«mi sueldo es mío, dinero personal» —dijo Carlos; Lucía, frotando la mancha con rabia, le recordó la hipoteca y los gastos escolares de José Romero

Indignante, egoísta: dinero personal mientras todo arde.
Historias

—Lucía Rodríguez, estuve dándole vueltas y ya tomé una decisión: mi sueldo es mío, dinero personal. Yo me lo gano, así que puedo gastarlo en lo que se me dé la gana: mis gustos, el coche, ayudarle a mi mamá. Para vivir usamos tu salario. Al fin y al cabo, tú eres la ahorradora de la casa, ¿no? Siempre andas cazando ofertas en el súper como si fueran tesoros. Pues órale, ahí tienes el reto.

Yo seguí tallando con la esponja una mancha vieja de grasa pegada al azulejo, justo encima de la estufa. Frotaba con tanta rabia que, debajo de los guantes de hule, las uñas ya me dolían. El chillido áspero contra la loseta me ponía los nervios de punta. El trapo se movía de un lado a otro, furioso, pero no me volteé. En la nariz se me metía el olor agresivo del limpiador, revuelto con el tufo de una salsa quemada: Carlos Guerrero, otra vez, había dejado prendida la hornilla cuando pasó el guisado a otra olla.

—O sea, dinero personal —solté despacio, sin dejar de tallar—. Carlitos, ¿te parece normal decir eso cuando tenemos una hipoteca a veinte años y José Romero entra a la primaria este ciclo? Inscripción, uniforme, útiles, libros… ¿Tienes idea de cuánto cuesta llenar el refri con comida decente si no quieres vivir a pura pasta?

—Ay, ya vas a empezar —dijo Carlos, cruzando la cocina mientras golpeaba el piso laminado con los talones—. Siempre haces un drama por todo. No dije que jamás fuera a darte un peso. Si de plano se te complica, me pides y ya veré. Pero, de entrada, la administración de la casa queda en tus manos. Tú eres la correcta, la que siempre habla de justicia. Pues ahora haz tus milagros de contadora.

Se dejó caer en la silla y subió el volumen de la televisión hasta que retumbó la cocina. En la pantalla pasaban uno de esos programas absurdos donde todos se gritan encima, y aquel escándalo se me clavaba en las sienes casi igual que el taladro de los vecinos. Los de arriba, por cierto, tampoco daban tregua: llevaban casi dos años remodelando, y el zumbido constante del taladro detrás de la pared ya se había vuelto la música de fondo de nuestra vida familiar, una vida que se desmoronaba sin hacer demasiado ruido.

Me sequé las manos en el mandil y por fin lo miré. Carlos estaba sentado con su camiseta favorita, toda vencida del cuello, hurgándose los dientes con un palillo y con esa actitud de hombre que cree que la conversación terminó porque él ya habló. Mi antiguo Carlitos, el que prometía bajarme la luna, se había convertido en Carlos Guerrero: un tipo convencido de que, por ser “el jefe de familia”, sus necesidades iban primero, y las mías… bueno, las mías ya encontrarían cómo resolverse solas.

—¿Estás hablando en serio? —pregunté, apoyándome contra el fregadero; el frío del metal me atravesó la playera vieja de estar en casa—. Yo gano doce mil seiscientos pesos. De ahí, seis mil trescientos se van directito a la hipoteca. Quedan otros seis mil trescientos. Para tres personas. Eso es como mil ochocientos al mes por cabeza. ¿De verdad estás proponiendo que comamos con unos cincuenta y cuatro pesos diarios, incluyendo a José?

—Hay gente que vive con menos —contestó sin siquiera girar la cabeza—. Compra frijol, arroz, verduras de temporada. Además, comer tanta carne hace daño, lo leí por ahí. En fin, Lucía, no me cargues la mano. Mañana voy a ver unos rines nuevos para el coche y necesito dinero.

En ese instante entendí que, dentro de su cabeza, la decisión ya estaba acomodada como mueble nuevo. El plan existía. Y en ese plan yo no era su esposa: era un accesorio gratuito encargado de sostener la comodidad del gran “proveedor”.

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