Pronunció aquellas palabras con el aire de quien acaba de concederle a su nuera un favor inmenso.
—¿Cuánto? —preguntó Sofía Torres.
—Bueno… unos ocho euros al mes deberían bastarte. No necesitas más. Total, tampoco tienes que arreglarte demasiado: del trabajo a casa y de casa al trabajo.
Sofía hizo el cálculo en un segundo. Ocho euros de los ciento cincuenta que ganaba. Apenas un cinco por ciento de su propio sueldo.
—Qué generosa —comentó, sin que se le moviera un músculo de la cara.
Isabel Ortega asintió, satisfecha, incapaz de captar la ironía.
—¿Verdad que sí? A Carlos Sanz también le doy algo para sus gastos. A él, claro, le hace falta un poco más. Es hombre, tiene reuniones, compromisos, gastos de representación.
—Mamá, no empieces… —murmuró Carlos, incómodo.
—Anda, hijo, no digas tonterías. Yo lo entiendo todo. Tú eres quien sostiene esta familia.
Sofía miró a su marido. “Quien sostiene esta familia”: un hombre que entregaba su nómina entera a su madre y que, con treinta y cinco años, seguía recibiendo dinero de bolsillo de ella. Bajó la vista y continuó comiendo en silencio.
Aproximadamente un mes después ocurrió algo que nadie esperaba. En la empresa le ofrecieron un ascenso. Un puesto nuevo, más responsabilidades y un salario casi el doble de alto. Su jefa, una mujer sensata de unos cincuenta años, la llamó aparte al terminar una reunión.
—Sofía Torres, eres una profesional excelente. Pero quiero que lo tengas claro desde el principio: esto no significa solo cobrar más. También implica más carga, viajes de trabajo, horarios menos rígidos. ¿Podrás con ello?
—Podré —respondió ella con firmeza.
—¿Y tu familia? ¿Tu marido no pondrá pegas?
Sofía sonrió de una manera extraña.
—Mi familia se alegrará mucho.
Aquella noche, durante la cena, anunció la noticia en casa. Isabel Ortega casi se iluminó.
—¡Vaya, eso sí que es una novedad! Muy bien, Sofía Torres, muy bien. Entonces nuestra caja familiar va a engordar bastante.
—Sí —asintió Sofía—. Bastante.
—¿Y cuánto vas a ganar ahora?
—Unos trescientos euros.
A su suegra casi se le atragantó el té.
—¿Cuánto has dicho?
—Trescientos. Claro, contando primas y dietas por desplazamientos.
En los ojos de Isabel apareció un brillo codicioso. Ya estaba haciendo cuentas mentalmente, repartiendo aquel dinero antes incluso de tenerlo en la mano: una reforma en el salón, muebles nuevos, quizá incluso unos días de descanso en algún balneario del país.
—¡Es magnífico! ¡Sencillamente magnífico! Carlos Sanz, ¿lo oyes? ¡Tu mujer se ha puesto las pilas de verdad!
Carlos asintió. Miró a Sofía con una mezcla de sorpresa sincera y un leve temor. No había previsto un salto profesional así. En su cabeza, su esposa trabajaba discretamente en algún puesto modesto; los ascensos importantes, pensaba él, eran cosa de hombres.
—Enhorabuena —consiguió decir al fin.
—Gracias —contestó Sofía—. Por cierto, también tendré viajes de trabajo. El primero será dentro de dos semanas. Me voy cinco días a Pécs.
—¿Viajes? —Isabel entornó los ojos—. ¿Y la casa? ¿Y la niña?
—A Paula Iglesias se la puede apuntar al comedor y a actividades de tarde. O podéis arreglaros entre Carlos y tú. Al fin y al cabo somos una familia, ¿no? Aquí todo es de todos y nos ayudamos unos a otros.
Isabel Ortega apretó los labios, aunque no dijo nada. Los trescientos euros mensuales bastaban para tragarse ciertas incomodidades.
El primer sueldo aumentado llegó al mes siguiente. Sofía, como había hecho siempre, se lo entregó íntegro a su suegra. Isabel contó los billetes con minuciosidad, y la alegría le resplandecía en la cara.
—Sofía Torres, ¿dónde está lo demás?
—¿Qué “demás”?
—¿No dijiste que eran trescientos? Aquí solo hay doscientos.
—Ah, eso. Los otros cien corresponden al presupuesto de viajes. Van a una tarjeta aparte y son fondos asignados. Hay que justificar hasta el último céntimo.
La frente de Isabel se llenó de arrugas.
—Pero no vas a gastarlo todo cuando estés fuera. Algo se podría ahorrar.
—Se podría —admitió Sofía—. El problema es que revisan los informes con muchísimo rigor. Cada recibo, cada ticket.
En realidad, aquello solo era cierto a medias. El dinero de los desplazamientos sí le llegaba por una vía separada, pero el control no era ni de lejos tan despiadado como ella lo pintaba. Claro que Isabel Ortega no tenía por qué enterarse de ese detalle.
Después, los viajes empezaron a repetirse con más frecuencia. Pécs, Debrecen, Miskolc, Szombathely… Sofía desaparecía de casa tres, cuatro o cinco días, dejando a la niña al cuidado de su marido y de su suegra. Isabel protestaba entre dientes, pero terminaba aguantándose: el dinero compensaba las molestias.
Con el tiempo, Carlos Sanz empezó a notar que su esposa ya no era la misma. Se había vuelto más segura, más serena. Las pullas de su madre ya no la hacían saltar, no discutía, no se ofendía. Cumplía con lo que debía cumplir y, al mismo tiempo, vivía su propia vida. O, para ser exactos, aquella parte de su vida que transcurría fuera de las paredes del piso.
—Sofía Torres, ¿no crees que ya basta de tantos desplazamientos? —le soltó una noche, mientras ella preparaba la maleta—. Paula Iglesias te echa de menos. Y yo también.
Sofía lo miró con calma.
—¿Y tu madre? ¿Ella también me echa de menos?
—¿Qué tiene que ver mamá ahora?
—Tiene que ver que en esta casa su palabra pesa más que la de nadie. Pregúntale si quiere que renuncie a los viajes y a las primas. Si te dice que sí, mañana mismo presento la renuncia.
Carlos se quedó callado. Sabía perfectamente que su madre no renunciaría a una entrada de dinero así por nada del mundo.
Mientras tanto, Sofía Torres ya vivía dos vidas paralelas.
En casa seguía siendo la nuera obediente, discreta, de voz baja, la mujer que entregaba hasta el último céntimo a la caja común.
