Entonces también nos toca vivir a nuestra manera.
—Adriana, espérate —dijo Carlos con la voz ronca.
Pero ella ya iba rumbo al cuarto para buscar a Ana.
El regreso se les hizo interminable.
Ana se quedó dormida en el coche, con la cabeza vencida sobre su muñeco de peluche. Carlos manejó sin decir una palabra, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Adriana tampoco habló. No por berrinche. Por cansancio. A veces una conversación no termina porque ya se dijo todo, sino porque ya no queda nada que explicar.
Al llegar, acostaron a Ana y luego se sentaron en la cocina.
—¿Lo hiciste a propósito? —preguntó por fin Carlos.
—¿Qué cosa?
—Eso de decir: “está bien, nos vamos”. Como si ya lo tuvieras decidido.
—No lo decidí hoy. Lo traía pensado desde hace mucho. Nada más esperaba que no tuviéramos que llegar a esto.
Él bajó la mirada.
—Fue culpa mía. No debí contarle a mi mamá lo del dinero.
—No se trata solo del dinero, Carlos. Se trata de que tu mamá siempre vio este departamento como una forma de tenernos agarrados. Antes simplemente le convenía callarse.
—Se le salió por el coraje.
—No. Dijo lo que de verdad piensa. En momentos así la gente no se equivoca: se delata.
Carlos guardó silencio un buen rato. Después preguntó en voz baja:
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora buscamos algo en renta por un par de meses y tramitamos un crédito. Tenemos para el enganche. También está el apoyo de vivienda. Sí, va a estar pesado. Pero nadie volverá a echarnos en cara cuánto vale su “bondad”.
Él se quedó sentado, mirando la mesa. Adriana notaba cuánto le dolía. Carlos no era un hijo pegado a las faldas de su madre, ni corría cada vez que ella chasqueaba los dedos.
Pero por dentro seguía cargando una costumbre vieja, aprendida desde niño: a la mamá se le cuida, a la mamá no se le disgusta, la mamá siempre quiere lo mejor.
—¿De verdad te quieres ir? —le preguntó.
—Quiero abrir la puerta con mi propia llave y saber que nadie nos va a sacar de ahí por los caprichos de otra persona.
Una semana después encontraron un departamento en renta.
No estaba cerca del kínder, no era tan luminoso como a Adriana le habría gustado y tampoco tenía lavavajillas, algo a lo que ya se había acostumbrado. Pero tenía un cuarto aparte para Ana.
Empacaban por las noches. Adriana envolvía los platos, acomodaba cosas en cajas y escribía con plumón: “cocina”, “libros”, “juguetes de Ana”.
Carlos fue solo a devolverle las llaves a su madre. Regresó tarde, con la cara apagada y los ojos enrojecidos.
—¿Qué te dijo? —preguntó Adriana.
—Que soy un malagradecido. Que tú me pusiste en contra de mi familia. Que Andrea Medina por lo menos intenta salir adelante, mientras nosotros solo pensamos en nosotros mismos.
—¿Y tú?
—Yo, por primera vez en mi vida, no me puse a justificarme.
El primer mes en el departamento rentado fue duro.
Por las mañanas, Adriana llevaba a Ana al kínder y de ahí se iba a su trabajo en contabilidad. En la tarde pasaba por su hija, cocinaba y revisaba cada gasto.
Carlos aceptaba servicios extra. Trabajaba instalando aires acondicionados y sistemas de ventilación, y justo había empezado la temporada fuerte. Los dos terminaban tan agotados que se dormían apenas tocaban la almohada.
Aun así, el dinero de la cuenta no desapareció. Y cuando en el banco la ejecutiva les puso sobre la mesa las opciones de crédito hipotecario, Adriana sintió algo inesperado: no miedo, sino alivio.
—La mensualidad quedaría en unos cinco mil seiscientos pesos —explicó la empleada, acercándoles la hoja impresa—. Considerando su enganche y el apoyo de vivienda. El plazo sería de veinte años.
Veinte años sonaba enorme, casi imposible. Pero más miedo daba volver a depender del humor de alguien más.
No encontraron departamento de inmediato. Adriana recorrió media ciudad con la asesora inmobiliaria y vio opciones de todo tipo. Al final se decidieron por un departamento pequeño, de dos recámaras, en un edificio nuevo de la periferia. Quedaba lejos. No tenía remodelación bonita ni acabados de revista.
