«Si mi madre me quiere de verdad o si me cuida solo porque le doy pena» suplicó Mateo al médico, pidiéndole que fingiera sordera para escuchar lo que dicen de él

Es profundamente injusto, su silencio pide respuestas urgentes.
Historias

…y por la noche… —se interrumpió, como si le costara respirar—. Por la noche hago cuentas. Medicinas, terapias, aparatos. Vendí incluso el piano de mi madre. Ella quiso enseñarme a tocarlo, pero yo nunca aprendí. Él… él sacaba canciones de oído desde que era pequeño. Y yo ni siquiera lo vi, ¿entiende? Trabajaba, corría, lo dejaba todo para “después”. Y ahora puede que ese “después” ya no exista.

A Mateo Blanco se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordó una madrugada en la que se había despertado con sed y oyó a su madre hablar por teléfono, creyendo que él dormía. Susurraba: «No sé qué hacer. No oye nada. Se ha encerrado tanto en sí mismo… Tengo miedo de perderlo». Entonces él solo había captado el inicio de aquella frase, y su cabeza añadió lo que faltaba: «por su culpa».

—A veces pienso —siguió Alba Moreno— que quizá estaría mejor viviendo con su padre. Allí hay más dinero, más recursos, más oportunidades. Pero… —se llevó la mano al pecho— si se fuera, mis mañanas dejarían de tener sentido.

Guardó aire antes de continuar:

—Vivo atrapada entre dos temores: perderlo de verdad, físicamente, y perderlo por dentro si llega a creer que permanezco a su lado solo por compasión.

El médico permaneció callado unos segundos. Luego habló con calma:

—Solo se equivoca en una cosa. Cree que usted imagina por él. Y tal vez él también esté imaginando por usted. Prueben, al menos alguna vez, a decir lo que sienten de verdad, no lo que creen que deben decir.

Mateo apretó la mandíbula. Cada suspiro de su madre, cada palabra, le arrancaba un pedazo de aquella piedra enorme que llevaba años dentro del pecho. Detrás del muro de sus propios miedos, descubría ahora los de ella.

Poco después, el médico regresó. Mateo se secó deprisa las lágrimas con la manga. El hombre se sentó frente a él y preguntó en voz baja:

—¿Ya es suficiente?

—Sí —murmuró Mateo Blanco—. Solo… cometa otro “error”, por favor.

—¿Cuál?

—Dígale la verdad. Pero de una forma en que ella piense que todavía no oigo del todo.

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