empezó a aventar sus cosas dentro, sin doblar nada.
—Al diablo con todo. Quédate sola en tu fortaleza.
Lucía soltó una risa breve, seca.
—Busca otra palabra. Porque así suena como si yo hubiera tenido que aguantar un sitio militar. Aunque, pensándolo bien, no está tan lejos.
Francisca Aguilar caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró en el umbral.
—Ya veremos cómo cantas cuando te quedes sin marido.
—Casi estoy cantando desde ahorita —contestó Lucía con una calma que la sorprendió incluso a ella—. Y, fíjese, no desafino tanto.
—¡Maldita!
—Pero con mis papeles en regla.
Eduardo jaló la puerta, salió al descanso de la escalera y lanzó por encima del hombro:
—La llave te la devuelvo después.
—Ni te molestes. Hoy mismo cambio la chapa.
—Estás loca.
—Y tú acabas de descubrir que los actos tienen consecuencias.
La puerta se cerró de un golpe tan fuerte que el espejo del recibidor vibró. Lucía permaneció quieta unos segundos, escuchando cómo desde las escaleras todavía subían las quejas indignadas de su suegra y el “mamá, ya, por favor” de Eduardo, dicho con más fastidio que autoridad.
Después pasó el cerrojo interior despacio, puso la cadena y solo entonces se permitió soltar el aire.
El silencio de la casa primero le pareció extraño. Luego le pareció maravilloso.
Fue a la cocina, miró la mesa y resopló con ironía.
—Claro. Reunión familiar. Se acabaron media gallina, se tomaron el agua de fruta y la mala soy yo.
El celular le vibró enseguida en la bolsa. “EDUARDO”.
Lucía vio la pantalla y contestó.
—Sí.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?
—Perfectamente. Saqué de mi casa a tres personas que sobraban.
—¡Estoy hablando en serio!
—Yo también.
—¡Por lo menos pudiste no hacerlo frente a mi mamá!
—Y ustedes pudieron no repartirse mi departamento frente a la tía Carmen. Mira qué mala suerte tuvimos todos hoy.
—Me humillaste.
—No, Eduardo. Tú solito te pusiste en ridículo. Yo nada más dejé de taparlo con el mantel.
—Otra vez con tus frases.
—Y tú otra vez sin ninguna propia.
Del otro lado quedó un silencio pesado.
—Mira, mejor cálmate y mañana hablamos.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que mañana no hablamos. Mañana vienes por lo que te falta. Yo te digo la hora por mensaje. Puedes venir acompañado, si quieres hasta con mariachi, pero sin improvisaciones.
—¿De verdad me estás corriendo?
—Ya te corrí. Lo que pasa es que todavía no te cae el veinte.
—Lucía, estamos casados, por si se te olvidó.
—Un matrimonio es cuando dos personas jalan para el mismo lado. Cuando una carga todo, el otro balbucea y una tercera da órdenes, eso no es matrimonio. Es una estafa doméstica con toques de extorsión familiar.
En el teléfono se oyó una risita amarga, cortada.
—Siempre has sido muy dura.
—No. Fui cómoda durante demasiado tiempo. Nada más que se me venció el plazo.
Colgó y puso el celular en silencio.
Un minuto más tarde, el aparato volvió a vibrar. Ahora era Francisca Aguilar. Lucía lo miró, suspiró y aun así respondió.
—La escucho.
—Todavía puedes arreglar esto —dijo su suegra con voz helada—. Pedirle perdón a tu esposo. Pedirme perdón a mí. Y sentarte a hablar como una persona decente.
—¿Hablar de qué? ¿De cómo regalarles metros cuadrados con elegancia y sin escándalo?
—De la familia.
—Usted y yo entendemos esa palabra de maneras muy distintas.
—Por supuesto. Para ti la familia existe solo mientras te conviene.
—No. Para mí, familia es que nadie venga a meter las manos en mis escrituras como si fueran suyas.
—¡Tú todo lo consideras tuyo!
—Porque lo es. Imagínese qué contrariedad.
—¡No queremos tu departamento completo! ¡No inventes! Solo queríamos que Eduardo estuviera protegido.
—¿Protegido de quién? ¿De mí, que durante dos años lo mantuve, lo cubrí, lo escuché y lo saqué a flote cuando no le alcanzaba el sueldo?
—¡No te atrevas a hablar así de mi hijo!
—Y usted no se atreva a venir a mandar en mi casa.
—¡Él es un hombre!
—De palabra, sí. En la práctica todavía no convence mucho.
Francisca se quedó sin aire de la indignación.
—¡Te vas a arrepentir! ¡Todavía vas a ir arrastrándote a buscarlo!
—Lo dudo bastante. Yo solo me arrastro debajo de la tina cuando se rueda la pelotita del gato. Y ni eso lo disfruto.
—Eres una…
—Que tenga buena noche, Francisca Aguilar.
Lucía cortó la llamada, dejó el celular boca abajo y empezó a levantar la mesa en silencio. Los platos fueron al fregadero. El catálogo terminó en una bolsa para reciclar. La libreta con números y anotaciones como “ropero aquí” y “para Carmen un catre” acabó en el mismo lugar.
Antes de tirarla, abrió una hoja y leyó un par de notas más: “Eduardo hablará con ella con calma”. “Si se pone difícil, presionar por medio de la familia”. Lucía soltó una carcajada incrédula.
—Con calma. Claro que sí. Me conmovieron.
El teléfono emitió otro pitido. Mensaje de Eduardo: “Te pasaste. Mi mamá está llorando”.
Lucía escribió rápido: “Que no llore. Que le busque casa a la tía Carmen y una cinta métrica nueva”.
La respuesta llegó casi de inmediato: “¿Te estás burlando?”
Ella contestó: “No. Por primera vez en mucho tiempo estoy hablando claro”.
Luego abrió el chat con su amiga Regina Rodríguez y le mandó: “Si hoy no maté a alguien con palabras, considéralo crecimiento personal”.
Regina respondió medio minuto después: “Salgo del turno a las nueve, pero ya necesito el chisme. ¿A quién corriste?”
Lucía fotografió la mesa vacía, la bolsa a cuadros junto a la entrada y escribió: “A mi marido, a mi suegra y a la tía invasora. Vinieron a repartirse mi departamento”.
Regina llamó por videollamada al instante.
—A ver —dijo en lugar de saludar—. Voltea la cámara. Quiero ver el campo de batalla.
Lucía enfocó la cocina.
—Aquí instalaron el cuartel general. Ahí se comieron la gallina. En esta parte dibujaban dónde convenía apretarme. Y por allá, supongo, planeaban el desembarco de parientes.
Regina chifló, impresionada.
—No, amiga, eso ya ni siquiera es descaro. Eso es como un cosplay doméstico de ocupación territorial.
—Exactamente lo mismo pensé.
—¿Y Eduardo qué hizo?
—Sentado, asintiendo. Flojito, pero constante. Como planta de sala que de pronto decide ejercer de notario.
Regina soltó una carcajada.
—No, bueno, tú sí tienes talento. ¿Y ahora qué sigue?
—Ahora cambio la cerradura. Junto el resto de sus porquerías. Reviso que no se haya llevado documentos. Y después, supongo, me sentaré a asumir que oficialmente soy la peor nuera del año.
—Pero en la categoría “no se dejó ver la cara”, te llevas oro.
Lucía sonrió de verdad por primera vez en toda la noche.
—¿Sabes qué es lo más asqueroso?
—¿Qué?
—Que no me sorprendió. Para nada.
