…sin aspirar jamás a tocar ni una migaja de su botín.
La pelea, en realidad, no había nacido aquel día. Llevaba meses fermentando por debajo de la alfombra. Durante el último medio año, Jorge Morales se había acostumbrado a “olvidarse” cada vez con más frecuencia de aportar dinero para la compra. Una semana era el seguro del coche; otra, que un amigo necesitaba que le prestara algo; después resultaba que su madre, Teresa Vidal, de pronto no podía vivir sin un televisor nuevo. Yo iba aguantando. Primero en silencio. Luego empecé a dejar caer indirectas. Más tarde tuve que pedirlo abiertamente. Y aquella tarde, sin ningún pudor, él había puesto sobre la mesa un ultimátum.
—Escucha, Laura Navarro —le conté a mi amiga por teléfono esa noche, encerrada en el baño para que no me oyera—. De verdad cree que soy una fuente inagotable. Me estoy dejando la piel en dos trabajos para pagarle un profesor particular a Álvaro Morales, y él tan tranquilo, comprándose llantas.
—Elena Ibáñez, ¿tú eres tonta o qué? —Laura Navarro, como siempre, no se anduvo con rodeos—. Ese hombre va montado encima de ti y encima te mete prisa. Deja de darle de comer. Así, sin más. Tú comes, alimentas al niño, y a él lo dejas fuera. Que se pague restaurantes con su dinero “personal”, ya que se siente tan millonario.
En aquel momento solo solté un suspiro. Decirlo era facilísimo: no le prepares comida. Pero era mi marido. Una persona de casa. Alguien cercano. O al menos lo había sido alguna vez.
Sin embargo, a la mañana siguiente me desperté con una claridad extraña, como si durante la noche se hubiera despejado una niebla dentro de mí. Jorge Morales seguía dormido, ocupando media cama con el cuerpo desparramado y roncando con una fuerza desagradable. Lo miré durante unos segundos y no apareció nada parecido a la ternura. Ni cariño, ni pena, ni ganas de hacerle el desayuno. Solo una irritación sorda y seca.
Me levanté, preparé unas gachas para Álvaro Morales y me hice un café. Jorge Morales apareció en la cocina casi una hora después, arrastrando los pies.
—¿Y mis tostadas? —preguntó, clavando la vista en la sartén vacía.
—En el supermercado, Jorge —respondí sin alterar la voz, mientras bebía café y pasaba noticias en el móvil—. El pan, los huevos y la leche cuestan dinero. Y este mes mis ingresos no contemplan tus tostadas. Mis prioridades son la hipoteca y las zapatillas de Álvaro Morales.
—¿Me estás tomando el pelo? —frunció el ceño—. Tengo hambre.
—Pues come —señalé con la cabeza el estante donde guardábamos los cereales y las legumbres—. Hay cebada. Dicen que le sienta muy bien al estómago.
Murmuró algo sobre “manías de mujeres” y se marchó al trabajo sin desayunar. Yo, ingenua de mí, pensé que aquello le haría entrar en razón. Sí, claro. Por la noche regresó y lo primero que hizo fue abrir la nevera. Dentro no había prácticamente nada. Bueno, casi nada: en una balda estaba mi yogur y una porción de pastel salado que había preparado para Álvaro Morales, exactamente para una sola comida.
—Elena Ibáñez, esto no tiene gracia. ¿Dónde está la cena? —empezó a golpear cazuelas y tapas con tanto ruido que Álvaro Morales se sobresaltó en su habitación.
—No hay cena, Jorge Morales. Se me acabó el dinero. Hoy pagué las facturas de casa y le compré a Álvaro Morales una chaqueta para el otoño. Me quedan unos treinta euros hasta final de semana. Eso es para kéfir, pan y algo sencillo para el niño y para mí. No hay presupuesto para tus filetes.
—Tú… tú lo haces para fastidiarme —gritó, con la cara cubierta de manchas rojas—. ¡Yo trabajo! ¡Llego cansado! ¡Tengo derecho a volver a mi casa y comer como una persona normal!
—Claro que tienes derecho —contesté, sin levantar siquiera la voz—. Con tu dinero personal. Pide comida a domicilio. O vete a una cafetería. Lo has ganado tú, así que puedes permitírtelo.
Estuvo fuera de sí casi dos horas. Me llamó mala esposa, dijo que estaba destruyendo la familia, aseguró que encontraría a una mujer capaz de valorarlo como merecía. Yo permanecí sentada en el sillón, leyendo un libro en silencio. Álvaro Morales jugaba a la consola con los auriculares puestos; hacía tiempo que se había acostumbrado a nuestras discusiones y simplemente se desconectaba de la realidad. Aquello era triste, desde luego.
