También podría confeccionar cortinas. Según ella, ahora eso se pedía muchísimo: la gente compraba menos cosas nuevas y prefería arreglar, ajustar o transformar lo que ya tenía.
Adriana Álvarez la escuchaba sin interrumpir. La idea, vista así, no sonaba descabellada. Era cierto: muchos mandaban subir bastillas, cambiar cierres, entallar vestidos, cortar cortinas. El problema no estaba en el concepto, sino en algo mucho más concreto: de dónde iba a salir el dinero para arrancar.
—¿De cuánto estamos hablando? —preguntó Carlos Moreno.
Carmen Guerrero pareció haber estado esperando justo esa pregunta.
—Ciento ocho mil pesos. Máquinas, overlock, mesa de trabajo, letrero, dos meses de renta y varias cositas más. Para ustedes no es imposible. Sé que tienen ahorrado.
Adriana dejó la taza sobre la mesa con una calma lenta.
—¿Y usted cómo sabe cuánto tenemos guardado?
La suegra no la miró a ella. Volteó directamente hacia su hijo.
—Carlos me lo comentó. ¿O qué tiene de malo? ¿También le va a esconder cosas a su madre?
Adriana clavó la mirada en su esposo. Él bajó los ojos, incómodo.
—No pensé que la conversación fuera a llegar a esto —murmuró—. Solo dije que estábamos juntando.
—Y también dijiste cuánto —contestó ella, con la misma voz baja.
Andrea puso los ojos en blanco.
—Ay, por favor, ¿de verdad van a empezar con eso? No se los estoy pidiendo regalado. Se los voy a devolver. No mañana, obviamente, pero poco a poco. ¿Somos familia o no?
—Somos familia —asintió Adriana—. Precisamente por eso pregunto. Andrea, ¿ya calculaste tu punto de equilibrio?
—¿Mi qué?
—Cuántos trabajos al mes necesitas para pagar aunque sea la renta. No estoy hablando de ganar, sino de no salir perdiendo.
Andrea se quedó callada un momento.
—Pues… más o menos tengo una idea.
—“Más o menos” no es un número. ¿Cuánto cuesta la renta?
—Nueve mil cuatrocientos pesos. Pero el lugar está muy bien ubicado.
—¿Y además te piden depósito?
—Sí, un mes.
—A eso súmale arreglos del local, luz, insumos, terminal, facturación. Y si piensas contratar a otra costurera, ya no basta con trabajar como si fuera algo informal. Tendrías que darte de alta bien, pagar impuestos, cuotas, todo eso. ¿También lo contemplaste?
—Adriana, contigo siempre es lo mismo —se quejó Andrea, haciendo una mueca—. No se puede hablar normal de nada. Todo lo conviertes en tragedia.
—No son tragedias. Son cuentas. Ciento ocho mil pesos no son cualquier cosa.
Carmen Guerrero soltó el aire con fastidio.
—Ya estuvo bueno de interrogar a la muchacha. No estamos en un banco. Les estamos pidiendo apoyo, no una auditoría.
—Hay muchas formas de apoyar —respondió Adriana—. Podemos ayudarla a armar un plan, revisar el contrato de renta, explicarle lo de los impuestos. Pero entregar la mitad de nuestros ahorros en un negocio que ni siquiera está bien calculado, no podemos.
—¿No pueden? —repitió la suegra—. ¿O no quieren?
Carlos se frotó la frente, agotado.
—Mamá, de verdad es mucho dinero. Tenemos que pensarlo.
—¿Pensar qué? —Carmen alzó la voz—. Los he tenido seis años viviendo en mi departamento. ¡Seis años! Si hubieran rentado en otro lado, ya habrían tirado una fortuna. Gracias a eso pudieron ahorrar, y todavía se ponen delicados.
—No nos estamos poniendo delicados —dijo Carlos—. Estamos juntando para una casa propia.
—¿Propia? —la suegra soltó una risa seca—. Pero si ya viven en una. ¿O mi departamento no les parece suficiente?
Fue entonces cuando Adriana dijo aquello que llevaba años tragándose.
—Carmen Guerrero, nosotros no vivimos en una casa propia. Vivimos en su casa. Y hoy usted acaba de dejarlo clarísimo.
La mesa quedó en silencio.
Después, la suegra pronunció la frase que lo cambió todo:
—Si no quieren ayudar a Andrea, entonces a fin de mes me desocupan el departamento.
Y apenas unos segundos más tarde, nada seguía siendo igual.
Adriana fue la primera en levantarse.
—Está bien —dijo—. Nos vamos.
Carmen Guerrero parpadeó, como si no hubiera esperado esa respuesta.
—Yo no dije que hoy mismo.
—Tiene razón. El departamento es suyo.
