Y, por supuesto, sin atreverse a meter la mano en su botín.
El pleito no nació ese día; venía cocinándose desde hacía meses. Durante el último medio año, Carlos Guerrero empezó a “olvidar” cada vez con más frecuencia poner su parte para la despensa. Una vez era el seguro del coche, otra que un amigo necesitaba un préstamo, luego que a su mamá, Teresa Vargas, de pronto le urgía cambiar la televisión. Yo iba aguantando. Al principio me callé. Después solté indirectas. Más tarde tuve que pedirle las cosas de frente. Y ese día, de plano, él llegó con un ultimátum bajo el brazo.
—Oye, Carolina Cervantes —le dije a mi amiga por teléfono esa noche, encerrada en el baño para que no me oyera—. De verdad cree que soy una alcancía sin fondo. Yo me parto el lomo en dos trabajos para pagarle maestro particular a José Romero, y él tan campante comprándose rines.
—Lucía, ¿estás tonta o qué? —Carolina, como siempre, no se anduvo con rodeos—. Ese hombre se te subió encima y todavía trae fuete. Deja de mantenerlo. Así de simple. Come tú, dale de comer al niño, y a él ni lo peles. Si tanto presume su dinero “personal”, que coma en restaurantes.
En ese momento solté un suspiro. Decir “no le cocines” sonaba facilísimo. Pero era mi marido. Mi familia. O al menos, alguna vez lo había sido.
Sin embargo, a la mañana siguiente desperté con una claridad rara, como si alguien me hubiera quitado una venda. Carlos dormía desparramado en media cama, roncando con una confianza descarada. Lo miré un rato y no sentí ternura, ni culpa, ni ganas de levantarme a prepararle algo rico. Lo único que me nació fue una irritación seca.
Me levanté, le hice avena a José y me serví un café. Carlos apareció en la cocina casi una hora después, arrastrando los pies.
—¿Y mi pan francés? —preguntó, clavando la mirada en el sartén vacío.
—En la tienda, Carlos —respondí sin alterarme, mientras tomaba café y revisaba el celular—. El pan, los huevos y la leche cuestan. Y este mes mi dinero no contempla tus desayunos. Mis prioridades son la hipoteca y los tenis de José.
—¿Me estás vacilando? —frunció el ceño—. Tengo hambre.
—Pues come —señalé la alacena donde estaban los cereales y granos—. Ahí hay cebada. Dicen que cae bien al estómago.
Murmuró algo sobre “caprichos de vieja” y se fue al trabajo con el estómago vacío. Yo, ingenua, pensé que eso le haría reaccionar. Sí, cómo no. En la noche llegó directo a abrir el refrigerador. Y ahí no había casi nada: mi yogur y una porción de pastel de elote salado que había preparado para José, medida exactamente para él.
—Lucía, esto ya no da risa. ¿Dónde está la cena? —azotó una cacerola contra la estufa con tanto escándalo que José se sobresaltó en su cuarto.
—No hay cena, Carlos. Se me acabó el dinero. Hoy pagué los servicios y le compré a José una chamarra para el otoño. Me quedan como quinientos cuarenta pesos para terminar la semana. Eso es para nosotros dos: kéfir, pan y lo básico. Para tus cortes de carne no alcanza.
—¡Tú… tú te estás burlando de mí! —gritó, con la cara manchándosele de rojo—. ¡Yo trabajo! ¡Yo llego cansado! ¡Tengo derecho a entrar a mi casa y comer como la gente!
—Claro que tienes derecho —contesté, sin subir la voz—. Con tu dinero personal. Pide comida por aplicación. O vete a una fonda. Tú lo ganaste, tú decides.
Se pasó casi dos horas hecho una furia. Me llamó mala esposa, dijo que yo estaba destruyendo la familia, juró que encontraría a una mujer que sí supiera valorarlo. Yo permanecí sentada en el sillón, leyendo un libro en silencio. José, con los audífonos puestos, jugaba en la consola; hacía tiempo que se había acostumbrado a nuestras peleas y había aprendido a desconectarse del mundo. Era triste, sí.
