Pero en ese momento yo ya no tenía espacio para ponerme sentimental.
Después, todo empezó a subir de tono. Carlos Guerrero comenzó a llegar a la casa con bolsas de comida de restaurantes, como si quisiera restregárnoslo en la cara. Se sentaba en la mesa y cenaba solo, mientras José y yo nos quedábamos en la cocina comiendo una ensalada sencilla, de esas que apenas llenan. El olor de las alitas fritas de KFC, o de la pizza recién salida de la caja, se metía por cada rincón del departamento. José miraba a su papá con unos ojos de hambre que partían el alma, pero Carlos ni siquiera hacía el intento de ofrecerle un pedazo.
—Mamá, ¿por qué mi papá no me da pizza? —me preguntó mi hijo en voz bajita al tercer día.
—Porque tu papá tiene “dinero personal”, José —le dije, acariciándole el cabello—. Y nosotros tenemos el dinero de la casa. Ven, te voy a preparar unos hot cakes. Compré harina.
Ahí, justo en ese instante, algo dentro de mí terminó de apagarse. Si un hombre puede sentarse a tragar comida rica sin que le tiemble la mano, mientras su propio hijo come hot cakes pelones, entonces no es esposo. Tampoco es padre. Es un parásito.
El límite llegó el viernes. Regresé del trabajo y, al revisar el buzón, encontré un comprobante de entrega. Era de una tienda cara de electrónicos. A nombre de Carlos Guerrero. Y la cantidad: siete mil doscientos pesos. Por un monitor nuevo para jugar.
Entré al departamento. Carlos estaba en la sala, abriendo una caja enorme con una emoción casi infantil. Tenía los ojos brillantes, como niño en Día de Reyes.
—¡Mira nada más esta chulada! —dijo, olvidándose por completo de que estábamos peleados—. Cuatro K, una tasa de refresco brutal. Ahora sí voy a jugar a los tanques como dios manda.
—¿Siete mil doscientos pesos, Carlos? —dejé el recibo sobre la mesa—. Tenemos atrasados quinientos cuarenta pesos de la hipoteca del mes pasado porque tú “no completaste”. A José le están saliendo chuecos los dientes y el dentista dijo que necesita brackets. ¿Y tú te compras un monitor?
—Ay, ya vas a empezar otra vez —se puso a la defensiva al instante—. Estuve ahorrando tres meses para comprarlo. De mi sueldo. ¡Estoy en mi derecho!
—Sí, claro que estás en tu derecho —asentí—. Y yo también estoy en mi derecho de no seguir viviendo con alguien que le roba el futuro a su propio hijo.
—¿Cómo que le robo? ¿Qué tonterías estás diciendo?
No le contesté. Caminé hasta la entrada, tomé su mochila deportiva, esa con la que iba al gimnasio, y empecé a meterle ropa de manera metódica. Directo de los ganchos. Camisas, playeras, calcetines, lo que fuera suyo.
—¡Eh! ¿Qué te pasa? —corrió hacia el pasillo, agitando los brazos—. ¡Deja eso donde estaba! ¿Te volviste loca o qué?
—No, Carlos. Por primera vez en mucho tiempo estoy pensando con claridad. Tienes quince minutos para recoger lo demás. Te vas con tu mamá. Ella te adora, ella te va a dar de comer y seguro también va a aplaudirte tu monitor.
—¡No puedes correrme! ¡Yo vivo aquí! —intentó empujarme, pero lo miré de tal manera que se quedó helado a medio movimiento.
—El departamento lo compré antes de casarme contigo, Carlitos. Aquí no eres dueño de nada. Y que recibas correspondencia en esta dirección no te convierte en propietario. Si hace falta, mañana mismo voy con un abogado y lo arreglamos por la vía legal. Pero ahorita te largas. Si no, llamo a la policía y digo que un desconocido está intentando meterse a mi casa por la fuerza.
—Tú… tú te vas a arrepentir —gruñó.
Agarró la mochila, aventó dentro el monitor, porque claro, primero las prioridades, y salió hecho una furia por la puerta.
—¡Vas a venir arrastrándote cuando no te alcance para el uniforme de José!
Cerré la puerta y giré la llave. Tres veces.
Clic. Clic.
