Lo dijo con un tono tan solemne que parecía estar concediéndole a su nuera un privilegio extraordinario.
—¿De cuánto estaríamos hablando? —preguntó Laura Vázquez.
—Bueno… unos ocho euros al mes deberían bastarte. Tampoco necesitas más. Total, no tienes que arreglarte demasiado: trabajo, casa y ya está.
Laura hizo el cálculo en un instante. Ocho euros de los ciento cincuenta que ella ganaba. Aproximadamente un cinco por ciento de su propio sueldo.
—Qué generoso —comentó, sin que se le moviera un músculo de la cara.
Su suegra asintió, satisfecha, incapaz de captar la ironía.
—Claro que sí. A Miguel León también le doy algo para sus gastos. A él, por supuesto, le hace falta un poco más. Es hombre, tiene reuniones, compromisos, gastos de representación…
—Mamá, no empieces… —masculló Miguel, incómodo.
—Ay, hijo, no digas tonterías. Yo lo comprendo todo. Tú eres el sostén de esta familia.
Laura miró a su marido. “El sostén de la familia”: un hombre que entregaba hasta el último euro de su salario a su madre y que, con treinta y cinco años, recibía de ella dinero de bolsillo. Bajó la vista y siguió comiendo en silencio.
Un mes más tarde ocurrió algo que nadie esperaba. En el trabajo le ofrecieron un ascenso. Un puesto nuevo, más responsabilidades y un sueldo que casi duplicaba el anterior. Su jefa, una mujer sensata de unos cincuenta años, la llamó aparte después de una reunión.
—Laura Vázquez, eres una profesional excelente. Pero quiero advertírtelo desde el principio: esto no será solo cobrar más. También implicará más presión. Viajes de trabajo. Horarios flexibles. ¿Crees que podrás con ello?
—Podré —respondió ella con firmeza.
—¿Y tu familia? ¿Tu marido no se opondrá?
Laura sonrió de una forma extraña.
—Mi familia se alegrará muchísimo.
Esa misma noche, durante la cena, dio la noticia. Susana Herrera casi resplandeció de entusiasmo.
—¡Vaya, eso sí que es una novedad! ¡Muy bien, Laura Vázquez! Entonces la caja familiar va a engordar de lo lindo.
—Sí —asintió Laura—. Bastante.
—¿Y cuánto vas a ganar ahora?
—Unos trescientos euros.
La suegra estuvo a punto de atragantarse con el té.
—¿Cuánto has dicho?
—Trescientos. Contando primas y dietas por desplazamientos, claro.
En los ojos de Susana apareció un brillo codicioso. Ya estaba calculando, mentalmente, todo lo que podría hacerse con aquella cantidad: renovar el salón, comprar muebles nuevos, quizá incluso permitirse unos días de descanso en algún balneario del país.
—¡Es maravilloso! ¡Sencillamente magnífico! Miguel León, ¿lo has oído? ¡Tu mujer se ha puesto las pilas de verdad!
Miguel asintió y miró a Laura con una mezcla de sorpresa sincera y una sombra de inquietud. No había previsto un salto profesional semejante. En su cabeza, una esposa trabajaba discretamente en algún cargo modesto; los ascensos importantes, según él, pertenecían al mundo de los hombres.
—Enhorabuena —logró decir, como si las palabras le pesaran.
—Gracias —contestó Laura—. Por cierto, también tendré viajes de trabajo. El primero es dentro de dos semanas. Me mandan a Pécs cinco días.
—¿Viajes? —Susana entornó los ojos—. ¿Y la casa? ¿Y la niña?
—A Claudia Duque se la puede apuntar al comedor y a actividades de tarde. O podéis apañaros vosotros dos, Miguel y tú. Al fin y al cabo, somos una familia, ¿no? Aquí todo es de todos y nos ayudamos mutuamente.
Susana apretó los labios, pero no protestó. Los trescientos euros mensuales pesaban más que cualquier incomodidad.
El primer sueldo aumentado llegó al cabo de un mes. Laura, como había hecho siempre, se lo entregó completo a su suegra. Susana contó los billetes con cuidado, y su cara se iluminó de puro placer. Pero, de pronto, frunció el ceño.
—Laura Vázquez, ¿dónde está el resto?
—¿Qué resto?
—¿No dijiste que eran trescientos? Aquí solo hay doscientos.
—Ah, eso. Los cien que faltan corresponden a las dietas de viaje. Van a una tarjeta aparte y son fondos asignados para gastos concretos. Hay que justificar cada céntimo.
La frente de Susana se llenó de arrugas.
—Pero si estando fuera no vas a gastarlo todo. Algo se podría ahorrar.
—Se podría —admitió Laura—. El problema es que revisan los informes con muchísimo rigor. Cada recibo, cada ticket, todo.
En realidad, aquello era solo cierto a medias. Sí, el dinero de los desplazamientos llegaba por separado, pero el control no era ni de lejos tan implacable como ella lo describía. Sin embargo, Susana Herrera no tenía por qué enterarse.
Después, los viajes empezaron a multiplicarse. Pécs, Debrecen, Miskolc, Szombathely… Laura desaparecía de casa durante tres, cuatro o cinco días, dejando a la niña con su marido y con su suegra. Susana refunfuñaba, claro, pero tragaba saliva y callaba: el dinero compensaba las molestias.
Miguel León comenzó a notar, poco a poco, que su esposa estaba cambiando. La veía más segura, más serena. Ya no mordía el anzuelo de los comentarios venenosos de su madre, no discutía, no se ofendía. Hacía lo que debía hacer y seguía adelante con su vida. O, mejor dicho, con aquella parte de su vida que transcurría fuera de las paredes del piso.
—Laura Vázquez, ¿no crees que ya son demasiados viajes? —le dijo una noche, mientras ella preparaba la maleta—. Claudia Duque te echa de menos. Y yo también.
Laura lo miró con calma.
—¿Y tu madre? ¿Ella también me echa de menos?
—¿Qué tiene que ver ahora mi madre?
—Tiene que ver todo. En esta casa, la última palabra siempre la tiene ella. Pregúntale si quiere que renuncie a los viajes y a las primas. Si te dice que sí, mañana mismo presento mi renuncia.
Miguel se quedó callado. Sabía perfectamente que su madre no renunciaría a una entrada de dinero así por nada del mundo.
Mientras tanto, Laura Vázquez ya vivía dos existencias paralelas.
En casa seguía siendo la nuera obediente, discreta, de voz baja, la mujer que entregaba cada céntimo al fondo común.
