Etapa 6. Un vacío que no daba ninguna alegría
La mudanza se hizo el último día del mes.
Los transportistas fueron sacando una cosa tras otra: las cajas, el sofá, la bicicleta de Clara Amor, las sillas de la cocina y la lavadora que Laura Santos y Carlos Morales habían comprado con su propio dinero. En el antiguo piso quedaron únicamente las paredes desnudas, un armario viejo que nunca había sido suyo, la cocina de gas y ese olor seco a polvo acumulado.
Nuria Pérez apareció para recoger las llaves.
Entró, dio un par de pasos y se quedó clavada en medio del pasillo.
—¿Dónde está la nevera? —preguntó.
—Era nuestra. Nos la hemos llevado.
—¿Y la lavadora?
—También era nuestra.
—¿Y el sofá del salón?
—Lo pagamos nosotros.
Nuria avanzó hasta la habitación principal. Estaba casi vacía. En el suelo se marcaban rectángulos claros donde antes habían estado los muebles. Laura, de pronto, vio aquel piso como si lo mirara por primera vez: ya no parecía un hogar, sino una simple superficie con paredes.
—¿Pero os lo habéis llevado todo? —la voz de Nuria se quebró, entre la indignación y el desconcierto.
Carlos contestó con cansancio:
—Mamá, nos hemos llevado lo que era nuestro.
—¿Y cómo se supone que se vive aquí ahora?
Laura la miró sin apartar los ojos.
—Usted quería disponer del piso a su manera.
Nuria palideció.
—Pensé que dejaríais al menos lo imprescindible.
—Hemos dejado lo que le pertenece.
Andrea Garrido, que había ido con su madre, asomó la cabeza en la cocina y frunció el gesto.
—Mamá, yo aquí no me quedo. Si está vacío.
Nuria se volvió hacia ella de golpe.
—¿Y tú qué imaginabas?
—Pues… que ellos dejarían los muebles. Y que estaría arreglado en condiciones. Yo necesito abrir el taller, no ponerme a reformar esto.
Carlos soltó una risa breve. No fue una burla cruel. Fue amarga.
—Así que esa era toda la ayuda a la familia.
Laura dejó las llaves sobre el alféizar de la ventana.
—Lo hemos desalojado todo, tal como nos pidió.
Etapa 7. Una puerta nueva
El piso nuevo los recibió con olor a pintura reciente y a polvo ajeno, pero Clara Amor corría de una habitación a otra como si hubiera entrado en un palacio.
—¿Esta es la mía? ¿De verdad es mía?
—Tuya —respondió Carlos—. Solo falta que escojamos juntos el papel pintado.
Laura se sentó sobre una caja, en mitad de la cocina, y de repente rompió a llorar. No era tristeza. Era agotamiento acumulado, tensión soltándose por fin. Carlos se sentó a su lado y le rodeó los hombros con un brazo.
—Ya estamos en casa —dijo él.
—Con una hipoteca para veinte años.
—Pero sin ultimátums.
Los dos terminaron riendo y llorando al mismo tiempo.
Las primeras semanas no fueron fáciles. Dormían sobre un colchón en el suelo, comían apoyando los platos en cajas, buscaban la sal sin recordar en cuál de todas la habían metido y discutían por el color de las cortinas. Aun así, cada noche, cuando Laura cerraba la puerta con su propia llave, sentía una calma que llevaba demasiado tiempo sin conocer.
Al principio Nuria Pérez no llamó. Después telefoneó a Carlos.
—En el piso hace frío. Hay que cambiar las ventanas.
—Cambiamos las del dormitorio y las de la habitación de Clara, mamá. Con nuestro dinero. En la cocina y en el otro cuarto dijiste que así estaban bien.
—¡Pues tendríais que haberlo hecho todo completo!
—No.
Aquel “no”, tan corto, se convirtió para Carlos en una palabra nueva. Difícil de pronunciar, pero necesaria.
Su madre colgó sin despedirse.
Etapa 8. Un taller sin dinero ajeno
Dos meses más tarde, Andrea Garrido abrió finalmente su taller. No fue en un local con buen paso junto al mercado, como había soñado, sino en un rincón pequeño dentro de una tintorería. El dinero se lo dio Nuria: retiró parte de sus ahorros, vendió el coche viejo de su marido fallecido y pidió prestado a una vecina.
Durante el primer mes, Andrea llenó el chat familiar con fotos del cartel nuevo y mensajes de clientas satisfechas. En el segundo, empezó a quejarse del alquiler. En el tercero, de que la gente quería todo “barato y para ayer”. En el cuarto, de los impuestos, que según ella “habían resultado ser enormes de repente”.
Laura no decía nada.
Un día, Carlos le enseñó un mensaje de su madre:
«Si entonces nos hubierais dado los seis mil euros, Andrea habría podido arrancar como es debido. Así solo está sufriendo».
Laura esbozó una sonrisa seca.
—O sea, que la culpa sigue siendo nuestra.
—Por supuesto —contestó Carlos—. No financiamos un sueño sin plan de negocio.
Luego escribió a su madre:
«Mamá, le deseamos éxito a Andrea, pero no vamos a seguir hablando de nuestro dinero».
La respuesta llegó casi al instante:
«Te has vuelto un extraño».
Carlos se quedó mirando la pantalla durante un buen rato. Después borró el mensaje.
—¿Duele? —preguntó Laura.
—Sí. Pero antes dolía más, cuando intentaba ser bueno para todos menos para vosotras.
Laura Santos le tomó la mano.
