Laura Montes alcanzó a ver a su suegra antes de que la mujer reparara en ella. Teresa Ríos estaba plantada junto a la entrada del salón de banquetes, acomodándose una cadena de oro en el cuello y observando a los asistentes como si les calculara el valor del traje de una sola mirada. Laura se detuvo apenas en el umbral. Conocía de sobra esos ojos: fríos, medidores, iguales a los de alguien detrás del mostrador de una casa de empeño.
Llevaba un vestido azul marino, sencillo, sin lentejuelas ni adornos llamativos. El mismo que se había puesto en cada celebración durante los últimos tres años.
Teresa Ríos la notó únicamente cuando Laura ya estaba casi frente a ella. Un gesto nervioso le cruzó la cara.
—Ay, Laurita, para ti no hay lugar aquí —dijo en voz alta, lo bastante fuerte para que medio salón la oyera, fingiendo una sorpresa exagerada—. Mi niña, te equivocaste de puerta, ¿verdad? Esto es un coctel para gente importante, una cena de negocios. Tu ambiente está más bien en una fonda cerca de la central. Ve para allá. No hagas quedar mal a mi hijo frente a sus jefes, sé buena.
Laura no contestó. Varias miradas se clavaron en ella al mismo tiempo. Alguien soltó una risita por lo bajo; otros fingieron no ver, con esa incomodidad cobarde de quien prefiere apartar la cara. En la mesa larga, cubierta de copas, platos y charolas con bocadillos, estaba sentado Javier Vargas. Se acomodó en la muñeca un reloj carísimo y miró a su esposa como si fuera una desconocida que se había metido al sitio equivocado.

—Laura, mi mamá tiene razón. Aquí no encajas, ¿sí entiendes? Mejor vete a la casa. Luego llego yo.
Ni siquiera se levantó. No hizo el menor intento de acercarse. Solo movió la mano, apartándola de su mundo con un gesto seco, y enseguida volvió el cuerpo hacia los invitados. Un hombre de traje gris se inclinó hacia el de junto y murmuró algo. Los dos se rieron.
Laura dio media vuelta y salió. Sin lágrimas. Sin explicaciones. Sin preguntar nada. La puerta se cerró detrás de ella con un golpe suave, casi imperceptible.
Afuera corría viento. Laura sacó el celular y abrió la aplicación del banco. Todas las tarjetas de la empresa estaban vinculadas a su cuenta; ella lo había exigido cinco años atrás, cuando pagó las deudas de Javier y lo sacó del hoyo después de aquel fracaso. En esos días, los cobradores llamaban de madrugada, y él se quedaba sentado en la cocina, pálido, repitiendo: “No pude, lo perdí todo”. Laura vendió la casa de sus padres en el pueblo y entregó el dinero sin hacer preguntas. De noche llevaba las cuentas; de día negociaba con proveedores, mientras él decía que estaba “reconstruyendo su reputación”. Javier usaba esas tarjetas convencido de que todo se debía a su talento.
Un toque bastó para bloquear la tarjeta corporativa. Laura miró la pantalla unos segundos y luego guardó el teléfono en la bolsa. Ya estaba.
Dentro del salón, los invitados volvieron a relajarse, y Teresa Ríos retomó la conversación con total tranquilidad.
