«Mi sueldo es mío» —dijo Jorge Morales con desprecio, exigiendo que ella se haga cargo del presupuesto del hogar

Inaceptable y egoísta: me roban la dignidad cotidiana.
Historias

—Elena Ibáñez, lo he pensado bien y ya tomé una decisión: mi sueldo es mío. Lo gano yo, así que tengo derecho a gastarlo como me dé la gana. En mis caprichos, en el coche, en ayudar a mi madre. Y para vivir usaremos tu salario. Al fin y al cabo, tú eres la ahorradora de la casa; mira qué bien se te da cazar ofertas en los supermercados. Pues eso, te toca encargarte.

Yo seguí frotando con la esponja una mancha vieja de grasa pegada al azulejo, justo encima de la vitrocerámica. Restregaba con tanta rabia que las uñas, bajo los guantes de goma, empezaron a dolerme. El chirrido era desagradable, agudo. El trapo temblaba en mi mano, pero no me giré. En la nariz se me había instalado el olor áspero del producto de limpieza, mezclado con el tufo de la salsa quemada: Jorge Morales había vuelto a olvidarse de apagar el fuego al cambiar de recipiente el estofado.

—O sea, dinero personal —solté despacio, sin dejar de fregar—. Jorgito, ¿te parece normal decir eso cuando tenemos una hipoteca a veinte años y Álvaro Morales empieza el colegio este curso? Material, uniforme, libros… ¿Tienes la más remota idea de lo que cuesta ahora comer decentemente, sin vivir solo a base de pasta?

—Ay, por favor, no empieces —resopló Jorge Morales, pasando a mi lado con sus pisadas pesadas sobre el suelo laminado—. Siempre conviertes cualquier cosa en un drama. No he dicho que no vaya a darte nada nunca. Si la cosa se pone fea, me lo pides y ya veré. Pero, de entrada, el presupuesto de la casa corre por tu cuenta. Tú, que eres tan correcta y tan defensora de la justicia, demuéstrame ahora tus milagros de contabilidad.

Se dejó caer en una silla y encendió la televisión con el volumen al máximo. En la pantalla daban uno de esos programas absurdos donde todo el mundo se grita, y aquel estruendo se me clavó en las sienes casi con la misma violencia que el taladro de los vecinos. Los de arriba, por cierto, tampoco se quedaban cortos: llevaban dos años de reforma, y el zumbido regular de la broca tras la pared se había convertido en la banda sonora de nuestra vida familiar, que se iba deshaciendo poco a poco.

Me sequé las manos en el delantal y me volví hacia mi marido. Jorge Morales estaba sentado con su camiseta favorita, deformada por el uso, hurgándose los dientes con un palillo y dejando claro, con cada gesto, que para él el asunto ya estaba cerrado. Aquel Jorgito cariñoso que un día me prometió mover montañas por mí se había transformado en Jorge Morales: un hombre convencido de que, por ser “el cabeza de familia”, sus necesidades debían ir siempre primero, mientras que las mías… bueno, las mías ya se arreglarían solas de algún modo.

—Jorge Morales, ¿hablas en serio? —me apoyé contra el fregadero y noté el frío del metal a través de la camiseta de estar por casa—. Mi sueldo es de setecientos euros. De ahí, trescientos cincuenta se van directamente a la hipoteca. Quedan otros trescientos cincuenta. Para tres personas. Eso son unos cien euros al mes por cabeza. ¿De verdad propones que comamos con tres euros diarios, incluyendo a Álvaro Morales?

—Hay gente que vive con menos —contestó sin molestarse siquiera en mirarme—. Compra legumbres, arroz, verduras de temporada. Además, tanta carne no es buena, lo leí por ahí. En fin, Elena, no me marees. Mañana voy a ver unas llantas nuevas para el coche y necesito el dinero.

En ese instante comprendí que, dentro de su cabeza, todo estaba perfectamente ordenado. El plan ya existía. Y en ese plan yo no era más que un accesorio gratuito, destinado a garantizar la comodidad de aquel gran proveedor.

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