«¡Eres una miserable desagradecida!» Natalia estrelló la taza contra el suelo dejando a su nuera temblando

Esa humillación es cruel, intolerable y punzante.
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—¡Eres una miserable desagradecida! —Natalia Delgado estrelló la taza contra el suelo con tanta furia que los pedazos saltaron por toda la cocina—. ¡Y tú cállate de una vez! Mandarás en tu pueblo, si quieres; aquí los dueños somos nosotros y nadie más.

Sara Amor permanecía plantada en mitad de la cocina, envuelta en un albornoz húmedo. Llevaba el pelo revuelto, las manos le temblaban y apenas se sostenía en pie. Un minuto antes había intentado explicarle a su suegra que aquel día no podía ponerse a preparar conservas para el invierno. Tenía fiebre, la cabeza le latía como si fuera a partirse, y encima debía soportar aquella escena.

—Natalia Delgado, se lo estoy diciendo: estoy enferma. Mañana lo hago, se lo prometo…

—¡Mañana! —la voz de la mujer se convirtió en un chillido agudo—. ¡Mañana los tomates estarán podridos! ¿O crees que he comprado tres cajas enteras para divertir al perro?

Javier Flores seguía sentado a la mesa, inclinado sobre el móvil, fingiendo con una habilidad cobarde que el escándalo no iba con él. Ni siquiera levantó la vista cuando su madre arrojó la vajilla al suelo. Maldito cobarde. Llevaban tres años casados y todavía no había aprendido a ponerse delante de su mujer cuando Natalia la atacaba.

—Javi… —Sara se volvió hacia él; en su voz se coló una esperanza desesperada—. Dile algo, por favor…

—¡No metas a mi hijo en peleas de mujeres! —la interrumpió Natalia—. Y, además, ¿quién te has creído para dar órdenes aquí? Vives bajo mi techo, comes mi comida, y encima vienes a exigir derechos.

Aquello fue demasiado para Sara. Sintió que la sangre le subía a la cara y que las sienes empezaban a golpearle por dentro.

—¿Bajo su techo? ¡Si hemos comprado la mitad del piso! ¡Todavía estamos pagando el préstamo!

Natalia torció la boca, como si acabara de tragarse un limón entero.

—¡Ah, que lo habéis comprado! ¿Quién lo ha comprado, exactamente? Mi hijo trabaja. ¿Y tú qué haces? Sentarte derechita en una oficina y perder el tiempo, holgazana.

—Mamá, ya basta —intervino por fin Javier, aunque lo dijo con una debilidad tan evidente que ni siquiera sonó a defensa.

—¡No, no basta! —la suegra giró hacia su hijo con los ojos encendidos—. ¡Mira bien la víbora que has metido en casa! Yo me pasé treinta años sacándote adelante sola, y aparece ella y pretende convertirse en la dueña.

Del otro lado de la pared llegaron murmullos. Seguro que Julia Sanz ya tenía la oreja pegada a la puerta; le encantaba enterarse de los dramas ajenos para comentarlos después en la escalera.

A Sara le entró una oleada de náuseas. No sabía si por la fiebre o por aquel teatro grotesco que se estaba montando a su alrededor.

—¿Sabe qué? —se apoyó en la nevera para no tambalearse—. Haga usted sus tomates. Yo voy a acostarme.

—¡Ni se te ocurra darme la espalda, ingrata! —bramó Natalia, agarrando de la mesa una tabla de cortar.

En ese preciso instante sonó el timbre. Un timbrazo seco, insistente, casi agresivo.

Los tres se quedaron inmóviles. El sonido volvió a repetirse.

—Es el tío Mateo —murmuró Javier, mirando el reloj—. Le pedí que pasara por lo de la casa de campo…

Natalia cambió de expresión en un segundo. Se alisó el rostro, se acomodó los mechones desordenados y recompuso una sonrisa forzada.

—Javi, abre. Y tú —añadió, clavándole a Sara una mirada venenosa—, arréglate un poco. No avergüences a la familia delante de la gente.

Sara quiso responder, pero en la entrada ya apareció el tío Mateo Castro, hermano del difunto suegro. Era un hombre todavía fuerte, de ojos pequeños y astutos, y con esa costumbre tan suya de meter la nariz donde no lo llamaban.

—Vaya, vaya… aquí hay ambiente —comentó, echando un vistazo a los restos de la taza desperdigados por el suelo—. ¿Estáis resolviendo asuntos domésticos?

Natalia estiró los labios en una sonrisa tensa.

—Nada importante, tonterías. Pasa, Mateo, te preparo un té.

Pero Mateo no parecía dispuesto a fingir que no había visto nada. Caminó hasta la mesa, se sentó y observó con atención a Sara, que tenía los ojos enrojecidos de rabia y de lágrimas.

—Entonces, ¿qué ha pasado exactamente? Se os oía desde el rellano.

En ese momento Sara comprendió que lo verdaderamente interesante acababa de empezar.

—No ha ocurrido nada especial —Natalia se apresuró hacia el hervidor—. Sara se encuentra un poco mal, eso es todo. Pero las tareas de la casa no se detienen porque a una le duela la cabeza.

—¿Un poco mal? —Mateo soltó una risa seca, incrédula—. ¿Y por eso gritabas como si ardiera el edificio?

Sara notó que las mejillas le ardían. Le daba vergüenza que un extraño, aunque fuera de la familia, presenciara aquella escena sucia y humillante. Pero ya no le quedaban fuerzas para callar.

—Tío Mateo —dijo, sentándose frente a él—, tengo treinta y ocho de fiebre. Solo pedí dejar las conservas para mañana…

—¿Y cuál es el problema? —él se encogió de hombros.

A Natalia casi se le resbaló el hervidor de las manos.

—¡Mateo! Tú sabes cómo soy para la casa. Todo lo tengo organizado, todo a su hora, todo según lo previsto. Y ahora…

—Y ahora tu nuera está enferma —la cortó él sin alzar la voz—. ¿Qué viene después? ¿Se acaba el mundo por eso?

Javier se removió incómodo en la silla. Por primera vez desde que había empezado la discusión, parecía no saber dónde meterse.

—Tío Mateo, mamá solo está preocupada…

—¿Preocupada, dices? —Mateo sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno sin pedir permiso a nadie—. Pues a mí me parece que lo que está es desatada.

Natalia se quedó quieta con una taza en la mano. Aquel giro, desde luego, no lo había previsto.

—¿Qué quieres decir con eso, Mateo?

—Quiero decir que te estás comportando como una verdulera de mercado —respondió él, dando una calada y soltando el humo despacio—. Le gritas a una chica enferma por unos tomates.

—¿Unos tomates? —la voz de Natalia volvió a subir peligrosamente—. ¡Me he pasado todo el día en el mercado, eligiéndolos uno por uno!

—Pues mañana también amanecerá.

Sara miraba a Mateo con asombro. Nadie se había atrevido nunca a hablarle de esa manera a su suegra. Ni siquiera Javier Flores, su propio hijo, se había permitido jamás contradecirla así.

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