y otra, muy distinta, era soportar en casa a un adulto incapaz de valerse por sí mismo.
Exactamente siete días después, el timbre sonó con una timidez casi cómica.
Javier Amor estaba solo al otro lado de la puerta. Venía arrugado, cabizbajo, con cara de culpa y una tristeza tan evidente que casi daba pena.
—Lucía… soy yo. He vuelto —dijo, cambiando el peso de un pie al otro—. Mi madre está mucho mejor. La tensión se le ha estabilizado. Dice que puede apañárselas perfectamente sola.
Me coloqué en medio del marco, con los brazos cruzados, sin apartarme ni un centímetro.
—Qué milagro tan oportuno. Habría que mandarlo a una revista médica —solté con una sonrisa seca—. Escucha bien, Javier: por esta puerta entras solo si aceptas mis condiciones.
Él bajó la cabeza, resignado.
—Primera —pronuncié despacio, marcando cada sílaba—: ahora mismo me devuelves por transferencia el dinero del colchón que compraste con nuestros ahorros.
—Segunda: llamas tú a una empresa de mudanzas y mañana ese colchón desaparece de mi dormitorio.
—Tercera: si vuelvo a enterarme de que has prometido algo a mis espaldas, o de que has entregado las llaves de mi piso a alguien, te marchas con tu madre, con tus maletas y con la demanda de divorcio bajo el brazo. ¿Me he explicado con suficiente claridad?
—Sí —respondió él, apagado, mientras sacaba el móvil para abrir la aplicación del banco.
—Y las llaves —añadí.
Javier, sin decir palabra, separó de su llavero las copias del piso y las dejó sobre mi mano.
Solo entonces, por primera vez en toda aquella semana, me hice a un lado.
El sábado llegó la segunda parte de aquella retirada solemne.
Primero aparecieron los mozos y se llevaron el colchón. Envuelto todavía en su plástico de fábrica, ya no parecía un remedio terapéutico, sino una prueba material de la vergüenza.
Después vino María Suárez a recoger los restos de su campamento fallido: cajas, copas de cristal y el sueño de colocar un aparador rumano en mi habitación.
Fue arrastrándolo todo hacia el ascensor en silencio, bajo la mirada afilada y fiscalizadora de Paula Molina, que había salido al rellano como quien no quiere la cosa.
De aquella postura de comandante que llevaba mi suegra no quedaba nada. Ya no repartía órdenes. Ya no inspeccionaba mi dormitorio como si estuviera tomando posesión de territorio enemigo.
Paula Molina, por supuesto, no pudo contenerse.
—María, ¿y lo del padrón? ¿No decía usted que iba a empadronarse aquí?
María Suárez apretó contra el pecho la caja de cristal con tanta fuerza que parecía guardar dentro los últimos documentos de su cuartel general.
—He cambiado de idea —masculló.
—Suele pasar —dije yo—. A veces basta una semana de felicidad familiar para que una persona recuerde cuál es su domicilio.
Siete días viviendo con su propio hijo curaron a María Suárez mejor que cualquier pastilla.
Le curaron la tensión, la soledad y, sobre todo, aquella costumbre tan cómoda de vivir a costa de los demás.
