«Siéntate, María Ramos» dijo él con voz impostada, ella miró la camisa colgada como un reproche

La noche se siente injusta y terriblemente fría.
Historias

—Tienes pinta de llevar una semana sin pegar ojo y de haberte alimentado solo de rabia.

—Más o menos —admití, dejándome caer en el sillón de cuero destinado a las visitas—. Perdona que haya aparecido así, sin avisar, pero estoy en plena guerra.

Saqué de la carpeta todos los papeles y los fui colocando sobre su mesa. Después activé la grabación de la conversación que había tenido la víspera con Carlos Ortega y le conté, sin saltarme nada, lo ocurrido. Natalia permaneció callada durante todo el relato; únicamente el movimiento cada vez más tenso de sus mandíbulas delataba lo que estaba pensando.

Cuando terminé, se recostó en su silla y me observó durante unos segundos con esa mirada suya, larga y quirúrgica, que parecía atravesar documentos, mentiras y personas con la misma facilidad.

—¿Qué quieres que te diga? Tu marido es un idiota de manual.

—Eso ya lo he entendido yo sola. Lo que necesito saber es si, además de idiota, está jurídicamente bien asesorado.

Natalia soltó una risa breve, giró el portátil hacia mí y señaló la pantalla.

—Mira esta nota del Registro. Tu agencia figura constituida como sociedad limitada. La socia fundadora que aparece aquí es una tal Natalia Santos, es decir, yo. Tú constas como directora general con una nómina de mil euros al mes. ¿Recuerdas que lo organizamos así hace dos años?

Asentí. En aquella época habían intentado meterme mano a través de un empleado despedido, casi una maniobra de saqueo encubierta, y Natalia me propuso blindar la empresa mediante una estructura con una titularidad externa. Yo lo había tomado como una formalidad más, otra de esas capas burocráticas que se guardan para Hacienda y para dormir un poco más tranquila.

—Pues bien, querida —continuó ella—. Cuando tu marido presente la demanda de divorcio, intentará pedir la división del patrimonio común. El problema, para él, es que desde el punto de vista legal tú no eres dueña de la agencia. Lo único que tienes es una participación en el capital social que, en la práctica, no existe, y un sueldo bastante discreto. Todos los activos de la empresa —unos ochocientos mil euros según las cuentas del año pasado— están a mi nombre. Lo siento, pero ante la ley eres casi una pobre desgraciada.

Sentí que algo se aflojaba dentro de mí. Una sensación rara, casi olvidada, me llenó el pecho: alivio, sí, pero mezclado con una ironía tan amarga que me dieron ganas de reír.

—¿Y el piso?

—El piso tiene hipoteca y está a tu nombre. Es un bien ganancial con carga. En un divorcio no se reparte solo la propiedad, también se reparte la deuda con el banco. Si tu amadísimo esposo quiere su parte de los metros cuadrados, se lleva automáticamente la mitad de lo que queda por pagar. ¿Cuánto falta todavía?

—Ciento veinte mil euros.

—Entonces que lo disfrute. O acepta sesenta mil euros de deuda, o renuncia a cualquier pretensión sobre la vivienda. Como se suele decir, que elija el menú.

Natalia sirvió coñac en dos vasos y empujó uno hacia mí.

—Pero yo no quiero limitarme a defenderte. Me gustaría darles una lección. Una de esas que se recuerdan hasta en el lecho de muerte. ¿Estás dispuesta a interpretar el papel de víctima de una catástrofe económica?

Levanté el vaso y miré la luz a través del líquido ámbar.

—Te escucho.

Una hora más tarde, tenía en la cabeza un plan preciso y en el bolso una cajita con un broche-cámara que Natalia sacó de su caja fuerte con una explicación digna de novela: “Regalo de una clienta muy imaginativa que ahora está sentada en el consejo de administración del negocio de su exmarido”. El micrófono captaba sonido a cinco metros de distancia, la calidad del vídeo permitía distinguir expresiones faciales y la carcasa parecía una pieza de bisutería cara. En resumen: el instrumento perfecto para reunir pruebas sin levantar sospechas.

Regresé a casa cerca de las nueve de la noche y puse en marcha el primer acto de la representación. Sobre la mesa de la cocina esparcí documentos que fingían ser demandas judiciales de acreedores inexistentes, avisos de bloqueo de cuentas y hasta una carta de la Agencia Tributaria anunciando una inspección presencial. Natalia lo había fabricado todo en media hora con ayuda de un diseñador conocido suyo, un hombre que, según ella, en otros tiempos había falsificado diplomas para media promoción de cargos públicos.

Cuando Carlos entró en la cocina, me encontró sentada con la cabeza entre las manos, sollozando en voz baja.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó, sin lograr ocultar del todo su fastidio.

Por lo visto, mi aspecto fúnebre estropeaba el placer que le producía sentirse a las puertas de la victoria.

—Se ha ido todo al traste, Carlos —susurré, arrastrando por las mejillas unas gotas de agua con las que, de forma muy previsora, me había humedecido las pestañas—. Hacienda me ha bloqueado las cuentas. Van a inspeccionar la agencia por una denuncia de la competencia. Si mañana no presento una fianza, podrían detenerme.

Él frunció el ceño. En sus ojos no apareció compasión, sino una inquietud práctica, casi contable.

—¿Qué fianza? ¿De cuánto estamos hablando?

—Cincuenta mil euros. En mi cuenta personal solo tengo veinte mil. El resto está congelado.

Carlos se sentó frente a mí y permaneció callado un buen rato. Después preguntó con cautela, como quien tantea un terreno pantanoso:

—¿Y no podrías vender joyas? Tienes aquel anillo con esmeralda que heredaste de tu abuela.

Alcé la vista despacio. Primera prueba superada. No me ofrecía ayuda, no intentaba consolarme, no preguntaba cómo me sentía. Lo primero que hacía era calcular qué podía arrancarme antes de que me hundiera del todo.

—El anillo era una copia —mentí—. El original lo vendí hace tres años, cuando necesitabas dinero para lanzar aquella aplicación. ¿No te acuerdas?

No supe si estaba mintiendo o si de verdad lo había olvidado; en cualquier caso, solo torció la boca.

—Entonces habrá que buscar otra cosa. Tú eres lista, ya se te ocurrirá. ¿No puedes pedírselo prestado a alguna amiga?

—No tengo amigas que puedan soltarme cincuenta mil euros.

Carlos se levantó y comenzó a pasearse por la cocina con los nervios mal disimulados.

—Vale, no entres en pánico antes de tiempo. Hablaré con mi madre. Quizá ella pueda orientarnos.

A duras penas contuve una sonrisa amarga. Claro. Su madre. Isabel Morales, estratega suprema y fuente de inspiración de todos sus planes brillantes.

Al día siguiente, mi suegra se presentó sin llamar antes, como hacía siempre que olía sangre. Era una mujer mayor de peinado impecable, blusa bordada y el inevitable librito de recetas de alimentación saludable asomando del bolso. Solo que aquella vez, en lugar de recetas, sobresalía de su interior la esquina de un folleto de aspecto jurídico.

Yo ya estaba preparada para la función. Llevaba el broche-cámara prendido en el cuello de la blusa y la grabadora del móvil activada en modo continuo.

—Buenos días, María —canturreó mi suegra desde la entrada—. Me han dicho que tienes problemas.

—Pase, Isabel Morales —respondí, poniendo cara de mansedumbre.

Entró en la cocina, inspeccionó el lugar como si fuera suyo y se sentó en su sitio favorito: junto a la ventana, desde donde podía dominar toda la estancia con una sola mirada.

—Carlos me lo ha contado todo. Lo del divorcio y lo de tus dificultades económicas. No vayas a pensar que vengo a alegrarme de tu desgracia. He venido a ayudarte.

—¿Y cómo piensa hacerlo?

Entrelazó las manos sobre la mesa, se inclinó hacia delante y compuso una expresión de sabiduría universal.

—María, tienes que entender una cosa. El matrimonio no es solo una firma en un papel. Es un compromiso. Tú prometiste estar con Carlos en lo bueno y en lo malo. Ahora lo malo te ha tocado a ti, pero él tampoco está precisamente viviendo una alegría. Debes ponerte en su lugar.

—¿Ponerme en su lugar? —repetí.

—Por supuesto. Durante años soportó tu trabajo, tus viajes, tus ausencias eternas. Él es un hombre. Necesita una esposa, no una socia empresarial. Tú destruiste esta familia y ahora pretendes marcharte sin más. Las cosas no funcionan así.

Guardé silencio. La dejé hablar. Cuanto más se extendiera, mejor.

—Carlos pidió el divorcio porque está agotado —prosiguió—. Pero conozco a mi hijo. No es rencoroso. Si ahora aceptas asumir todas las obligaciones que él incluyó en el acuerdo, yo podría hablar con él. Quizá reconsidere su decisión. Tú quieres salvar tu familia, ¿verdad?

—¿Y si no quiero?

Por un instante se descolocó, aunque enseguida recuperó el control.

—Entonces serías una egoísta que utilizó a mi hijo y ahora lo tira como si ya no sirviera para nada. De una forma u otra, el dinero se lo debes. Por el daño moral, por los años de humillación, por haber impedido que él llegara a ser alguien.

Noté cómo la ira empezaba a hervirme por dentro, pero me obligué a respirar con calma.

—Isabel Morales, dígame la verdad. ¿Fue idea suya presentar el divorcio para asustarme y obligarme a firmar esas condiciones abusivas?

No se avergonzó. Ni siquiera parpadeó.

—Yo protejo a mi hijo. Y tú, si fueras una mujer como es debido, comprenderías que tu tarea era inspirar a tu marido, no aplastarlo con tu cartera.

La miré y, mientras lo hacía, recordé todas las veces que me había llamado para pedirme una lavadora nueva, unas vacaciones en un balneario, un tratamiento de masajes o cualquier otro capricho disfrazado de necesidad. Siempre lo presentaba como algo natural, casi como una cuota obligatoria por haber tenido el privilegio de “entrar en su familia”.

—La he entendido —dije con serenidad—. Necesito pensarlo.

Cuando mi suegra se marchó, apagué la grabadora y envié el archivo a Natalia. Un minuto después, llegó su respuesta: “Esto es una bomba”.

Vivencia