y, a lo lejos, se distinguía la línea azul del mar. En el patio crecían pinos antiguos, altos y torcidos por el viento, que llenaban el aire de olor a resina.
—Pues… hay que reconocer que el sitio tiene encanto —admitió Alejandro Suárez mientras recorría el terreno con la mirada.
Al final decidieron no venderla. La casa se quedaría en la familia, pero en sus manos.
Durante el año siguiente vivieron prácticamente entre polvo, pintura y herramientas. Alejandro Suárez se ocupó del tejado, cambió ventanas, reforzó lo que hacía falta. Paula Castro, en cambio, se volcó en el jardín y en convertir aquellas habitaciones frías en un lugar habitable, cálido, suyo. Poco a poco, aquella vivienda vieja y olvidada fue tomando forma hasta parecer una casa de descanso de verdad.
Por primera vez en mucho tiempo, Paula Castro se sorprendió sintiéndose plenamente feliz.
Cuando llegó el verano, subió unas cuantas fotos a sus redes sociales.
La terraza blanca, con sillones de mimbre y cojines claros.
Una hamaca colgada entre dos pinos, perfecta para leer cuando caía la tarde.
Los rosales junto a la cancela, formando casi un pasillo florido de colores distintos.
Y el sol hundiéndose sobre el mar, fotografiado desde su propia terraza.
Los comentarios no tardaron en aparecer por decenas. Sus amigas le preguntaban en qué hotel estaba. Algunos compañeros de trabajo se negaban a creer que aquella casa fuera realmente suya.
A los pocos días, sonó el teléfono. Era su suegra.
Su voz tenía una dulzura extraña, empalagosa, nada habitual en ella.
—Paulita, he visto tus fotos. ¡Qué monada de casa os ha quedado!
—Gracias —respondió Paula Castro, poniéndose en guardia al instante.
—Está irreconocible. Parece sacada de una revista de decoración. Cualquier día tendremos que ir a verla, porque eso hay que conocerlo en persona.
—Sí, claro… algún día.
—¿Y el mar está cerca?
—A cinco minutos andando.
—¡Qué maravilla! Bueno, hija, te dejo. Un beso. Dale recuerdos a Alejandro.
En cuanto colgó, Paula Castro sintió un nudo de inquietud. Tres años de matrimonio le habían bastado para aprender a descifrar cada matiz en la voz de su suegra. Y aquel cambio repentino, de la burla al entusiasmo, no le olía nada bien.
Una semana después comprendió que su presentimiento no había fallado.
La mujer apareció en la puerta con dos maletas enormes. El taxi se marchó sin esperar siquiera a que Paula Castro abriera del todo. Ella estaba en la cocina, con un delantal puesto y unas varillas en la mano, preparando merengue.
—¿Mamá? No nos avisó de que venía…
—¡Precisamente quería daros una sorpresa! —dijo la suegra, plantándole un beso rápido en la mejilla antes de entrar como si nada.
Cruzó el umbral con la naturalidad de quien regresa a una casa conocida. Se quitó los zapatos sin prisa y dejó el bolso sobre la consola del recibidor.
Luego fue pasando de una estancia a otra. Tocó las cortinas, probó los sofás con la palma de la mano, miró los rincones con aire evaluador.
Incluso elogió la reforma como si fuese una especialista.
—Habéis elegido bien el papel pintado. Y los azulejos del baño son muy acertados.
Después, con absoluta tranquilidad, anunció:
—He decidido pasar aquí todo el verano. El aire del mar me viene estupendamente a mi edad.
