con su madre manoseando su ropa interior, y ella misma quedando como una imbécil que había interpretado durante demasiado tiempo el papel de esposa paciente.
—¿De verdad no ves qué es lo que está mal aquí? —preguntó Marta, casi sin voz.
—Sí que lo veo —contestó Marcos—. Pero también se puede hablar sin montar un numerito.
—Ah, claro. Que tu madre rebusque entre mis cosas no es un numerito. Pero si yo me enfado, entonces ya soy una histérica.
—Siempre le das la vuelta a todo.
—No, Marcos. Aquí el número lo hacéis en pareja: una mete la mano donde no debe y el otro finge que es lo más normal del mundo.
Elvira levantó la barbilla con gesto ofendido.
—Yo a mi hijo jamás le aconsejaría nada malo. Y tú, en vez de agradecer que una se preocupa, enseñas los dientes. Llegas a casa de mal humor, no quieres cocinar, no le has dado hijos, no apoyas a tu marido. ¿Para qué estás en esta familia?
Marta soltó una risa seca.
—Ahora mismo te hago una lista, si quieres. Punto uno: pago la hipoteca. Punto dos: compro la comida. Punto tres: pago la luz, el agua y el internet que tu hijo devora como si fuera una fábrica. Punto cuatro: trabajo hasta el punto de que el ojo me tiembla ya con horario fijo. ¿Y después de todo eso todavía tengo que aplaudir de pie porque me humillan dentro de mi propia casa?
—¿La hipoteca? —resopló Elvira—. A ver cuánto habrías conseguido tú sin mi hijo.
—¿Lo comprobamos? —Marta abrió de golpe la mesilla, sacó una carpeta con papeles y la estampó sobre la cama—. Venga, comprobémoslo.
Marcos hizo una mueca.
—Ya empezamos.
—No, cariño. Esto no empieza ahora. Ahora, por fin, te estás enterando. Aquí está el contrato. Aquí, el extracto. Aquí, los recibos. El piso está a mi nombre. Los pagos salen de mi tarjeta. Los electrodomésticos los compré yo. Incluso esa cómoda junto a la que estás plantado con cara de “por qué todos se meten conmigo” la pagué yo. Así que dime: ¿por qué demonios tiene tu madre llaves y autoridad para dar órdenes aquí?
Elvira palideció, aunque enseguida recompuso el gesto.
—Porque eres la mujer de mi hijo.
—Eso no es un pase libre para registrar armarios ajenos.
—Pero sí implica obligaciones.
—¿Y él tiene alguna?
—¡Los hombres funcionan de otra manera! ¡No se les puede presionar!
Marta se rio, breve y sin alegría.
—Por supuesto. Los hombres tienen una sensibilidad delicadísima. Sobre todo cuando tienen treinta y dos años y todavía consultan con mamá si pueden comprarse unos auriculares nuevos.
—No exageres —murmuró Marcos—. Lo haces para humillarme.
—No. Estoy describiendo lo que veo.
—Marta, ¿qué quieres que haga? —abrió los brazos—. ¿Que le diga a mi madre que no venga más? Vale, no vendrá.
—Tarde. Lo que quiero es que los dos salgáis ahora mismo de mi dormitorio y que no volváis a entrar sin pedirme permiso.
—¿Me estás echando? —dijo Elvira despacio.
—De momento te lo estoy pidiendo por las buenas.
—Marcos, ¿lo oyes? Tu mujer me está poniendo en la calle.
—Esta no es tu casa —cortó Marta.
—Marta, no hace falta ser tan dura —protestó él.
—¿Y cómo hace falta? ¿Con flores? ¿Con una banda de música? ¿Te parece que escriba una nota? “Estimada Elvira, le ruego que no hurgue en mi ropa interior, porque me resulta un poco incómodo”.
—Tienes la lengua muy suelta —escupió su suegra.
—Y también tengo columna vertebral. No estoy obligada a cargaros a todos encima.
Un silencio espeso cayó sobre la habitación. Pegajoso. Hasta la nevera, desde la cocina, pareció dejar de zumbar, como si hubiera decidido no meterse.
Al cabo de unos segundos, Marcos carraspeó.
—Bueno. Mamá, vamos a la cocina.
—No —dijo Marta de inmediato—. Ir a la cocina significa alargar la función, y yo ya estoy llena. Hasta aquí. Elvira, coge tu bolso, deja la llave en la mesilla y vete a tu casa. Marcos, contigo hablaré después.
—¿Ahora vas a darme órdenes tú a mí? —estalló Elvira—. ¿Pero quién te has creído que eres?
—Una mujer agotada que está teniendo una noche horrible. No tientes a la suerte.
—¡No pienso dejar a mi hijo contigo en ese estado!
—¿Qué estado? Está vivo, entero y con su té en la mano. Sobrevivirá.
—¡Marta! —bramó Marcos—. ¡Basta!
Ella se volvió hacia él de golpe.
—No. Basta tú. Basta de estar entre dos sillas fingiendo que no puedes hacer nada. Te viene de maravilla, ¿verdad? Mamá cocina, yo pago y tú existes. Un plan estupendo. Casi una idea de negocio.
—No te he pedido que me hables así.
—¡Y yo no pedí que convirtierais mi piso en un pasillo público!
Elvira agarró el bolso, arrancó el abrigo de la percha y, antes de marcharse, soltó:
—Te arrepentirás. Con ese carácter acabarás sola.
—Mientras no me revisen las bragas los jueves, ya será una mejora —respondió Marta, inclinando la cabeza.
Cuando la puerta se cerró de un portazo tras su suegra, Marcos dejó escapar el aire con rabia.
—¿Tú entiendes lo que acabas de hacer?
—Sí. Por fin.
—Es mi madre.
—Y yo soy tu mujer. O lo era, al menos en teoría.
—¿Qué significa eso de “era”?
Marta se quitó la goma del pelo, la lanzó sobre la cómoda y se sentó, exhausta, en el borde de la cama.
—Significa que no puedo seguir viviendo en este manicomio. Estoy harta de sentirme culpable cada vez que trabajo. Harta de oírte quejarte de lo cansado que estás cuando tu mayor esfuerzo consiste en llevar una taza hasta el fregadero y fallar el tiro. Harta de que tu madre me hable como si yo fuera el servicio. Y, sobre todo, harta de que tú elijas siempre lo que te resulta cómodo.
—Yo no elijo a nadie.
—Exactamente. Ese es el problema. Un hombre que no elige a nadie termina dejándose llevar por la corriente. Y a su alrededor son las mujeres las que reman, se pelean y se hunden.
Marcos se sentó frente a ella.
—¿Y qué propones?
—Esta noche duermes en el salón. Mañana hablaremos con calma de cómo seguimos.
—¿Me mandas al sofá por culpa de mi madre?
—No. Por culpa tuya.
—Estás exagerando.
—Y tú siempre te quedas corto.
Él soltó una risa burlona.
—Todo te lo tomas a broma, ¿no?
—No es una broma, Marcos. Es la última parada.
La noche fue espantosa. Marta apenas pegó ojo. Primero oyó el crujido del sofá en el salón y a Marcos dando vueltas de manera teatral, como si cada movimiento fuera una acusación. Después, dentro de su cabeza, todo empezó a repetirse por segunda vez.
