—Hola —contesté yo, procurando que la voz no se me quebrara, aunque el corazón se me aceleró de golpe.
Andrés Cruz avanzó apenas un paso y se agachó frente al sofá, quedándose en cuclillas, como si no tuviera derecho a ocupar más espacio. Extendió la mano hacia mí; por un instante creí que iba a tocarme los dedos, pero se detuvo antes de hacerlo. Al final solo apoyó las yemas en el borde del asiento.
—Sofía… he sido un imbécil —dijo, y la respiración se le cortó. Sus ojos se llenaron de lágrimas de una manera tan franca que me dejó sin palabras—. No he pegado ojo en toda la noche. Se marcharon a las once. Dejaron la cocina hecha un desastre: platos sucios por todas partes, restos de comida, basura… Mi madre salió todavía diciéndome que tú eras una mala esposa, y Claudia Amor se reía. Y entonces, de pronto… me dio asco, Sofía. Asco de todo. De ellos. De mí.
Se sorbió la nariz y se limpió una lágrima con el dorso de la mano, con un gesto torpe, casi infantil.
—Me quedé solo en el piso. Solo, con aquel caos alrededor. Y un silencio horrible. Carla Domínguez no lloraba. Tú no estabas. Intenté ponerme a fregar, pero se me caía todo de las manos. Esa sartén llena de grasa… Estuve una hora lavando cacharros y terminé con la espalda destrozada. Y entonces pensé en ti. En que tú haces eso todos los días. Todos los santos días, Sofía. Y encima con la niña en brazos.
No dije nada. No podía. Sentí cómo un nudo espeso me subía por la garganta.
—Yo de verdad creía que estar en casa era descansar —continuó Andrés Cruz, levantando hacia mí unos ojos cargados de una culpa profunda, limpia, sin excusas—. Mi madre me lo repitió siempre. Claudia Amor también. Crecí convencido de eso. Pero ayer, cuando empezaron a hablar de ti como si no valieras nada y tú simplemente te levantaste y te fuiste… entendí que te estaba perdiendo. Que yo mismo te había echado de tu propia casa, con mis propias manos, solo para quedar como un hombre “como Dios manda” delante de mi familia. ¿Qué clase de hombre? Soy un miserable, eso es lo que soy. Tú me decías que no podías más, que estabas agotada, y yo te salía con que hirvieras patatas. Dios mío… qué idiota he sido.
Se cubrió la cara con ambas manos. Los hombros empezaron a temblarle. Andrés Cruz estaba llorando. En todos los años que llevábamos juntos, jamás lo había visto derrumbarse así. Él, que siempre parecía hecho de piedra, orgulloso, firme, incluso duro, estaba allí, arrodillado frente a mí, convertido en un hombre asustado que acababa de comprender que, por su soberbia y su ceguera, casi había destruido lo más valioso que tenía.
Carla Domínguez se movió entre mis brazos. Estiró su manita hacia su padre y soltó un sonido gracioso, suave, como un pequeño “agú”.
Andrés Cruz alzó la cabeza. Miró a nuestra hija, y en su rostro se mezclaron el dolor y una ternura tan intensa que parecía dolerle físicamente.
—Perdóname, Sofía —susurró, clavando sus ojos en los míos—. Por favor. No te estoy pidiendo que lo olvides todo de un día para otro. Sé lo que he hecho. Sé lo que merezco. Pero vuelve a casa. No necesitamos a ningún pariente si por culpa de ellos voy a perderte. Lo haré yo. Todo. ¿Quieres que pida unos días libres? Los pido. Me quedo con Carla Domínguez, cocino, limpio, friego, lo que haga falta. Solo… quédate conmigo. Sin vosotras me voy a volver loco en ese piso. No quiero a nadie más. Solo a vosotras. Vosotras sois mi familia. La de verdad.
Lo miré, y entonces mis propias lágrimas salieron sin poder contenerlas. Toda la rabia, todo el resentimiento acumulado durante aquellas semanas, se deshizo de pronto, como si alguien hubiera aflojado un nudo dentro de mi pecho. En su lugar apareció una compasión enorme, dolorosa, y también el amor por aquel hombre torpe, equivocado, desesperante a veces, pero tan mío. Porque lo había comprendido. Esta vez sí. No con la cabeza, no porque yo se lo hubiera reprochado mil veces, sino porque por fin había sentido mi cansancio como algo real.
Le tendí la mano y la apoyé sobre su hombro.
—Levántate del suelo —dije, sonriendo entre lágrimas—. Te vas a resfriar. Y entonces, ¿quién va a fregar los platos?
Andrés Cruz atrapó mi mano al instante. La llevó a sus labios y empezó a besarme los dedos, respirando hondo, como si acabara de salir a la superficie después de estar a punto de ahogarse.
—Los fregaré todos, Sofía. Todos. Y cocinaré yo. O compraremos comida hecha. O pediremos algo a un restaurante, me da igual. Lo único importante es que vosotras estéis en casa.
Se incorporó despacio, se sentó a mi lado en el sofá y nos abrazó a las dos con un cuidado inmenso, como si Carla Domínguez y yo pudiéramos rompernos al menor movimiento. La niña, encantada, se agarró con sus deditos a uno de los botones de su chaqueta.
Así nos quedamos los tres, en un salón que no era el nuestro, llorando y sonriendo al mismo tiempo. Y en ese instante supe que habíamos atravesado la tormenta. No sin heridas, no sin dolor, pero sí juntos. Habíamos crecido de golpe. Y comprendí que, a partir de entonces, nuestra casa sería de verdad nuestro refugio: un lugar donde nadie volvería a burlarse del esfuerzo ajeno ni a pisotear el amor de quienes sostienen la vida en silencio.
