comentó Valeria, mientras pasaba junto a ella sin detenerse—. También tiene un departamento, ¿no? Hipotecado, por cierto. ¿Cómo van con las mensualidades?
Y con las mensualidades iban fatal.
Diego Mata seguía sin conseguir un trabajo estable; Carolina Mata, su hermana, se lavó las manos con un: “yo tengo hijos y, además, este desastre es de ustedes”. El banco ya llevaba tres meses cargando intereses moratorios y había empezado a mandar avisos cada vez más duros: si no se ponían al corriente, cancelarían el contrato y sacarían el departamento a remate.
El divorcio de Valeria y Diego salió rápido. No tenían hijos y, fuera de las deudas de Diego, no había gran cosa que repartir.
Un año después, Valeria caminaba por un centro comercial, mirando regalos de Año Nuevo. Se veía espléndida: corte de cabello nuevo, la mirada firme, una sonrisa tranquila que no le pedía permiso a nadie. Se detuvo frente a un aparador donde vendían cafeteras y se quedó pensando si no sería buena idea darse un gusto.
—¿Valeria?
Ella volteó.
Delante de ella estaba Diego. Se veía acabado, más viejo, con el mismo abrigo de hacía un año, solo que ahora gastado, flojo, como si también la tela hubiera envejecido con él.
—Hola, Diego.
—Hola… Te ves muy bien.
—Gracias. Me siento igual. ¿Y tú? ¿Cómo está tu mamá?
Diego hizo una mueca, como si le hubieran tocado una muela picada.
—El banco se quedó con el departamento. Lo remataron y lo vendieron por una baba. Lo que salió apenas alcanzó para cubrir el saldo principal, pero los intereses, las multas y los recargos todavía le siguen cayendo a mi mamá. Ahora le descuentan media pensión los ejecutores. Y lo que el juez te reconoció… eso también lo está pagando ella, de a poquitos, como a $180 pesos al mes.
—Qué pena —respondió Valeria, correcta, aunque su voz no tenía calor.
—Vivimos otra vez en el departamento de mi mamá, el de dos recámaras. Yo, ella, y Carolina con sus hijos. Se nos metió porque también se divorció. No te imaginas el hacinamiento. Es un infierno. Mi mamá se la pasa quejándose desde que amanece hasta que se duerme. Y habla de ti. Dice: “Ay, qué buena era Valerita, qué bien vivíamos cuando ella estaba”.
Valeria soltó una risa corta.
—¿Ah, sí? ¿Y qué pasó con lo de “mugrosa” y “te voy a maldecir”?
—Bueno… ya se le pasó —Diego dio un paso hacia ella, intentando encontrarle los ojos—. Valeria… ¿tomamos un café? Yo cambié. De verdad. Estoy trabajando, manejo taxi. El carro es rentado, sí, pero le echo ganas. Te extraño muchísimo. Ya entendí que fui un idiota. ¿Y si empezamos de nuevo? Rentamos un depa, vivimos los dos solos, sin mamás, sin nadie metiéndose…
Valeria lo observó con calma.
Y no sintió nada.
Ni rabia, ni dolor, ni ganas de reclamarle. Tampoco compasión. Frente a ella solo había un hombre ajeno, incómodo, con olor a tabaco barato y a problemas mal resueltos.
—No, Diego. No se puede empezar otra vez. Porque yo ya llegué al final. Al final de esa historia miserable.
—Pero sí hubo amor entre nosotros.
—En mí hubo amor —contestó ella—. En ti había una mujer útil, alguien que resolvía lo que tú no querías enfrentar. ¿Sabes? Hace poco saqué mi propia hipoteca. A mi nombre. Estoy arreglando mi departamento como yo quiero. Y nadie va a decirme que no es mi casa. Nadie va a instalar ahí a su hermana con una bola de niños. No depender de nadie es una felicidad enorme, Diego.
—Te volviste dura —murmuró él.
—No. Crecí. Que te vaya bien. Y salúdame a tu mamá. Dile que gracias. Si no hubiera sido tan ambiciosa aquel día, quizá yo seguiría pagando su sueño mientras destruía mi propia vida. Al final, ella fue quien me liberó.
Valeria se dio media vuelta y se alejó. Sus tacones sonaron limpios sobre el piso brillante del centro comercial.
No compró la cafetera. Decidió que ese dinero mejor lo guardaría para unas vacaciones. Ese año pensaba irse al mar. Por primera vez en cinco años. Sola. Libre. Feliz.
Diego se quedó mirándola durante un buen rato, apretando en el bolsillo una cajetilla de cigarros corrientes. Pensó, con una claridad amarga, en lo estúpido que habían sido él y su madre al perder a la gallina de los huevos de oro por querer hacer caldo con ella.
En casa lo esperaban una pelea por los trastes sucios, sobrinos llorando y una Guadalupe Mejía eternamente inconforme, que ahora cada noche se lamentaba frente a una foto de su exnuera, encontrada por casualidad en un álbum viejo.
Pero ya no había manera de regresar nada.
La vida les había pasado la factura. Y esa, tarde o temprano, había que pagarla completa.
