Aquella misma noche, Clara Amor apareció con un dibujo entre las manos. Había pintado la casa nueva: tres figuras asomadas a una ventana y, debajo, una frase escrita con letras torcidas y desiguales: «Aquí no nos echan».
Laura Santos lo miró en silencio. Luego guardó aquella hoja dentro de la carpeta donde conservaban los papeles del piso.
Etapa 9. Un piso vacío busca inquilinos
Nuria Pérez intentó alquilar la vivienda antigua.
No le resultó tan sencillo como había imaginado. Sin muebles, con una reforma a medias y una cocina envejecida, las visitas entraban, echaban un vistazo y se marchaban con cualquier excusa. Un chico joven fue el único que se atrevió a decirlo sin rodeos:
—Por ese precio, como mínimo tendría que haber una nevera.
Nuria Pérez se sintió ofendida. Poco después llamó a Carlos Morales.
—Podríais haber dejado la nevera hasta que se arreglara la situación. Total, para vosotros ya estaba vieja.
—Mamá, la estamos usando.
—Pues comprabais otra nueva.
—¿Con qué dinero?
—Si os han dado una hipoteca, será porque el banco confía en vosotros.
Carlos cerró los ojos un instante, agotado antes incluso de responder.
—Mamá, ahora no puedo hablar. Estoy ocupado.
Mientras tanto, Laura Santos estaba en la habitación con Clara Amor, pegando adhesivos de colores en unas estanterías recién montadas. Oyó parte de la conversación, pero ya no sintió aquella rabia que antes la dejaba temblando durante horas. Esas llamadas, que meses atrás le arruinaban la noche, ahora le llegaban como un ruido lejano al otro lado de la pared.
Una semana después, Nuria Pérez se presentó en su piso sin avisar.
Pero esta vez no entró como si la casa también le perteneciera. Carlos abrió solo lo justo, con la cadena puesta.
—Mamá, tendrías que haber llamado antes.
Ella se quedó desconcertada.
—Soy tu madre.
—Y aun así hay que llamar.
Nuria intentó mirar por encima de su hombro. Alcanzó a ver el recibidor luminoso, el papel nuevo de las paredes, las botitas de Clara Amor colocadas junto al zócalo. Un poco más atrás estaba Laura Santos, serena, sin esconderse y sin acercarse.
—Solo quería ver cómo os habíais instalado.
—Ahora no es buen momento.
El rostro de Nuria Pérez perdió color.
—¿Me vas a dejar en el rellano?
Carlos contestó con calma, aunque cada palabra le costó esfuerzo:
—Estamos aprendiendo a vivir en nuestra casa con nuestras propias normas.
Y cerró la puerta.
Laura Santos se acercó despacio y apoyó una mano en su hombro.
—Lo has conseguido.
—Por poco.
—Pero lo has conseguido.
Etapa 10. Quién quedó en el piso vacío
Cuando llegó la primavera, la vivienda antigua seguía casi desierta. Nuria Pérez pasaba allí alguna noche cuando tenía que ir a la ciudad, pero enseguida regresaba a su casa de campo. Andrea Garrido se negó definitivamente a instalarse en aquel lugar: «Me queda lejos del taller y, además, es deprimente», dijo.
Así que Nuria Pérez terminó con aquello por lo que tanto había peleado: un piso sin inquilinos, sin muebles, sin las risas de su nieta en la cocina, sin los gastos que antes pagaban puntualmente Carlos Morales y Laura Santos, y sin un hijo que respondiera al teléfono en cuanto sonaba.
Un día, aun así, llamó a Laura Santos.
—¿Clara Amor me echa de menos? —preguntó de pronto.
Laura miró a su hija, que hacía los deberes sentada ante su mesa nueva.
—Se está acostumbrando.
—Me gustaría ver a mi nieta.
—Llame a Carlos. Queden con tiempo.
Hubo una pausa.
—Laura Santos… aquel día me excedí.
No era una disculpa completa. Pero, por primera vez, tampoco sonaba a orden.
—Sí, Nuria Pérez. Se excedió.
La suegra guardó silencio unos segundos.
—Pensé que os asustaríais.
Laura cerró los ojos. Ahí estaba. Al fin, la verdad desnuda.
—Nos asustamos. Solo que no de la manera que usted esperaba.
Después de colgar, Laura salió al balcón. Abajo se oía el murmullo del patio. En la habitación, Clara Amor se reía por algo; en la cocina, Carlos revolvía cajones y preguntaba dónde habían puesto el abrelatas.
Su vida no se había vuelto fácil. La hipoteca pesaba cada mes. La reforma seguía llevándose dinero. La relación con la madre de Carlos continuaba siendo prudente, fría, llena de límites nuevos. Pero ahora las dificultades les pertenecían. No eran una carga impuesta por condiciones ajenas.
Esa noche, Carlos preparó té y se sentó junto a ella.
—¿Mi madre admitió algo?
—Casi. Dijo que pensaba que nos asustaríamos.
Él sonrió con tristeza.
—Y nos asustamos tanto que compramos un piso.
—El mejor miedo de nuestra vida.
Carlos soltó una carcajada.
Laura Santos miró las llaves, dejadas en un cuenco junto a la puerta. Ya nadie podía decirles: «A final de mes os vais». Nadie podía transformar sus ahorros en un impuesto familiar. Nadie podía llamar amor a una ayuda que venía acompañada de un ultimátum.
Y en el piso antiguo solo quedó Nuria Pérez.
Con habitaciones vacías.
Con el hueco de una nevera que ya no estaba.
Y con la comprensión tardía de que, a veces, al echar a alguien de tu casa, puedes terminar expulsando también el calor de tu propia vida.
