Pero cuando la enviaban fuera por trabajo, lejos de aquella casa, era como si se abriera otra vida para ella. Allí se sentía libre, dueña de sí misma, competente; una mujer segura, capaz de tomar decisiones y de sostenerse sin pedir permiso a nadie.
Tenía una cuenta bancaria aparte, de la que nadie sabía nada. A esa cuenta no solo iban a parar las dietas que conseguía ahorrar en cada desplazamiento, sino también todas las primas que recibía por los proyectos terminados con éxito. Además, poco a poco empezó a aceptar encargos como autónoma en sus ratos libres: tenía experiencia de sobra y una red de contactos que le abría puertas.
En un año, aquella cuenta secreta acumuló una cantidad respetable. Laura Vázquez miraba las cifras en la pantalla del móvil y pensaba en el porvenir. En el suyo. En el de su hija. Un futuro sin Susana Herrera. Y, muy probablemente, también sin Miguel León.
El instante en que todo terminó de inclinarse llegó sin aviso. Laura volvió de otro viaje de trabajo un día antes de lo previsto. Quería darle una sorpresa a su niña; la había echado muchísimo de menos. Abrió la puerta con su propia llave, procurando no hacer ruido, y desde el pasillo alcanzó a oír voces que venían del salón.
—Mamá, ¿no podríamos devolverle a Laura al menos una parte de su dinero? —era la voz de Miguel—. De verdad trabaja una barbaridad.
—¿Te has vuelto loco? —saltó Susana Herrera—. ¿Para qué quiere ella dinero? Si no gasta en nada. Yo le doy de comer, yo la visto. Tú y yo lo necesitamos mucho más. Sabes perfectamente que estoy ahorrando para comprarte un piso.
—Pero si ya tenemos este piso…
—Este seguirá siendo mío. Tú necesitas uno propio. Cuando Laura te canse y encuentres una esposa como Dios manda, ¿dónde vais a vivir?
Laura se quedó inmóvil en la entrada, helada. El corazón le golpeaba tan fuerte que por un momento creyó que ellos iban a oírlo. Pero en el salón siguieron hablando, ajenos a su presencia.
—Mamá, ¿qué estás diciendo? Laura es mi mujer. Tenemos una hija…
—¿Y qué? Eso no importa. Te divorcias tranquilamente y luego buscas a otra. Más joven, más guapa. Una que sepa respetarme de verdad, no como esta, que solo finge. ¿Crees que no noto cómo me mira? Pero da igual. Que siga trabajando, que siga trayendo dinero a casa. Lo demás ya lo arreglaremos nosotros.
—Mamá…
—Basta, Miguel. Yo sé mejor que tú lo que te conviene. Siempre lo he sabido. Con ese dinero vamos a comprarte un piso. Que esa burra se mate a trabajar; nosotros ya nos apañaremos estupendamente.
Sin hacer ruido, Laura cerró la puerta con extremo cuidado y bajó las escaleras. Se sentó en un banco frente al edificio y sacó el teléfono. No le temblaban los dedos. Dentro de ella se había instalado un vacío extraño, frío, casi limpio. Abrió la aplicación del banco y volvió a mirar el saldo. Bastaba. Para empezar, bastaba de sobra.
Buscó el número de su amiga, que trabajaba en el sector inmobiliario.
—¿Elena Marín? Soy Laura Vázquez. ¿Te acuerdas del piso de dos habitaciones en el edificio nuevo del que me hablaste? ¿Sigue disponible para alquilar? Perfecto. ¿Podría verlo mañana? Sí, iré sola. Gracias.
Después regresó al piso. Esta vez abrió la puerta haciendo ruido a propósito y llamó desde el recibidor:
—¡Ya estoy en casa! ¡Me dejaron volver antes!
Susana Herrera apareció en el pasillo con el rostro imperturbable.
—Ah, Laura. ¿Y tú qué haces aquí tan pronto?
—Han aplazado la reunión. ¿Dónde está Claudia?
—Todavía en la guardería. Miguel irá a recogerla.
—Bien. Entonces aprovecho para deshacer la maleta.
Durante la cena, todo transcurrió como siempre. Susana explicó largamente cómo pensaba distribuir el dinero de la familia; Miguel permaneció callado; Claudia contó con entusiasmo lo que había hecho en la guardería. Laura sonreía, asentía en los momentos oportunos y, al mismo tiempo, por dentro ya estaba muy lejos de allí.
Al día siguiente pidió permiso en el trabajo y fue a ver el piso. Era luminoso, amplio, con dos dormitorios y una ventana que daba al parque. Detrás del edificio había un parque infantil; la zona era tranquila, cuidada, y el colegio tampoco quedaba lejos.
—¿Te lo quedas? —preguntó Elena Marín.
—Sí. ¿Desde cuándo podría mudarme?
—Si quieres, desde mañana mismo. Hay que pagar dos meses por adelantado.
—De acuerdo.
Las dos semanas siguientes las dedicó a prepararlo todo. Laura fue comprando poco a poco lo imprescindible para la nueva vivienda y lo fue llevando allí en pequeñas tandas. Por suerte, sus frecuentes viajes de trabajo servían de excusa perfecta para justificar sus ausencias, y nadie sospechó nada. Abrió una cuenta bancaria a nombre de su hija y transfirió allí una parte del dinero. También consultó con un abogado: divorcio, pensión alimenticia, derechos, opciones, todo lo que necesitaba saber.
Y entonces llegó el día que iba a cambiarlo todo. Era fin de mes, viernes por la tarde. Laura cobró su salario y lo llevó a casa como de costumbre. Susana Herrera la esperaba en el salón, lista para recibir lo que consideraba su “entrega”.
—¡Ah, Laurita! Ven, tráelo aquí.
Laura le tendió el sobre. Su suegra contó los billetes con la seguridad de quien había repetido ese gesto demasiadas veces.
—¿Y la prima? Miguel me dijo que este trimestre también os correspondía un extra.
—No he recibido ninguna prima —respondió Laura con calma.
—¿Cómo que no? No me tomes por tonta.
—No ha habido prima —repitió ella—. Porque hace dos semanas presenté mi renuncia.
El silencio que cayó entonces casi podía tocarse. El aire se tensó como antes de una tormenta. Susana Herrera miró a su nuera con los ojos desorbitados, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué has dicho? ¿Que has renunciado? ¡Miguel! —chilló de pronto—. ¡Ven aquí ahora mismo!
Miguel irrumpió en el salón, alarmado, mirando alternativamente a su madre y a su esposa.
—¿Qué ha pasado?
