«Sergio y yo hemos pensado que sería más cómodo recibir a los invitados en vuestra casa» dijo su suegra por teléfono, dejando a Carmen helada en la acera bajo la nieve

Egoísmo intolerable convierte el hogar en batalla.
Historias

Carmen lo rodeó sin contestar y dejó caer el bolso sobre el sofá. Ya ni siquiera le quedaban fuerzas para enfadarse; por dentro solo notaba un zumbido opaco, cansado. Todo volvía a empezar: las mismas frases, los mismos reproches, el mismo “tú también lo entiendes”. Y lo único que Carmen entendía con claridad era que su casa hacía mucho que había dejado de parecerle un hogar.

A la mañana siguiente, apenas terminó de preparar el café, la puerta se abrió de golpe. Sin timbre. Sin aviso.

En el umbral apareció Patricia Iglesias, vestida como si fuera a librar una batalla, con una bolsa en la mano y esa expresión segura de quien ya se siente vencedora.

—Carmen, he comprado pollo. Lo asamos aquí, que tu horno funciona mejor.

—¿Y en su casa no se puede? —preguntó Carmen, tranquila, levantando la taza.

—Allí estamos apretados. Aquí cabemos todos estupendamente. Sergio Rubio, dile algo.

Sergio Rubio asomó por la entrada de la cocina, con la corbata torcida y cara de no haber dormido.

—Carmen, mamá ya te lo había dicho…

—Sergio Rubio —lo miró ella de tal manera que hasta el gato consideró prudente desaparecer bajo la cama—, no va a venir nadie. Ya quedó claro.

Patricia Iglesias soltó un suspiro teatral.

—Siempre igual. Yo pensando en la familia, y tú pensando solo en ti.

—Al menos alguien piensa en mí —respondió Carmen en voz baja, antes de beber un sorbo de café.

Al caer la tarde solo deseaba una cosa: silencio. Pero en el portal la esperaban tres mujeres muy arregladas, con ramos de flores y una tarta.

—¡Venimos a ver a Patricia Iglesias! ¡Hoy celebra! —anunciaron con alegría.

Carmen subió las escaleras, abrió la puerta de su piso y se quedó helada.

Dentro había un alboroto insoportable. Risas, olor a cava, ensaladas sobre la mesa, Patricia Iglesias con vestido nuevo y Sergio Rubio sirviendo copas.

—¿Os habéis vuelto locos? —gritó Carmen.

—Como siempre llegas tarde —contestó Patricia Iglesias sin pestañear—, pensamos que podíamos reunirnos aquí.

Carmen se quitó despacio el abrigo, dejó el bolso a un lado y enderezó la espalda.

—Pues ahora se marchan todos. La fiesta se ha terminado.

—¿Qué estás haciendo? —siseó Sergio Rubio.

—Sacando la basura —dijo Carmen, lanzándole su chaqueta—. Empezamos por ti.

Patricia Iglesias palideció.

—Carmen, eso es una grosería.

—No. Eso se llama orden. Cada persona tiene su propia casa. La de ustedes no es esta.

Los invitados se quedaron inmóviles, se miraron entre sí y, sin atreverse a discutir, empezaron a recoger a toda prisa. Cinco minutos después, la puerta se cerró detrás del último.

Sergio Rubio permanecía en el recibidor, blanco, desconcertado.

—Estás loca —murmuró.

—No, Sergio Rubio. Simplemente he recuperado mi casa.

Carmen sacó una maleta y la plantó delante de sus pies.

—Haz las maletas. Hoy mismo.

Y, por primera vez en muchísimo tiempo, el aire del piso se volvió ligero.

Él se quedó en medio del salón, mirando alrededor como si confiara en que todo aquello no fuera más que una pesadilla. Pero la maleta ya estaba abierta, y sus cosas —esas prendas y objetos que durante años habían dormido en los armarios, desprendiendo el olor apagado de una vida antigua— fueron entrando una tras otra. Carmen las colocaba con calma. Sin gritos. Sin reproches. Con la misma expresión con la que alguien tira un yogur caducado: desagradable, sí, pero necesario.

Una hora más tarde, todo quedó en paz. La maleta desapareció junto con su dueño, la puerta volvió a cerrarse y en el piso quedó por fin una quietud nueva.

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