De pronto, el teléfono vibró. Era un mensaje de Javier Lozano.
«Marta, te lo suplico. Pásame al menos 100 €. Tengo que pagar mañana el taxi al aeropuerto y cambiar el billete. Vuelvo antes, lo arreglo hoy mismo. No voy a esperar cuatro días. Mañana estaré en casa y hablaremos de todo».
Marta leyó aquellas líneas sin parpadear. Después abrió la aplicación del banco y le transfirió 50 €.
«Para el taxi y para comer. Nada más. No vuelvas a pedirme dinero».
La respuesta llegó casi al instante:
«Gracias. Gracias, Marta. Mañana estaré en casa».
«Está bien».
«Voy a arreglarlo todo. Te lo prometo».
Marta dejó el móvil boca abajo sobre la mesilla y no contestó. Las promesas de Javier habían perdido cualquier valor.
A la mañana siguiente, Irene Martínez se preparaba para ir al colegio mientras hablaba sin parar de sus cosas, con esa ligereza infantil que llenaba la cocina de vida. Marta hacía el desayuno como si su cuerpo funcionara solo: gachas, tostadas, té. Todo en orden, todo automático, como si dentro de ella no se hubiera roto nada.
—Mamá, ¿por qué estás tan triste?
Marta se quedó un segundo inmóvil, con la taza entre las manos.
—Dormí mal, cariño. Solo eso.
—¿Por papá?
La pregunta la atravesó de lleno.
—¿Por qué dices eso?
—Porque ayer discutisteis. Os oí.
Dios. Los niños lo notaban todo. Mucho más de lo que los adultos querían creer.
Marta dejó la taza en la encimera, se agachó junto a su hija y le apartó un mechón de la cara.
—Escúchame, mi vida. A veces los mayores tienen conversaciones difíciles. Eso no significa que dejemos de quererte. ¿Lo entiendes?
—¿Os vais a divorciar? —preguntó Irene, mirándola directamente a los ojos.
Había tanta seriedad en aquella mirada, tanta madurez impropia de su edad, que Marta sintió un nudo en la garganta.
—Todavía no lo sé. Puede que sí. Pero quiero que tengas algo muy claro: no es culpa tuya. Pase lo que pase, no tiene nada que ver contigo.
—Ya lo sé —murmuró Irene, asintiendo despacio—. Adriana Gallego, la de mi clase, dijo que cuando sus padres se separaron todos le repetían que no era por ella. Pero ella ya lo sabía. Decía que sus padres simplemente habían dejado de quererse.
Marta tuvo que contener las lágrimas.
—Eres una niña muy lista.
—Mamá… si os divorciáis, ¿yo viviré contigo?
—Claro que sí, cielo. Vivirás conmigo. Y también verás a papá siempre que quieras.
Irene guardó silencio unos segundos. Luego rodeó a su madre con los brazos y apoyó la frente en su hombro.
—Aunque lo entienda, me va a dar pena. Pero podré con ello.
Marta la estrechó con fuerza, como si pudiera protegerla de todo con ese abrazo. Por ella tenía que sostenerse. Por esa personita que comprendía demasiado, que ya veía grietas donde Marta habría querido mantener paredes enteras.
Javier regresó al atardecer del día siguiente. Marta oyó la llave en la cerradura y el corazón empezó a golpearle el pecho de una forma absurda, descontrolada. Irene estaba en su habitación, haciendo los deberes.
Él entró en el salón con la piel bronceada, una maleta en la mano y una expresión de culpa que parecía haber ensayado durante todo el viaje.
—Hola —dijo en voz baja.
—Hola.
—¿Irene está en casa?
—En su cuarto.
Javier dejó la maleta junto a la pared y avanzó hasta el sofá, aunque no llegó a sentarse. Parecía no encontrar sitio para su propio cuerpo.
—Marta, yo… Dios, ni siquiera sé por dónde empezar.
—No hace falta que empieces. Yo ya dije todo lo que tenía que decir.
—Tenemos que hablar. Hablar de verdad, con calma.
—¿De qué exactamente? ¿De cómo me traicionaste? ¿De todas las veces que me mentiste mirándome a la cara? ¿O de lo que se supone que tengo que hacer ahora con todo esto?
—De lo que viene después —respondió Javier, pasándose una mano por el pelo—. Marta, la he fastidiado. Lo sé. Lo entiendo. Pero no podemos coger once años y tirarlos a la basura sin más. Está Irene. Está nuestra vida.
—Fuiste tú quien la tiró por la borda cuando te marchaste a Bali con tu amante.
—¡Ya lo sé! —alzó la voz, pero enseguida se contuvo—. Sé que la culpa es mía. Pero al menos podríamos intentarlo. Ir a terapia. Lo que quieras. Haré lo que me pidas.
—¿Y qué quieres tú, Javier? ¿Que te perdone? ¿Que finja que nada ha pasado? ¿Como la otra vez?
Él se quedó paralizado.
—¿La otra vez? ¿De qué estás hablando?
—¿De verdad pensabas que no me enteré de lo de Adriana Gallego hace dos años? Lo sabía. Solo quise creer que había sido un error, una estupidez. Pensé que entrarías en razón. Te di una oportunidad.
—Marta, por favor…
—Y tú debiste de pensar que yo era tan idiota que podías seguir igual. Si te perdoné una vez, lo haría una segunda. Y una tercera. Y las que hiciera falta.
—No —Javier negó con la cabeza—. No fue así. Yo no pensaba eso.
—Entonces explícame qué pensabas. De verdad, ilumíname. A lo mejor soy yo la que no entiende cómo funciona un matrimonio.
Él acabó sentándose en el sofá. Inclinó el cuerpo hacia delante y se cubrió la cara con las manos.
—No lo sé. Supongo que necesitaba… algo distinto. Emoción. Novedad. Contigo todo se volvió tan… de siempre. Tan cotidiano. Tú estabas ahí, siempre. Me entendías, me apoyabas, eras mi casa. Y yo, aun así, quise otra cosa.
Marta se sentó frente a él, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—O sea, que el problema era que yo era una buena esposa.
—¡No! No quería decir eso.
—¿Entonces qué querías decir? ¿Que soy aburrida? ¿Previsible? ¿Que tendría que haber sido más… interesante para ti?
—Marta, no retuerzas mis palabras.
—No las retuerzo. Intento entenderlas. Quiero saber qué tendría que haber hecho de otra manera para que no me engañaras.
Javier levantó la cabeza. Por primera vez la miró sin defenderse.
—Nada. Tú no tienes la culpa. Soy yo. Mi debilidad. Mi egoísmo. Quería conservar mi familia y, al mismo tiempo, añadir aventuras a mi vida. Pensé que podía hacerlo. Que tú no te enterarías. Que nadie saldría herido.
—Pero alguien salió herido. Yo. Y también Irene lo estará cuando lo sepa.
—¡Ella no tiene por qué saberlo! —Javier se puso de pie de golpe—. Esto puede quedarse entre nosotros.
—¿En serio? ¿Crees que los niños no perciben cuándo sus padres se mienten? Ayer ya me preguntó si íbamos a divorciarnos.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no lo sabía.
El silencio cayó sobre el salón como una manta pesada. Javier empezó a caminar de un lado a otro. Se detenía, respiraba, volvía a moverse, incapaz de permanecer quieto.
—Bien —dijo al fin, soltando el aire—. Bien, Marta. Ya lo entiendo. Quieres divorciarte. ¿Y ahora qué?
—No lo sé. Supongo que deberías vivir en otro sitio durante un tiempo. Hasta que aclaremos lo de los papeles.
—Así que ya está decidido. Divorcio.
Marta miró a su marido: cansado, desconcertado, y ya no tan seguro de sí mismo como de costumbre.
