—Yo se lo diré todo cuando pueda.
Una hora después, en casa, Alba Moreno condujo a su hijo al cuarto. Mateo Blanco seguía callado, más de lo habitual. Ella iba a irse cuando él habló de pronto, nítido:
—Mamá…
Alba Moreno se quedó parada en la puerta.
—Sabes —dijo él, despacio, mirando al suelo—, aunque dejara de escuchar la música… todavía te oiría a ti. Tus pasos por la cocina, tus peleas con el hervidor, tus regaños al gato. Eso me alcanza.
Alba Moreno cayó sentada en una silla y se cubrió la boca.
—Mateo Blanco… —la voz se le partió—. ¿Me oyes?
Él alzó los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.
—Te oigo desde hace rato, mamá. Solo que antes imaginaba demasiadas cosas en los silencios. Hoy decidí escuchar de verdad.
Ella no corrió a abrazarlo, aunque le ardían las ganas. Se limitó a aferrarse al respaldo de la silla para que no se notara el temblor de sus manos.
—Entonces recuerda esto —dijo, soltando el aire—: tú no eres mi problema. Eres mi vida. Y si algún día no oyes nada, aprenderé a hablar de una forma que puedas sentir: con gestos, con notas, incluso bailando en la cocina.
Mateo Blanco rió bajito entre lágrimas.
—Entonces seré tu director de sonido particular del silencio —dijo—. Porque ahora lo sé bien: entre nosotros no hay un hueco vacío. Hay algo que suena más fuerte que cualquier música.
Esa noche reabrió el viejo portátil. En la pantalla parpadearon programas conocidos. Se puso los auriculares; sonrió, se los quitó y los apartó. En el pasillo sonaban los pasos de su madre, una taza tintineó, el gato maulló indignado. Pulsó grabar y escuchó la casa. Por primera vez en mucho tiempo, no fue fondo. Fue una promesa: allí no lo aguantaban; allí lo esperaban.
