—Tu mujer asegura que ha dejado el trabajo.
Carlos se volvió hacia Sofía, desconcertado.
—¿Es verdad?
—Sí.
—Pero… ¿por qué? ¿Qué motivo tenías?
Sofía Torres levantó la mirada hacia él con una calma que casi resultaba cruel. En sus ojos no había rabia, sino una especie de cansancio antiguo.
—Porque he encontrado un puesto mucho mejor. Me pagan el doble. Eso sí, está en otra ciudad.
—¿En otra ciudad? —chilló Isabel Ortega, llevándose una mano al pecho—. ¿Te has vuelto loca del todo? ¿Y tu familia? ¿Y esta casa?
Sofía giró lentamente la cabeza hacia su suegra.
—¿Qué familia, Isabel? ¿La familia en la que ustedes ya están ahorrando para comprarle a mi marido un piso donde pueda vivir con otra esposa? ¿Esa en la que yo solo sirvo como mula de carga, obligada a trabajar para mantenerlos? Lo escuché todo. Hace dos semanas.
El rostro de Isabel se puso de un rojo violento.
—¿Así que estabas espiando?
—Volví a casa —respondió Sofía sin alterar la voz—. A mi propia casa. Aunque, pensándolo bien… perdón, a la casa de ustedes. Aquí nada me pertenece. Ni siquiera mi marido. También es suyo.
Entonces miró a Carlos Sanz, que se había quedado lívido, abriendo y cerrando la boca como si no encontrara aire.
—Voy a presentar la demanda de divorcio. Los documentos ya los tiene mi abogado. He alquilado un piso y mañana Paula y yo nos mudamos. Podrás ver a tu hija cuando quieras; no pienso impedirlo. La pensión alimenticia será el veinticinco por ciento de tu sueldo. Y sí, hablo de tu sueldo real, no de esa cifra maquillada que le enseñas a tu madre.
—¡No tienes derecho! —aulló Isabel—. ¡No puedes llevarte a la niña! ¡Es mi nieta!
—Es mi hija —la corrigió Sofía, serena—. Y claro que puedo llevármela. Soy su madre. Usted, en cambio, es solo la abuela. La misma abuela que en tres años no la ha sacado ni una vez de paseo, no la ha llevado al colegio infantil, no le ha leído un cuento antes de dormir. Lo único que sabe hacer es contar. Sobre todo, el dinero ajeno.
Se puso de pie y caminó hacia la puerta.
—¡Sofía, espera! —Carlos reaccionó por fin, dando un paso tras ella—. Hablemos. No tomes una decisión así, de golpe.
Ella se detuvo bajo el marco de la puerta y lo miró por encima del hombro.
—Tres años, Carlos. Has tenido tres años enteros para hablar conmigo. Para ponerte de mi parte al menos una vez. Para comportarte como mi marido y no como el niño obediente de mamá. Se acabó el plazo.
—¿Y adónde piensas ir? ¿De qué vas a vivir? —escupió Isabel, con veneno en la voz.
Sofía se volvió. Y sonrió. Una sonrisa limpia, sincera, como hacía muchísimo tiempo que no sonreía.
—De mi sueldo. De ese que ahora es el doble. Unos seiscientos cuarenta euros al mes. Ya les dije que tenía un trabajo nuevo. Lo que olvidé mencionar es que llevo un mes trabajando allí, desde casa. Pero ustedes estaban tan ocupados calculando mis ingresos que ni siquiera se dieron cuenta.
Salió sin añadir nada más y los dejó plantados en mitad del salón. Madre e hijo. La suegra y el hijo sometido a su madre. Junto con aquella famosa economía familiar en la que, de pronto, acababa de abrirse un agujero de unos trescientos euros mensuales.
A la mañana siguiente, Sofía Torres y Paula Iglesias se marcharon. Isabel montó una escena en el recibidor, intentó bloquearles el paso, amenazó con llamar a la policía y acusó a Sofía de destruir a la familia. Pero Sofía no discutió. Se limitó a meter dos maletas en el taxi que había pedido, sentó a Paula a su lado y cerró la puerta del coche.
El vehículo arrancó, y con él quedó atrás la casa donde durante años le habían hecho creer que no valía nada.
El piso nuevo era amplio y estaba lleno de luz. Paula corrió de una habitación a otra, emocionada, tocando las paredes, mirando por las ventanas, abriendo puertas.
—Mamá, ¡qué bonito es todo! ¿Ahora esta es nuestra casa?
—Sí, cariño —dijo Sofía, arrodillándose para abrazarla—. Nuestra.
—¿Y papá dónde va a vivir?
—Papá se quedará con la abuela. Pero podrá venir a verte.
—¿Y la abuela?
Sofía guardó silencio unos segundos y miró el parque que se extendía al otro lado de la ventana.
—La abuela… vivirá su propia vida. Y nosotras vamos a vivir la nuestra.
El teléfono no dejó de sonar durante horas. Primero Carlos. Luego Isabel. Después Carlos otra vez. Mensajes, llamadas, audios largos, reproches, súplicas, amenazas disfrazadas de preocupación. Sofía puso el móvil en silencio y empezó a ordenar cajas, a colgar ropa, a colocar los platos en la cocina.
Estaba construyendo su primera vida verdaderamente libre.
Pasó una semana hasta que Carlos consiguió averiguar la dirección y se presentó allí. Estaba en el portal con un ramo de flores en la mano y una expresión ensayada de arrepentimiento.
—Sofía, vuelve a casa. Podemos arreglarlo. He hablado con mamá. Está dispuesta a dejar que te quedes con la mitad de tu sueldo.
Sofía lo miró sin saber si reírse o llorar.
La mitad de su propio salario. Qué generosidad tan inmensa.
—Carlos, vete a casa —dijo al fin—. Tu madre te estará esperando. Seguro que ya te ha preparado la cena.
—Pero yo…
—No. Simplemente no. Puedes venir a ver a Paula el fin de semana. Te mandaré por correo la lista de lo que necesita. Y la pensión la espero todos los meses, el día quince.
Cerró la puerta antes de que él pudiera decir otra palabra.
Dentro del piso olía a bizcocho recién hecho. Paula y ella habían estado horneando juntas. La primera bandeja de galletas en su nuevo hogar. Un lugar donde cada cosa les pertenecía. De verdad.
Mientras tanto, en la antigua vivienda, Isabel Ortega seguía encorvada sobre su cuaderno de cuentas. Los números no cuadraban por mucho que los repasara. Sin el sueldo de Sofía, aquella venerada caja “familiar” comenzaba a desmoronarse. La pensión y el salario de Carlos apenas alcanzaban para pagar los gastos, la comida y las facturas. El dinero que pensaban apartar para el piso tuvo que desaparecer de la lista.
—No pasa nada —murmuró Isabel, borrando con rabia y escribiendo de nuevo las cifras—. Volverá. Ya se dará cuenta de que sola no puede mantenerse. Volverá arrastrándose. Todas vuelven.
Pero Sofía no regresó.
No volvió al cabo de un mes. Ni después de dos. Ni siquiera medio año más tarde.
Siguió viviendo, trabajando y criando a su hija. Y, sobre todo, fue libre. Libre de una suegra tóxica, de un marido débil, de las humillaciones diarias y de aquella vigilancia constante que la había asfixiado durante tanto tiempo.
Cada mañana, al despertar en su propio piso y ver cómo la luz del sol entraba por la ventana, Sofía sonreía.
Porque aquella claridad era suya.
Y, por fin, iluminaba su propia vida.
