«Si mi madre me quiere de verdad o si me cuida solo porque le doy pena» suplicó Mateo al médico, pidiéndole que fingiera sordera para escuchar lo que dicen de él

Es profundamente injusto, su silencio pide respuestas urgentes.
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Salió al pasillo dejando escapar un suspiro hondo, demasiado marcado para ser casual.

—De momento, la audición sigue muy debilitada —le dijo a Alba Moreno, procurando que Mateo Blanco, que se había quedado dentro con la puerta apenas entornada, pudiera oírlo—. Tal vez no perciba los susurros; solo las voces altas. Tendrán que prepararse para una rehabilitación larga.

Alba cerró los ojos y se dejó caer en una silla, vencida por el cansancio.

—Lo entiendo —murmuró.

Pero nada ocurrió como Mateo Blanco había imaginado.

—Soy una madre horrible, ¿verdad? —se le escapó de pronto, con la voz quebrada—. Lo estropeé todo. Tenía que haberme dado cuenta antes de que algo iba mal. Pasaba horas con los auriculares puestos y yo creía que eran cosas de la edad, una manía de adolescente. Y ahora… ahora quizá ni siquiera pueda escucharme a mí.

—Usted no tiene la culpa —respondió el médico con serenidad—. Las enfermedades llegan sin pedir permiso.

—¿Y por qué a él? —Alba se cubrió el rostro con las manos—. No sabe cuánto significaba la música para mi hijo. Soñaba con ser técnico de sonido. Por las noches se sentaba frente a un portátil viejo, mezclaba pistas, grababa en mi móvil sus “obras maestras”. Yo me reía… Pensaba que se le pasaría. Y ahora solo ruego que ese “todavía” dure, que no se acabe; que alcance a oírme decirle que estoy orgullosa de él.

Detrás de la puerta, Mateo Blanco se encogió y clavó los dedos en el borde de la camilla. El corazón le golpeaba en la garganta. Aquello no era la queja que había esperado. Creyó que escucharía: “Estoy agotada”, “me pesa”, “es difícil cuidar de alguien discapacitado”. En cambio, oía a su madre pronunciar en voz alta el sueño que él guardaba.

—¿Se lo dice? —preguntó el médico con suavidad.

—No —admitió Alba, casi sin voz—. Siempre temo asustarlo. Me da miedo que, si sabe cuánto sufro, se sienta una carga. En casa camino con una sonrisa.

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