Contaba, con voz segura, otra de esas anécdotas en las que su hijo “había empezado desde abajo”, mientras Javier Vargas recibía felicitaciones, sonreía y estrechaba manos a diestra y siniestra. Se le notaba satisfecho. Aquello era justo la postal que quería mostrar: gente importante, una mesa cara, miradas de respeto y él en el centro de todo.
Entonces llegó el mesero con la cuenta. Javier extendió la tarjeta con un gesto despreocupado, sin molestarse siquiera en revisar el total. El lector emitió un sonido breve. Silencio. Otro intento. Otro pitido. Operación rechazada.
—Pásela otra vez —dijo Javier, y la sonrisa ya se le había borrado.
El mesero lo intentó de nuevo. Rechazada. Una tercera vez. Rechazada también.
Teresa Ríos se levantó de golpe y caminó hasta la barra, mirando a la encargada como si estuviera frente a una empleada incompetente.
—¿Qué clase de falta de respeto es ésta? Mi hijo no tiene problemas de dinero. Hágalo bien, no a lo tonto.
La administradora, una mujer joven vestida con traje oscuro, sostuvo la mirada sin alterarse.
—La tarjeta fue bloqueada por la titular de la cuenta. La señora Laura Montes retiró el acceso hace unos minutos. Pueden pagar en efectivo o tendré que llamar a seguridad.
El salón entero quedó suspendido en un silencio incómodo. Uno de los invitados sacó el celular. Otro giró la cara, fingiendo no haber escuchado nada. Javier se puso pálido, tomó su teléfono y marcó a su esposa con manos torpes. No contestó. Volvió a llamar. Esta vez la llamada ni siquiera entró.
Teresa lo sujetó del brazo y le habló entre dientes, con la rabia apretada en la mandíbula.
—Javier, arregla esto ahora mismo. Llámale, dile que desbloquee la tarjeta. ¿Te das cuenta del ridículo que estamos haciendo?
Pero él ya no la oía. Deslizando la pantalla con desesperación, intentaba recordar claves, accesos, contraseñas de otras cuentas. Nada. Todo dependía de Laura. Ni siquiera tenía claro cuándo ella había tramitado papeles, abierto cuentas, firmado autorizaciones. Él sólo estampaba su firma en lo que ella le ponía enfrente, sin leer una sola línea.
Los invitados comenzaron a levantarse. Algunos murmuraron disculpas sobre asuntos urgentes; otros simplemente tomaron sus cosas y caminaron hacia la salida sin despedirse. Un cliente mayor, de traje gris, se acercó a Javier y le dio unas palmadas en el hombro con una compasión cargada de burla.
—Así pasa, colega. Había que respetar a la esposa. Ahora ya es tarde.
Fue el primero en irse. Después lo siguieron los demás. En menos de diez minutos, el lugar quedó casi vacío. Sólo permanecían Javier, su madre y la administradora, que seguía con la cuenta en la mano.
—Tienen veinte minutos —avisó ella, sin cambiar el tono—. Después llamaré a seguridad.
Teresa abrió su bolso y sacó varios billetes arrugados. No alcanzaba. Javier se revisó los bolsillos, encontró unas cuantas monedas y poco efectivo. Tampoco bastaba. La administradora los observaba con una curiosidad fría.
—¿Ya le hablaron a su esposa?
Javier no respondió. Teresa aspiró fuerte por la nariz; manchas rojas le subieron por el cuello y le cubrieron la cara.
—Esa ranchera… ¿cómo pudo hacer esto?
