina, pariente de su marido, con una voz cargada de tragedia familiar.
—Carmencita, hija, ¿cómo has podido hacerle esto a Sergio Rubio?
—¿Y lo que él me hizo a mí estaba bien?
—Es un hombre. Ellos tienen sus debilidades.
—Yo también tengo las mías. Por ejemplo, no soporto que me usen como felpudo.
Cuando colgó, Carmen se quedó un buen rato caminando de un lado a otro por el piso.
