Lo sustituyó una furia espesa, devoradora, una rabia que exigía una salida inmediata. Y el único blanco que tenía a mano era su propia hija.
—¡Cierra la boca, parásita! —le escupió, avanzando hacia el sillón—. ¡Te pasas el día sentada, sin mover ni un dedo! ¡Todo esto es culpa tuya! Si sirvieras para algo, si al menos lavaras tu plato una sola vez, yo no tendría que pedirle nada a esa… a esa trepa. ¡Has convertido mi casa en una pocilga y encima soy yo quien va detrás de ti recogiendo!
—¡Yo no te pedí que la llamaras para humillarla! —estalló Luna Vázquez, levantándose de golpe—. ¡Esos son tus juegos, mamá! Te encanta enfrentarnos, ver cómo Sergio se rompe entre nosotras. ¡Lo que no calculaste es que a él también se le podía acabar la paciencia! ¡Ahora va a tirar mis cosas a la basura, no las tuyas!
Quedaron una frente a la otra: dos mujeres que durante años habían formado un bloque compacto contra el mundo exterior y, sobre todo, contra Raquel Delgado. Pero ahora que su enemiga común había golpeado y se había retirado, aquella alianza se resquebrajaba. Por las grietas empezaba a salir todo el desprecio acumulado entre ellas.
La discusión se cortó de pronto por un timbrazo seco, insistente, casi agresivo. Sonó como si alguien no hubiera pulsado el botón con un dedo, sino con toda la palma de la mano. Las dos se quedaron inmóviles y se miraron. En sus ojos apareció el mismo temor. Marta Blanco fue hacia la puerta, intentando recomponer en el camino una expresión de víctima ofendida.
Al abrir, se encontró con Sergio Hidalgo.
No parecía enfadado en el sentido habitual. No gritaba, no tenía el rostro deformado por la ira. Estaba sereno. Y precisamente por eso resultaba mucho más aterrador que cualquier arrebato. Sus ojos, oscuros y fríos, recorrieron el recibidor, se detuvieron en la cómoda cubierta de polvo, pasaron después por Luna, paralizada en medio del salón, y acabaron clavándose en su madre. No saludó. Ni siquiera pronunció una palabra.
Pasó junto a ellas en silencio y se adentró en la vivienda con pasos firmes, como si supiera exactamente adónde iba.
—Sergio, hijo mío, lo has entendido todo mal. Es que Raquel… —empezó Marta Blanco a sus espaldas.
Él ni siquiera volvió la cabeza.
Entró en la habitación de Luna Vázquez: el santuario, la suite de la princesita que vivía a costa de su dinero. No se detuvo a mirar alrededor. Fue directo al armario, abrió las puertas de un tirón y sacó de un estante varios sacos grandes de basura, negros, que Luna había comprado alguna vez y que jamás había utilizado para nada. Con movimientos precisos, casi mecánicos, empezó a arrancar de las perchas vestidos, vaqueros caros, blusas y camisetas, y a lanzarlo todo dentro de los sacos.
—¡Sergio! ¿Qué estás haciendo? —chilló Luna, abalanzándose sobre él.
Se colgó de su brazo, tratando de impedírselo.
—¡Son mis cosas! ¿Te has vuelto loco?
Sergio la miró como si no fuera su hermana, sino un insecto molesto. Con un solo gesto se soltó de ella y continuó. El segundo saco se llenó de cajas de zapatos: pares nuevos, muchos sin estrenar. En el tercero empezaron a caer bolsos, neceseres, cosméticos, frascos y estuches.
—Cariño, basta ya. ¿Qué te pasa? ¡Es tu hermana! ¡Pobrecita, con el corazón que tiene! —gimoteó Marta Blanco, agitando las manos en el aire con teatralidad, aunque sin moverse del umbral.
Cuando el tercer saco estuvo lleno, Sergio lo ató y lo dejó caer al suelo con un golpe sordo. Entonces se incorporó y, por fin, las miró a ambas.
—¿De verdad pensabais que esto iba a durar siempre? —preguntó en voz baja, aunque su tono llenó toda la habitación—. ¿Creíais que yo iba a seguir financiando este circo eternamente? ¿La vagancia de Luna y tus manipulaciones, mamá?
Dio un paso hacia su hermana. Ella retrocedió.
—Escúchame bien, Luna. Mañana buscas trabajo. El que sea. Si tiene que ser limpiando, limpias. Y empiezas a ayudar a mamá de verdad, no solo de palabra. Si no, estos sacos se van contigo al piso que alquiles. Y ese alquiler lo pagarás tú. De mí no vas a recibir más dinero. Ni un euro.
Después se giró hacia su madre.
—Y tú, mamá… vete acostumbrando. Se acabó el chico de los recados. Se acabó la fuente gratuita de dinero.
No esperó respuesta. Simplemente dio media vuelta, cruzó el piso y cerró la puerta de entrada tras de sí con un clic suave.
En la habitación quedaron dos mujeres, tres sacos negros y un armario destripado: como túmulos funerarios bajo los que acababa de enterrarse su antigua vida cómoda.
Pasaron tres días. Tres días de un silencio ensordecedor, extraño, casi irreal. El teléfono de Sergio permanecía callado. No hubo llamadas lastimeras de su madre ni mensajes pasivo-agresivos de su hermana pidiendo que le ingresara “algo, aunque fuera poco”. En el piso de Raquel Delgado y Sergio Hidalgo se instaló una calma frágil, casi tangible.
Cenaban, hablaban de cómo les había ido el día, veían alguna película. Vivían su propia vida, y aquella normalidad tan sencilla les parecía algo que podían arrebatarles en cualquier momento.
