Sergio, en cambio, no conseguía relajarse del todo. Vivía pendiente de un golpe que aún no había llegado. Conocía demasiado bien a su madre como para creer que se hubiera rendido sin más. Aquella pausa no era paz: era la quietud tensa que precede al estallido. Un respiro antes del último ataque.
Y el ataque llegó.
Fue un sábado por la noche. Acababan de sentarse a cenar cuando el timbre de la puerta empezó a sonar con una insistencia brutal. No fue un toque breve ni educado, sino un zumbido largo, sostenido, casi agresivo, cargado de indignación y de derecho propio. Sergio dejó el tenedor sobre la mesa con lentitud y miró a Raquel. En sus ojos no hizo falta decir nada: ya estaba allí.
Se levantó y fue a abrir.
Al otro lado del umbral aparecieron Marta Blanco y Luna Vázquez, rígidas, solemnes, como dos figuras levantadas en nombre de una venganza familiar. Iban arregladas con esmero, demasiado para una visita inesperada, como si no hubieran venido a hablar, sino a presidir un juicio en el que ellas mismas eran juezas, fiscales y víctimas.
—Tenemos que hablar. En serio —soltó Marta, sin saludo ni rodeos.
No miraba a su hijo. Sus ojos estaban clavados en Raquel Delgado, que seguía sentada a la mesa.
Sergio se hizo a un lado sin pronunciar palabra. Les permitió entrar, cerró la puerta detrás de ellas y se quedó apoyado en ella, bloqueando la salida, aunque era evidente que ninguna de las dos pensaba retirarse. Raquel no se levantó. Solo apartó los cubiertos con calma, como quien deja espacio para algo desagradable pero inevitable.
—Os escucho —dijo Sergio, con una serenidad que no tenía nada de débil.
Marta avanzó hasta el centro del salón. Luna se colocó a su lado, pegada a ella, con la expresión de una aliada fiel que llevaba mucho tiempo esperando aquel momento.
—Hemos venido a poner fin a esto, Sergio —empezó Marta, y su voz temblaba de una rabia contenida—. Ya hemos aguantado bastante. Desde que esa… mujer entró en tu vida —hizo un gesto de desprecio hacia Raquel—, nuestra familia empezó a romperse.
Tomó aire, como si estuviera a punto de revelar una verdad incuestionable.
—Ella te puso contra tu propia madre. Contra tu hermana. Te llenó la cabeza de veneno, te maneja como quiere. Y tú, cegado, ni siquiera ves que esa aprovechada solo está usando tu dinero.
—¡Todo lo gastas en ella! —saltó Luna, incapaz de contenerse—. Mientras tu hermana tiene que pedirte ayuda para lo más básico. Ella vive en nuestro piso, disfruta de cosas que tú podrías haber comprado para mí.
Empezaron a hablar casi al mismo tiempo, atropellándose, interrumpiéndose, lanzando reproches que parecían haber estado años fermentando dentro de ellas. Cada acusación sonaba más absurda que la anterior, pero la decían con tal convicción, con una seguridad tan feroz, que cualquiera que no conociera la historia habría podido dudar durante un instante.
Raquel permaneció en silencio. No las miraba con odio. Había en su rostro una atención distante, casi fría, como la de alguien que observa una criatura desagradable, pero perfectamente previsible.
Sergio tampoco las interrumpió. Las dejó vaciarse. Permitió que sacaran toda la bilis, que repitieran sus agravios, que subieran el tono hasta llegar al punto máximo de ebullición. Entonces Marta, ya sin aliento, dio un paso al frente y pronunció por fin la frase por la que realmente habían ido allí.
—Basta. Te damos a elegir. O esa se larga de nuestra familia y de tu vida, o tú dejas de ser nuestro hijo. Decide, Sergio. Nosotras, tu sangre, tu verdadera familia… o ella.
El aire pareció espesarse dentro del piso. Marta y Luna lo miraban desafiantes, convencidas de que habían llegado al golpe definitivo. Confiaban en el peso de la sangre, en la culpa, en todos aquellos hilos invisibles que durante años habían usado para sujetarlo. Estaban seguras de que, al final, se doblaría.
Sergio se separó despacio de la puerta.
Caminó hasta su madre y se detuvo frente a ella, tan cerca que pudo distinguir cada arruga de aquel rostro deformado por la furia. La miró directamente a los ojos. Cuando habló, lo hizo en voz baja, con una calma tan limpia que resultó mucho más dura que cualquier grito.
—¿Queréis que elija? Muy bien. Elijo.
Guardó una pausa. Les concedió un segundo para saborear lo que ellas creían que iba a ser su victoria.
—Elijo a mi mujer. Elijo mi casa. Elijo mi tranquilidad. Elijo mi vida, una vida donde ya no cabe vuestro lodazal. ¿Y sabéis por qué? Porque vosotras no sois una familia. Sois consumidoras.
Marta parpadeó, desconcertada. Luna abrió la boca, pero no llegó a decir nada.
Sergio continuó, sin elevar la voz.
—Sois un agujero negro. Os tragáis la energía, el dinero, el tiempo. Tú, mamá, nunca quisiste entender que tu hijo había crecido. Y tú, Luna, jamás quisiste hacerte adulta. Ese chico que os servía de cartera, de sostén y de pañuelo murió hace tres días en vuestro pasillo. Yo ya no soy él. Para vosotras soy un extraño. Soy el marido de Raquel.
Se giró entonces y caminó hacia la puerta. La abrió de par en par.
—Acepto vuestro ultimátum. Desde este momento, tú ya no eres mi madre. Y tú ya no eres mi hermana. No llaméis. No vengáis. No os conozco. El dinero se terminó. Para siempre. Adiós.
No se detuvo a estudiar sus caras, aunque en ellas el desconcierto empezaba a convertirse en espanto. No quiso ver cómo comprendían, demasiado tarde, que aquella vez no había marcha atrás. Se limitó a sostener la puerta abierta.
Marta y Luna salieron al rellano casi tambaleándose, como si de pronto hubieran perdido la vista. Ninguna dijo nada. Ninguna encontró una frase capaz de reparar lo que acababa de romperse. Cuando cruzaron el umbral, Sergio cerró la puerta con suavidad, sin dar un portazo, sin dramatismo.
Giró la llave.
Dentro del piso se hizo silencio.
Pero esta vez no era una calma frágil ni prestada. Era un silencio verdadero. El silencio de la libertad.
Sergio volvió a la mesa, se sentó frente a Raquel y tomó su mano entre las suyas.
La guerra había terminado.
