Carlos aguantaba aquellas llamadas en silencio, con la cara encendida y los dedos apretados alrededor del móvil. Pero, una y otra vez, contestaba con la misma frase, sin moverse de ahí:
—Mamá, no vamos a dar ese dinero. Y nos iremos del piso.
Al quinto día, Nuria Pérez escribió directamente a Laura Santos:
«Ya has conseguido lo que querías. Has separado a mi hijo de su madre. Espero que no te dé vergüenza mirar a tu hija a los ojos».
Laura leyó el mensaje sentada a la mesa de la cocina. Clara Amor, a su lado, estaba haciendo con plastilina una casita de tejado rojo.
—Mamá, ¿cuándo tendremos nosotros una casa nuestra? —preguntó de pronto la niña.
Laura se quedó inmóvil.
—Pronto, cariño.
—¿Una de la que la abuela no pueda echarnos?
Carlos Morales, que estaba junto a los fogones, giró la cara de golpe.
Laura se agachó al lado de su hija y le acarició el hombro.
—Sí. Una casa de la que nadie podrá sacarnos.
Aquella misma noche apareció la opción que necesitaban. Era un piso pequeño, de dos dormitorios, en un edificio antiguo al otro extremo del barrio. No tenía una reforma impecable ni muebles de revista, pero cerca había un colegio, un parque y una parada de autobús. El precio rozaba el límite de lo que podían asumir, aunque no era imposible.
Carlos miró las fotos durante un buen rato. Después dijo, casi en un susurro:
—Es este.
Laura asintió.
—Mañana iremos a verlo.
Etapa 4. Una firma en lugar de una humillación
El piso resultó ser luminoso. La cocina era vieja, el parqué crujía bajo los pasos y las ventanas daban a un patio donde crecían unos álamos enormes. Clara eligió enseguida la habitación que quedaba junto al balcón.
—Aquí pondré mi cama, y allí la mesa —anunció con absoluta seriedad—. ¿Y nadie nos dirá que nos vayamos?
La agente inmobiliaria sonrió con incomodidad. A Laura se le contrajo el pecho de una manera dolorosa.
—Nadie —respondió Carlos—. Si el banco nos concede la hipoteca.
Tres días más tarde, el banco la aprobó.
Nuria Pérez no se enteró por ellos. Fue Andrea Garrido quien vio el anuncio en el móvil de Carlos cuando él pasó por la casa de campo a recoger una chaqueta de la niña. En cuanto pudo, corrió a contárselo a su madre.
Esa noche, la llamada de Nuria ya no sonó ofendida. Sonó furiosa.
—Así que para compraros un piso sí tenéis dinero, pero para ayudar a tu hermana, no.
Carlos puso el manos libres. Laura permaneció a su lado, sin decir nada.
—Mamá, ese dinero lo hemos ahorrado durante tres años para una vivienda.
—¿Y qué? ¡Andrea también quiere vivir decentemente!
—Pues que trabaje y ahorre.
—¿Cómo te atreves a hablar así de tu hermana?
—Igual que tú te atreviste a decirnos que nos fuéramos.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio pesado.
—Lo dije para que reflexionarais.
Laura habló entonces, en voz baja, pero con una claridad que no dejaba espacio a dudas:
—Hemos reflexionado. Y vamos a comprar nuestra propia casa.
Nuria la oyó y estalló al instante.
—¡Ah, claro! ¿Entonces mi piso ya no os hace falta?
—Tú misma nos pediste que lo dejáramos libre —contestó Carlos.
—¡No pensé que os lo tomarais tan al pie de la letra!
Laura miró a su marido. Ahí estaba la verdad. Su suegra no había querido que se marcharan. Lo que pretendía era asustarlos.
Pero el miedo ya se había transformado en un contrato con el banco.
Etapa 5. El último mes
Empezaron a empaquetar sus cosas.
Primero fueron los libros, la ropa de otras temporadas y los juguetes antiguos de Clara. Luego vinieron los platos, las sábanas, las carpetas con papeles importantes. Laura escribía en cada caja con letra cuidadosa: «Cocina», «Habitación de Clara», «Documentos», «Invierno».
Con cada caja cerrada, el piso perdía un pedazo de la vida que habían construido allí.
Nuria Pérez apareció dos veces.
La primera fue para asegurarse de que no se llevaban, según ella, “más de la cuenta”.
—Ese armario lo compré yo —dijo plantada en el recibidor.
—Puede quedárselo —respondió Laura con calma—. De todos modos hemos encargado otro.
La reacción dejó a la suegra descolocada.
—¿Y las cortinas?
—También puede guardárselas.
—¡No quería decir eso!
—¿Entonces qué quería decir?
Nuria apretó los labios y se fue hacia la cocina. Allí descolgó de una balda una taza que tiempo atrás le había regalado a Clara.
—Esto es mío.
La niña habló muy bajito:
—Abuela, me la diste por mi cumpleaños.
Nuria se quedó parada. Durante un segundo pareció avergonzarse. Solo durante un segundo.
—Bueno… si te la regalé, llévatela.
Laura metió la taza en silencio dentro de la caja marcada como «Habitación de Clara».
La segunda vez, Nuria llegó acompañada de Andrea Garrido. Andrea miró alrededor, observando las habitaciones medio vacías, los huecos en las estanterías y las cajas apiladas junto a la pared. Después preguntó con naturalidad:
—¿Y yo podría venirme a vivir aquí luego? Total, el piso va a quedar libre.
Nuria Pérez dirigió a su hija una mirada rápida y tensa.
—Ya veremos.
Y fue justo en ese momento cuando Laura comprendió algo: Andrea ya se imaginaba dueña de aquel lugar. Nuria Pérez, sin embargo, tenía sus propios planes.
