Era como si, en el fondo, lo hubiera sabido desde hacía mucho, pero se hubiera empeñado en hacerse la desentendida. Todas esas frases de Eduardo: “Mi mamá solo está preocupada”, “tú te lo tomas muy personal”, “siempre haces un drama de todo”. Y al final, la señora ya andaba acomodando muebles en su departamento.
—Porque te estuvieron tanteando —dijo Regina—. Querían ver hasta dónde aguantabas. Y durante un buen rato les funcionó. Tú cedías.
—Sí. Me daba miedo verme dura. Mala. Como si yo estuviera exagerando. Pero hoy vi esa cinta métrica embarrada de salsa grasosa y pensé: ya estuvo, váyanse todos al diablo.
—Un instante sublime de iluminación.
—Casi místico.
Regina se puso seria.
—Nada más no te eches para atrás. Ahorita van a empezar con el “hay que hablar”, “mi mamá se pasó tantito”, “entendiste todo mal”, “solo queríamos ayudarte”. Te van a querer mover el piso.
—Ya empezaron.
—No caigas. Y cambia la chapa ya. Hoy mismo.
—El cerrajero llega en una hora. Ya lo conseguí.
—Esa es mi alumna.
Cuando colgó, Lucía puso agua para té, pero a medio camino cambió de idea y preparó café. Cargado, amargo, sin una pizca de azúcar. Se sentó en el alféizar, dio el primer trago y entonces el timbre volvió a sonar.
Esta vez ni siquiera se sobresaltó. Caminó hasta la puerta y, sin abrir, preguntó:
—¿Quién?
—Lu, soy yo —respondió la voz de Eduardo—. Ábreme. Vamos a hablar bien.
—Hablar bien se puede por teléfono. Aquí lo que pasó ya no tiene nada de normal.
—Vengo solo. Mi mamá no está conmigo.
—Felicidades.
—No empieces con sarcasmos.
—No estoy siendo sarcástica.
—Necesito mis cosas. No me llevé todo.
—Mañana.
—Ahí tengo documentos.
—¿Cuáles?
—Mi licencia. El pasaporte. Una tarjeta.
Lucía se quedó pensándolo un segundo. Abrió el mueblecito de la entrada, sacó la carpeta negra de él y dijo:
—Está bien. Aléjate de la puerta.
Abrió apenas, con la cadena puesta, sacó la carpeta por la rendija y cerró de inmediato.
—¿Ya?
—Lucía, ¿qué es esto?
—Módulo de entrega de objetos olvidados. Atiende hasta las veintidós horas.
—Ni siquiera me dejas hablar.
—Y tú ni una sola vez pudiste defenderme. Estamos a mano.
—¡Pero si nadie te hizo nada!
—Estaban repartiendo mi casa. Con eso basta.
—Mi mamá se calentó, eso fue todo.
—Tu mamá no se calentó hoy. La diferencia es que antes por lo menos se quitaba los zapatos al entrar.
Del otro lado hubo silencio. Luego Eduardo habló con otro tono, cansado y rabioso:
—¿De verdad crees que vas a estar mejor sin mí?
—Ya lo estoy.
—Tú qué vas a saber de familia.
—Hoy quedó claro que más que tú, por lo visto.
Él golpeó la puerta con la palma de la mano.
—Estás loca.
—Con cuidado —contestó Lucía, tranquila—. Como tanto te gusta repetir, esto no es tuyo.
Eduardo soltó una maldición entre dientes y se fue.
Cuarenta minutos después llegó el cerrajero. Mientras cambiaba la cerradura, Lucía no se aguantó y terminó contándole media historia. El hombre, mientras sacaba el cilindro viejo, negó con la cabeza.
—Mire —dijo—, en los últimos seis meses usted ya es la sexta que me cuenta algo así.
—¿Cómo que la sexta?
—Tal cual. Un día el marido trae a la mamá, otro día la esposa mete al hermano, luego aparece toda la familia convencida de que una propiedad ajena es “patrimonio de todos”. Ya hasta estoy pensando mandar hacer tarjetas: “Cambio de cerraduras después de revelaciones familiares”.
Lucía se rio tan de golpe que hasta se le humedecieron los ojos.
—Perdón.
—No se disculpe. En estos casos la risa ayuda. Si no, lo único que queda es mentar madres.
—Eso también ayuda.
—También —aceptó él con absoluta seriedad.
Cuando por fin la puerta quedó cerrada con la chapa nueva, Lucía fue a la sala, se dejó caer en el sillón y miró alrededor. Sobre la cómoda seguía el portarretratos con la foto de su boda. Eduardo aparecía sonriendo de oreja a oreja, seguro de sí mismo, casi guapo. Ella tomó el marco entre las manos.
—Qué cosa —murmuró—. En las fotos todos se ven tan decentes.
El celular sonó. Esta vez era un mensaje largo de Francisca Aguilar:
“Estás destruyendo una familia por tu ambición. Eduardo hizo todo por ti y tú enseñaste quién eres de verdad. No creas que la gente no va a saber la verdad”.
Lucía lo leyó, resopló y contestó:
“Puede empezar a contar la verdad desde la cinta métrica, Carmen Mejía y la frase sobre la donación del departamento. Es un arranque bastante convincente”.
De inmediato aparecieron los puntitos: Francisca estaba escribiendo. Lucía no se quedó a esperar. Silenció el contacto y dejó el teléfono sobre la mesa.
Después abrió el clóset, sacó una caja grande y comenzó a echar dentro lo que todavía quedaba de Eduardo. Un rastrillo, unos shorts, un suéter viejo, gel de baño, dos cinturones, el cargador que siempre andaba buscando, unos audífonos sin gomitas, tres carteras vacías por alguna razón y un manojo de cables imposibles de identificar, como una pequeña exposición del caos masculino.
—Mira nada más —iba murmurando mientras guardaba todo—. Puras riquezas. Claro, por esto valía la pena exigir una donación. Sobre todo por la bolsa de cables. Sin eso, qué sería de una familia.
Entonces se dio cuenta de algo: no estaba llorando. Ni una lágrima. Solo sentía coraje, alivio y una sensación de libertad casi indecente.
Regina volvió a escribirle: “¿Y?”
Lucía respondió: “Chapa cambiada. El marido quejándose en la puerta ya quedó en tiempo pasado”.
Regina: “Orgullosa de ti. Pero mañana no te ablandes”.
Lucía miró la caja llena de cosas de Eduardo y escribió despacio:
“Ya es tarde para ablandarme. Hoy vi demasiado claro con quién estaba viviendo”.
Se levantó, cargó la caja hasta la entrada y la dejó junto a la puerta. Luego regresó a la cocina, limpió la mesa, quitó el mantel y lo aventó a la lavadora. Abrió la ventana. El aire de la noche entró al departamento y, con él, pareció llevarse de una vez por todas ese olor pegajoso a familia metiche.
En el alféizar estaba olvidado el llavero del coche de Eduardo. Lucía lo hizo girar entre los dedos, sonrió de lado y lo puso encima de la caja.
—Mañana lo recoges, dueño del universo.
Después se preparó otro café, se sentó junto a la ventana y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que su casa estaba realmente en silencio. No porque no hubiera nadie. Sino porque ya nadie iba a decidir por ella dónde vivir, a quién aguantar ni cuánto espacio podían ocupar en su vida las maletas ajenas.
Y esa sensación valía más que cualquier metro cuadrado, que todos los discursos sobre la familia y que los maridos que durante demasiado tiempo confundieron el amor con la comodidad.
