«Si no pensáis echarle una mano a Claudia, a final de mes dejáis el piso libre» — dijo María Ramírez con una calma tan pulida que dejó a Laura y a Diego inmóviles

Ultimátum familiar despiadado destroza una confianza frágil.
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También podría hacer cortinas a medida. Ahora hay mucha demanda de ese tipo de cosas. La gente compra menos ropa nueva y prefiere adaptar, arreglar o transformar lo que ya tiene.

Laura Ramírez la escuchaba sin interrumpir. La propuesta, en sí, no sonaba disparatada. Era cierto que la gente llevaba pantalones para coger bajos, cambiaba cremalleras rotas, recortaba cortinas demasiado largas. El problema no estaba en la idea, sino en quién iba a poner el dinero inicial.

—¿Cuánto necesitas? —preguntó Diego Navarro.

María Ramírez pareció haber estado esperando justo esas palabras.

—Seis mil euros. Máquinas, remalladora, mesa de trabajo, el rótulo, dos meses de alquiler y todos esos gastos pequeños que siempre salen. Para vosotros no es imposible. Tenéis ahorros.

Laura dejó la taza sobre la mesa con mucha calma.

—¿Y usted cómo sabe cuánto dinero tenemos guardado?

Su suegra no la miró a ella, sino a su hijo.

—Diego me lo comentó. ¿Qué tiene de raro? ¿También hay que ocultarle esas cosas a una madre?

Laura volvió la cabeza hacia su marido. Él bajó la vista con expresión culpable.

—No pensé que la conversación acabaría en esto —murmuró—. Solo dije que estábamos ahorrando.

—Y también dijiste la cantidad —respondió Laura, en el mismo tono bajo.

Claudia puso los ojos en blanco.

—Por favor, ¿de verdad vais a poneros así? No estoy pidiendo que me lo regaléis para siempre. Lo devolveré. No mañana, claro, pero poco a poco. ¿Somos familia o no?

—Lo somos —asintió Laura—. Precisamente por eso pregunto. Claudia, ¿has calculado cuándo empezaría a ser rentable el taller?

—¿Qué?

—Cuántos encargos al mes necesitas solo para cubrir el alquiler. No hablo de ganar dinero, sino de no acabar perdiéndolo.

Claudia se quedó callada unos segundos.

—Bueno… más o menos lo tengo en la cabeza.

—“Más o menos” no es una cifra. ¿Cuánto cuesta el local?

—Quinientos veinte euros al mes. Pero la zona es buenísima.

—¿Y te piden un mes de fianza?

—Sí.

—A eso súmale acondicionar el local, la luz, los materiales, el sistema de cobro. Y si piensas contratar a otra costurera, ya entran nóminas, gestoría, cotizaciones, seguros sociales. ¿Eso también lo has metido en las cuentas?

—Laura, contigo siempre igual —se quejó Claudia, torciendo el gesto—. No se puede hablar de nada como una persona normal. Todo lo conviertes en una catástrofe.

—No son catástrofes. Son números. Seis mil euros no son unas servilletas.

María Ramírez soltó el aire con un resoplido sonoro.

—Basta ya de interrogar a la chica. No estamos en una sucursal bancaria. Lo que necesitamos de vosotros es ayuda, no una auditoría.

—Hay muchas formas de ayudar —replicó Laura—. Podemos revisar el contrato de alquiler, hacer un plan de gastos, orientarla con los impuestos. Pero no podemos entregar la mitad de nuestros ahorros a un proyecto que ni siquiera está calculado con seriedad.

—¿No podéis? —repitió la suegra—. ¿O no queréis?

Diego se frotó la frente, agotado.

—Mamá, es mucho dinero. Tenemos que pensarlo.

—¿Pensarlo? —María Ramírez alzó la voz—. Llevo seis años dejándoos vivir en mi piso. ¡Seis años! Si hubierais tenido que alquilar, ya habríais tirado decenas de miles de euros. Gracias a eso os habéis hecho un colchón, y ahora encima os ponéis exquisitos.

—No nos ponemos exquisitos —dijo Diego—. Estamos ahorrando para comprar nuestra propia vivienda.

—¿Vuestra propia vivienda? —su madre soltó una risa seca—. Ya vivís bajo un techo. ¿O es que mi piso no os parece lo bastante bueno?

Fue entonces cuando Laura dijo aquello que llevaba demasiado tiempo guardándose.

—María Ramírez, nosotros no vivimos en nuestra casa. Vivimos en la suya. Y hoy acaba usted de dejarlo clarísimo.

El silencio cayó sobre la mesa.

Después, su suegra pronunció la frase que lo cambió todo:

—Si no queréis ayudar a Claudia, a final de mes me dejáis el piso libre.

Y, apenas unos segundos después, nada seguía siendo igual.

Laura fue la primera en levantarse.

—De acuerdo —dijo—. Nos iremos.

María Ramírez parpadeó, como si no hubiera esperado esa respuesta.

—Yo no he dicho que tenga que ser hoy mismo.

—Tiene razón. El piso es suyo.

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