Etapa 1. La mitad del sueño
—¿No podéis? —repitió la suegra, clavándoles la mirada—. ¿O es que no queréis?
Laura Santos sostuvo con calma los ojos de Nuria Pérez.
—No queremos entregar el dinero de la entrada de nuestro piso para un negocio que ni siquiera está calculado.
El silencio cayó sobre la mesa como una tapa pesada. Hasta Clara Amor, que dibujaba en la habitación de al lado, dejó de hacer crujir los lápices.

Andrea Garrido soltó una risa seca.
—O sea, que vuestro piso vale más que mi vida.
—Para nosotros pesa más la vida de nuestra hija —contestó Laura—. Y la seguridad de nuestra familia.
Nuria Pérez apartó despacio la taza.
—Familia, dices. Muy bien. Entonces hablemos claro. Lleváis seis años viviendo en mi piso casi gratis. Si hubierais tenido que alquilar, ya habríais tirado unos 10.000 € dándoselos a desconocidos. Yo os eché una mano. Ahora os toca ayudar a Andrea.
Carlos Morales dejó por fin la cuchara sobre la mesa.
—Mamá, pagamos todos los gastos, arreglamos la cocina, cambiamos las ventanas, la fontanería…
—¡Lo hicisteis para vivir vosotros mejor! —lo cortó ella—. No vengas ahora a pasarme factura por cada tornillo.
Laura sintió que algo se le helaba por dentro. Las palabras de su suegra dolían, sí, pero también servían para algo: terminaban de romper las pocas ilusiones que aún quedaban.
—Nuria Pérez, ¿lo que nos está planteando es esto? ¿O le damos a Andrea 6.000 €, o dejamos el piso?
—Exactamente —respondió la mujer—. Si no queréis comportaros como familia, a final de mes quiero la vivienda libre.
Carlos se levantó de golpe.
—Mamá, ¿te das cuenta de que tenemos una niña?
—Precisamente por la niña deberíais ser agradecidos. Otros, en vuestro lugar, besarían el suelo que pisan.
Laura también se puso en pie.
—Clara Amor, recoge los lápices. Nos vamos a casa.
Andrea sonrió de medio lado.
—¿A casa? De momento.
Laura giró la cabeza hacia ella.
—Guarda bien esa frase. Algún día entenderás cómo ha sonado.
Etapa 2. El camino sin palabras
Regresaron a la ciudad sin hablar.
Clara se durmió casi al instante, abrazada a una muñeca de papel. Carlos aferraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos. Laura miraba las luces de la carretera y pensaba en lo extraño que era todo: durante seis años había llamado hogar a aquel piso, aunque en algún rincón de su conciencia siempre había sabido que solo lo sería de verdad cuando las llaves fueran suyas.
—Perdóname —dijo Carlos al cabo de un buen rato.
Laura tardó unos segundos en volverse hacia él.
—¿Por qué exactamente?
Él sonrió con amargura.
—Por haber hablado de nuestros ahorros. Por creer que mi madre se alegraba de que estuviéramos juntando dinero. Por no haberlo visto antes.
—Querías confiar en ella. Es tu madre.
—Y ella hizo cuentas con nuestro dinero.
—Sí.
Carlos entró en el patio del edificio. Las ventanas del cuarto piso brillaban con una luz amarilla y tibia. Allí Clara había dado sus primeros pasos. Allí Laura había pegado el papel de la cocina subida a un taburete viejo. Allí Carlos había montado una cuna de madrugada, murmurando maldiciones en voz baja para no despertar a la recién nacida.
Y, de pronto, todo aquello resultaba provisional.
Ya en casa, Laura acostó a Clara y luego abrió el portátil.
—¿Qué haces? —preguntó Carlos.
—Buscar pisos.
—¿Ahora?
—Ahora. Nos han dado de plazo hasta final de mes.
Él se sentó a su lado.
—Tenemos 12.400 €. Si no tocamos el fondo de emergencia, podemos dar la entrada.
—Entonces no tocamos el fondo. Miramos solo lo que podamos asumir de verdad.
Carlos cubrió la mano de ella con la suya.
—Laura, no voy a darle ese dinero a Andrea.
Ella lo observó con atención.
—¿Aunque tu madre te presione?
—Aunque diga que soy el peor hijo del mundo.
Por primera vez en todo el día, Laura pudo soltar el aire que llevaba reteniendo.
Etapa 3. El piso que no eligieron
Los días siguientes se convirtieron en una carrera contra el reloj. Trabajo, guardería, visitas a viviendas, llamadas a inmobiliarias, cálculos de hipoteca. Laura preparaba hojas con números y comparaciones. Carlos, al salir del turno, iba a ver cada opción que parecía mínimamente posible.
Nuria Pérez llamaba todas las noches.
Al principio lo hacía con suavidad:
—Carlitos, piénsalo bien. Andrea no es una extraña.
Después pasaba al reproche:
—Nunca imaginé que pudieras ser tan frío conmigo.
Y luego ya atacaba sin rodeos:
—Laura te ha puesto en mi contra. Antes de que ella apareciera, eras un hijo normal.
