—¿Te has vuelto una descarada, o qué? ¿Qué clase de escaparate para ojos ajenos tienes montado aquí?
Marta se quedó inmóvil en el recibidor, sin llegar siquiera a quitarse las botas. La voz de su suegra salía del dormitorio con tal potencia que parecía que no estaba hurgando en un armario que no era suyo, sino haciendo una inspección oficial en un almacén. A Marta aún le colgaba del hombro el bolso pesado con el portátil; le martilleaban las sienes después de la reunión, el autobús había avanzado por la avenida nocturna a paso de caracol moribundo y, para rematar, su jefa se había despedido con un: «Marta, la presentación está verde, rehágala para mañana». Rehacerla. Para mañana. Claro. Cómo no. Total, dormir estaba sobrevalorado. Y en casa, además, la esperaba el circo.
Cerró la puerta despacio, echó la llave y fue hacia el dormitorio.
Junto al armario abierto estaba Elvira Pavlovna, con una chaqueta brillante de lúrex y la expresión solemne de quien acaba de salvar la moral de todo el barrio. En la mano sostenía el conjunto de ropa interior nuevo de Marta, comprado una semana antes en unas rebajas. El descuento había sido tan bueno que lo sensato era comprarlo sin hablar y deprisa, antes de que alguien se arrepintiera.
—Te estoy preguntando qué es esto —dijo la suegra, agitando el encaje delante de su cara—. ¿Tú vives en una casa o trabajas en una pasarela?

—Perdone, ¿y usted por qué está revolviendo mis cosas? —preguntó Marta en voz muy baja, y precisamente por eso sonó más peligroso que cualquier grito.
—No son tus cosas. Son cosas de familia. Aquí vive mi hijo, por si se te olvida. Tengo derecho a ver en qué estado está la casa y qué ambiente se respira.
—¿Qué ambiente? Nervios, Elvira Pavlovna. Los míos. Usted se encarga de ventilarlos de maravilla.
—No me faltes al respeto. He venido a ayudar, para que lo sepas. Hay polvo en el piso, una taza sucia en la cocina, las toallas tiradas de cualquier manera en el baño. Y esto… —levantó otra vez la prenda con dos dedos, como si fuera una prueba en un juicio penal—. ¿Para quién te arreglas así? ¿Para Marcos o en tu oficina dan primas por enseñar escote?
Marta le arrancó el conjunto de las manos.
—Para mí. ¿Le suena esa expresión? Para mí. Y se lo repito: ¿qué hace usted en nuestro dormitorio?
—¿Nuestro? —la suegra soltó una risita seca—. Qué graciosa eres. Mientras tú te pasas el día metida en el trabajo, alguien tendrá que ocuparse de la casa. Mi hijo está hambriento, las camisas arrugadas, no hay sopa, no hay comida decente, y su mujer vuelve por la noche con cara de odiar a todo el mundo. Pues claro que he venido.
—¿Marcos hambriento? —Marta bufó—. ¿Y quién vacía la nevera por la noche hasta dejarme por la mañana un yogur mirándome con pena? ¿Un duende?
—Una mujer tiene la obligación de alimentar a su marido.
—Y un marido tiene la obligación de despegar el trasero del sofá de vez en cuando.
—¡No te atrevas a hablar así de mi hijo!
—¡Y usted no se atreva a rebuscar entre mis bragas! ¿Estamos?
En la puerta apareció Marcos. Llevaba pantalones de chándal con las rodillas dadas de sí, una camiseta que hacía tiempo debía haber pasado a la categoría de “para la casa de campo”, una taza de té en la mano y la cara de un hombre que habría deseado nacer en una familia donde todo el mundo permaneciera callado.
—¿Otra vez qué os pasa? —murmuró—. Acababa de poner un vídeo.
Marta se volvió hacia él.
—¿En serio? ¿Eso es lo primero que se te ocurre decir? ¿No “mamá, sal de la habitación”, no “Marta, perdona”, sino “otra vez qué os pasa”?
Marcos suspiró como si lo hubieran obligado a descargar un camión entero.
—Marta, no te alteres. Mamá solo se preocupa.
—¿Por qué? ¿Por la salud de mi armario?
—¡Por la familia! —intervino Elvira Pavlovna, cortante—. ¡Porque mi hijo tiene una esposa que anda siempre quién sabe dónde y en su casa no hay orden! Me callaría si te comportaras como una ama de casa. Pero pareces una inquilina que entra un rato a dormir.
—Y usted parece inspectora de costumbres —replicó Marta—. ¿Quién la ha invitado a venir?
—Marcos tenía una llave de repuesto. Me la dio él.
Marta giró lentamente la mirada hacia su marido.
—¿Le diste a tu madre una llave de mi piso?
—A ver, no empieces ahora por una llave. ¿Qué tiene de malo? No es una extraña.
—La extraña debo de ser yo. En mi dormitorio se hacen visitas guiadas sin entrada.
Marcos dejó la taza sobre la cómoda.
—Lo exageras todo. Mamá ha venido, ha limpiado un poco y ha hecho filetes.
—Sí, y de paso organizó un control aduanero del cajón de abajo. Muy práctico.
—¡Porque me importa! —estalló la suegra—. Veo cómo mi hijo se apaga a tu lado.
—Vaya, qué revelación. ¿Se apaga? ¿Por qué exactamente? ¿Por internet? ¿Por los videojuegos? ¿Por el hecho de que yo pague el piso, la compra, el teléfono y la mitad de sus caprichos?
—Está pasando una etapa difícil.
—Su etapa difícil va ya por el tercer año.
Marcos frunció el ceño.
—Ya basta. Estoy intentando encontrarme.
Marta lo miró fijamente.
—Te buscas con tanto empeño que pronto habrá que pegar carteles por el barrio: “Se busca hombre adulto. Visto por última vez en el sofá con un mando en la mano”.
—Muy gracioso.
—Hoy estoy divertidísima, sí. Sobre todo después de entrar en casa y encontrarme a tu madre dentro de nuestro armario, como una arqueóloga en plena excavación.
Elvira Pavlovna apretó los labios.
—Por eso mismo me opuse a vuestra boda. Tienes demasiada lengua, eres áspera, terca. Mi Marcos necesitaba una chica tranquila, de su casa. Irene, por ejemplo, la del portal de al lado: esa sí que es una joya. Cocina, plancha y no levanta la voz.
—Pues llévese a Irene antes de que se la quite alguien —dijo Marta con frialdad—. Y a mí déjeme en paz.
—¡No hables así a la madre de tu marido!
—Y usted deje de actuar como si yo estuviera aquí de paso y usted fuera la directora de este circo.
—Marta —alargó Marcos, cansado—, ¿por qué te pones así? Mamá entró, miró unas cosas. ¿Hay que montar una tragedia por eso?
Marta no respondió de inmediato. Lo observó como si en unos segundos repasara todo su matrimonio: desde la primera cita con un café con leche barato en un centro comercial hasta aquel momento glorioso, con su marido de pie ante ella, sujetando una taza.
