Sofía Delgado se quedó plantada ante la puerta de su propio piso, apretando entre los dedos una llave que, por más que insistiera, se negaba a girar dentro de la cerradura. Acababa de regresar de Valencia, donde había pasado una semana por motivos de trabajo, y lo único que deseaba era meterse bajo una ducha caliente y hundirse después en la cama. Sin embargo, la cerradura parecía haberse vuelto contra ella.
Lo intentó una segunda vez. La llave entraba sin dificultad, pero el mecanismo no respondía. No sonaba el clic de siempre. Era como si, al otro lado, alguien hubiera cambiado por completo las entrañas de la puerta.
—¿Pero qué demonios pasa? —murmuró Sofía, sacando el móvil del bolso.
Hugo no contestó. Marcó su número tres veces, y las tres llamadas se perdieron en un vacío de tonos interminables. Al final le escribió: «Estoy en la puerta. La cerradura no abre. ¿Estás en casa?».
La respuesta llegó apenas un minuto después. Pero no la enviaba Hugo.

«Buenas noches, Sofía. Soy Montserrat Campos. Hugo está ocupado ahora, está conmigo. Cambié las llaves del piso mientras tú estabas fuera. Las antiguas ya no sirven. Si quieres recoger tus cosas, llama antes y acordamos una hora».
Sofía leyó el mensaje dos veces. Luego una tercera. Las letras parecían moverse ante sus ojos, pero el significado no cambiaba. Su suegra había cambiado la cerradura de su vivienda. De aquel piso por el que Sofía pagaba la mitad de la hipoteca. De la casa donde estaban su sofá, su estantería, los alimentos que ella misma había dejado en la nevera.
Se sentó en un escalón del portal sin notar el frío del cemento. En su cabeza solo daba vueltas una idea: tenía que ser un error. Una confusión absurda. Hugo la llamaría enseguida y aclararía todo.
El teléfono sonó cinco minutos más tarde.
—Sofía, hola —dijo él, con una voz extrañamente formal, como si hablara con una compañera de oficina y no con su esposa—. ¿Ya has llegado?
—Estoy delante de nuestra puerta, Hugo. Tu madre me acaba de escribir que ha cambiado la cerradura. ¿Es una broma?
—No —respondió él tras una pausa breve—. Mira, mamá y yo hemos estado pensándolo mucho mientras no estabas. Y hemos llegado a la conclusión de que así será mejor para todos.
—¿Así? —Sofía sintió que la voz se le quebraba, aunque hizo un esfuerzo enorme por mantenerse serena—. ¿Qué significa exactamente “mejor”?
—Este piso viene de mi abuela, Sofía. Es mi herencia. Mamá cree que debe quedarse dentro de la familia. Y tú… bueno, ya lo entiendes. Ni siquiera estamos pensando en tener hijos. ¿Qué sentido tiene?
—¿Qué sentido tiene qué? —preguntó ella, aunque la respuesta ya se abría paso en su interior y aun así se negaba a aceptarla.
—Nuestro matrimonio —Hugo soltó un suspiro, y en ese suspiro había el alivio de quien por fin se quita de encima una carga pesada—. Mamá lleva mucho tiempo diciéndome que tú no eres la mujer adecuada para mí. Demasiado independiente, demasiado centrada en tu carrera. Ni siquiera te sale bien un cocido dos veces seguidas. He aguantado tres años, Sofía. Ya basta.
Sofía miró la pantalla del móvil. Allí seguía la foto de Hugo sonriéndole como fondo de llamada. La habían tomado el año anterior, en Asturias. Entonces él parecía tan feliz.
—Hugo —dijo ella, y su voz sonó baja, lisa, helada como la superficie de un lago congelado—. Yo he puesto quince mil euros en este piso. Tengo todos los recibos, todos los extractos bancarios. No puedes echarme a la calle como si nada.
—Mamá ya lo ha organizado todo —se oyó al fondo la voz de su suegra, y enseguida Hugo le pasó el teléfono.
—Sofía, hijita —empezó Montserrat Campos, adueñándose de la conversación con una dulzura tan untuosa que resultaba insoportable.
