—¿Cómo que tu departamento no entra en la repartición? Yo ya contaba con mi parte desde que nos casamos… —protestó mi esposo, hablando del departamento que yo había heredado antes de conocerlo.
Para Gabriela Luna, la notificación del juzgado sobre el divorcio no fue ninguna sorpresa. El último año junto a Fernando Navarro había sido como una vela apagándose despacio: sin ruido, pero con dolor. Sus horas extras interminables, su frialdad, esa mirada perdida que ya no se detenía en ella… todo lo decía. Y un mes antes, él simplemente llegó a casa, metió sus cosas en una maleta y anunció que “había encontrado a alguien más” y que “así era lo más correcto”. Correcto. Qué palabra tan cómoda para disfrazar una traición.
Gabriela no intentó detenerlo. Le dolía, sí, con ese dolor sordo de una herida vieja, pero junto al sufrimiento apareció también un alivio inesperado. Ya no tendría que fingir que todo iba bien, ni arrancarle conversaciones, ni preguntarse en silencio qué había hecho mal. Se había terminado.
Vivía en su propio departamento: amplio, luminoso, de dos recámaras, heredado de sus padres mucho antes de que Fernando apareciera en su vida. Aquella vivienda era su refugio, su fortaleza, y tras la salida de él comenzó a sentirse otra vez únicamente suya. Gabriela empezó a hacer lo que llevaba años postergando: cambió el papel tapiz de la recámara, compró el sillón que tanto había querido y, poco a poco, fue reconstruyendo su vida.
Una semana después de recibir el citatorio, Fernando la llamó. Su tono sonaba seco, casi administrativo.

—Hola, Gaby. Tenemos que vernos para arreglar lo de los bienes. Sin abogados, para no tirar dinero a lo tonto.
Ella aceptó. Todavía quería creer que podían separarse como personas civilizadas.
Se citaron en una cafetería. Fernando llegó con una carpeta bajo el brazo, como si fuera a cerrar un negocio.
—Bueno —empezó, abriéndola—. Sobre lo que tenemos en común. El coche me lo quedo yo, porque yo lo uso. El garaje puede ser tuyo; se valora y descontamos mi parte. La casa de descanso…
Hablaba de diez años de matrimonio como si estuviera leyendo el balance de liquidación de una empresa quebrada. A Gabriela se le apretó el pecho, pero no perdió la compostura.
—Y, claro, el departamento —añadió él, llegando al punto que de verdad le importaba.
—¿Qué pasa con el departamento? —preguntó Gabriela.
—Pues se divide, como marca la ley.
—Fernando, ese departamento era mío desde antes de casarnos. No forma parte de los bienes conyugales y no se reparte. Eso también lo dice la ley.
Él levantó la vista. No había vergüenza ni incomodidad en sus ojos. Solo una terquedad fría, mezclada con enojo.
—¿Cómo que no se reparte? —se indignó de verdad—. ¡Yo contaba con una parte después de la boda!
Gabriela lo miró, atónita. “Contaba”. O sea que desde el principio había hecho sus cuentas.
—¿Y con qué parte contabas, Fernando? —preguntó, esforzándose por sonar tranquila.
—¡Pues con la mitad, obviamente! —se alteró—. ¡Viví ahí diez años! ¡Yo pagaba servicios! ¡Yo cambiaba los focos, arreglaba la llave cuando goteaba! ¡Le metí mi tiempo, mi vida! ¿Eso para ti no vale nada?
—Para mí eso se llama vivir en matrimonio —respondió ella de inmediato—. Yo también cociné, lavé y limpié. ¿Quieres que te haga una factura por servicios domésticos?
—¡No le des vueltas! —golpeó la mesa con la mano—. ¡No es lo mismo! Yo soy el hombre, yo invertí en el patrimonio principal. Pensé que, al divorciarnos, íbamos a actuar como gente decente: vender el departamento y repartir lo obtenido.
