«¡Doce personas, Andrés!» exclamé con la voz quebrada al mirar la nevera vacía y la bebé apenas dormida

Esta indiferencia es cruel, injusta y aterradora.
Historias

—Hola —murmuré, estrechando a Carla Domínguez contra mí; la pequeña se había quedado rígida del susto con tanto alboroto—. Andrés Cruz me avisó hace apenas dos horas. No me ha dado tiempo material a preparar nada.

En ese momento, Andrés salió del salón con una sonrisa radiante, como si acabara de organizar la mejor sorpresa del mundo.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Pasad, pasad! —empezó a abrazar a unos y a otros—. Sofía no ha llegado a todo, pero no pasa nada, ahora improvisamos algo.

—¿Cómo que no ha llegado? —Claudia Amor, su hermana, madre de tres niñas, me lanzó una mirada cargada de reproche—. Si estás en casa todo el día. Y solo tienes una criatura. Yo, con mis tres, cuando venía gente, siempre tenía listos tres entrantes y un plato caliente.

—Claudia, no todos los bebés son iguales —intenté explicarme, notando cómo se me llenaban los ojos de lágrimas—. A Carla le están saliendo los dientes y no duerme nada.

—Anda, no empieces con excusas —intervino mi suegro, entrando ya hacia el salón—. Andrés, pon la tele, que el partido empieza enseguida. Teresa, Claudia, echadle una mano a la chica en la cocina, que nosotros venimos muertos de hambre. Tres horas de carretera, ni más ni menos.

Teresa Castro entró en la cocina con paso decidido, abrió la nevera y chasqueó la lengua con evidente decepción.

—Vaya, Sofía… Como ama de casa, desde luego… ¿Así tienes a mi hijo, pasando necesidad? En fin, no estamos para perder el tiempo hablando. ¡Andrés! ¡Ven aquí un momento!

Mi marido asomó la cabeza por la puerta.

—¿Qué pasa, mamá?

—Baja al súper. Compra un par de bolsas grandes de pasta rellena, embutido, queso y pan. Ya que tu mujer no ha sido capaz de preparar una comida decente, tendremos que apañarnos con comida rápida.

Andrés me miró con fastidio, como si toda aquella situación fuese culpa mía.

—Sofía, ¿de verdad era tan difícil pelar unas patatas, por lo menos? Bueno, dame dinero y voy.

—No tengo efectivo. La tarjeta está en la mesilla —respondí con la voz apagada.

Media hora después, la cocina parecía un campo de batalla. Había vapor, golpes de cazuelas, cajones que se abrían y cerraban, voces que se cruzaban. Pero yo no formaba parte de nada de aquello. Teresa Castro y Claudia Amor se movían como si la casa fuera suya, revolviendo armarios, sacando sartenes, criticando cada rincón.

—Madre mía, qué cuchillos más desafilados. Hay un hombre en esta casa y ni siquiera se afilan los cuchillos —refunfuñó mi suegra.

—Mamá, si aquí lo que pasa es que no hay orden —añadió Claudia, haciendo chocar una sartén contra la encimera—. Mira la campana extractora, llena de polvo. Cuando una está todo el día en casa, al menos puede mantener limpio.

Yo estaba sentada en el sillón del dormitorio, balanceando a Carla, y aun con la puerta entreabierta lo escuchaba todo. Cada palabra me llegaba nítida. Algo dentro de mí se hundió despacio, como si se desprendiera una pieza que hasta entonces me sostenía. Me cayó encima un cansancio brutal, pesado, casi físico. Habría querido tumbarme en el suelo y quedarme allí, sin mover un dedo.

Y lo peor no era eso. Lo peor era que ya casi me daba igual. Su opinión, la comida, el polvo, las cazuelas, todo. Lo que me dolía hasta hacerme temblar era que Andrés no hubiera dicho una sola palabra en mi defensa. Ni una. Al contrario: asentía, sonreía con cara de compromiso y dejaba que hablaran de mí como si yo no estuviera.

Cerca de las seis de la tarde me llamaron para sentarme a la mesa. Bueno, en realidad fue Andrés quien se asomó al dormitorio y gritó desde la puerta:

—Sofía, ven, ya está todo listo. Deja a Carla en la cuna, que duerma.

—No está dormida, Andrés.

—Pues tráetela. Te sientas un rato con todos y ya está.

En el salón no cabía un alfiler. Alrededor de la mesa extensible se habían acomodado doce personas. Había platos rebosantes de pasta rellena, bandejas de embutido, pan cortado, queso y unos encurtidos que mi suegra había traído de su casa. El ruido era ensordecedor: conversaciones cruzadas, risas, niños chillando, cubiertos golpeando los platos. El tío Rubén Castro ya se había servido una copa y le estaba llenando otra a mi suegro.

—¡Bueno, por este encuentro! —anunció con vozarrón.

Me senté en el borde de una silla, con Carla sobre las rodillas. La niña estaba nerviosa, se retorcía, protestaba y me tiraba del pelo con sus manitas. Intenté alcanzar un trozo de pan, pero entonces Teresa Castro me observó de arriba abajo y dijo:

—Sofía, deberías ponerle un gorrito a Carla, que entra corriente por la ventana. Y, por cierto, ¿cómo es que todavía no le das papillas? Mi Andrés, con siete meses, ya comía sopa del plato de todos.

—Con la leche materna tiene suficiente —contesté en voz baja, sin atreverme a levantar la mirada.

—Ay, estas modas modernas… —Claudia Amor hizo un gesto de desprecio mientras masticaba—. Escuchan a cualquiera en internet y luego los niños andan pálidos y sin fuerza. Andrés, ¿quieres que te ponga más? Porque ya se ve que tu mujer no va a preocuparse.

Andrés sonrió y alargó el plato hacia su madre.

—Sí, ponme un poco más, mamá. A ti siempre te queda buenísimo. Hasta lo comprado sabe mejor cuando lo haces tú.

Todos en la habitación soltaron una carcajada al mismo tiempo. Aquella risa me golpeó los oídos como una bofetada.

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