—¡Cómo se atrevió! Yo la voy a…
—Mamá, cállate —la interrumpió Javier, en voz baja, pero con una dureza que la dejó inmóvil.
En ese instante terminó de entenderlo. Sin Laura Montes, él no tenía nada: ni empresa, ni cuentas, ni equipo, ni respaldo. Solo era un letrero bonito sostenido sobre cimientos ajenos.
Laura estaba sentada en una banca de la parada del camión. El celular no dejaba de vibrar: primero Javier, luego Teresa Ríos, después Javier otra vez. Los mensajes caían uno tras otro: “¿Qué estás haciendo?”, “Deja de hacerte la digna y desbloquea todo”, “En la casa lo hablamos, no armes un escándalo”.
Ella miró cómo las frases se acumulaban en la pantalla, cada vez más furiosas, más desesperadas. Luego apagó el teléfono. La luz se extinguió y, por primera vez en toda la noche, hubo silencio.
Recordó a Javier al principio, cuando le decía: “Sin ti no hubiera podido, Laura”. En ese tiempo ella le creyó. Pensó que era gratitud, cariño, amor. Pero no era agradecimiento: era costumbre de tomar. Tomar su trabajo, su dinero, su paciencia. Y cuando dejó de ser útil, cuando delante de los invitados había que decir quién era, cuando hacía falta darle un sitio en la mesa, la hicieron a un lado como si sobrara.
El camión llegó con un rechinido. Laura se levantó, subió y buscó un asiento junto a la ventana. Afuera, la ciudad oscura pasaba indiferente, ajena, enorme. Sin embargo, después de muchos años, sintió que el aire le entraba completo al pecho.
Si para ella no había lugar en aquella mesa, entonces esas personas ya no tendrían lugar en su vida.
Tres días después, Javier apareció en su departamento. Estaba parado frente a la puerta, con la ropa arrugada y unas ojeras profundas. Guardó silencio unos segundos, incapaz de encontrar una entrada digna.
—Laura, ya, no hagamos tonterías. Al final somos familia.
Ella no abrió del todo. Se quedó en el umbral, serena, sin levantar la voz.
—¿Familia? ¿La que sacan de un salón delante de todos? ¿La que tu mamá considera poca cosa?
—Mi mamá se equivocó, lo sé. Pero no vas a destruir todo por una sola noche.
—Yo no destruí nada —respondió Laura con calma—. Solo recuperé lo mío. La empresa está a mi nombre. Las cuentas son mías. Tú las usaste mientras yo me quedé callada.
Javier apretó la mandíbula. Intentó conservar la compostura, pero la voz se le quebró apenas.
—Esto es venganza. Nada más que venganza.
—No —Laura negó despacio—. La venganza nace cuando todavía quieres lastimar. A mí ya no me importa.
Cerró la puerta. Él permaneció allí un minuto más, como si esperara que ella se arrepintiera. Después se fue. No volvió.
Teresa Ríos siguió escribiéndole durante casi un mes: mensajes larguísimos, llenos de amenazas, insultos y reproches. Laura los borraba sin abrirlos. Con el tiempo, también dejaron de llegar.
La empresa se la cedió al socio de Javier por una cantidad simbólica; era un hombre que alguna vez la había ayudado con los papeles y que no hacía preguntas innecesarias.
