—¿Pero para qué quiere tanto? —Eduardo soltó la pregunta como si todavía esperara encontrarle una explicación decente—. ¿Qué hace con todo eso? ¡Si vive sola!
Sofía Cruz respiró hondo antes de contestar.
—A lo mejor lo reparte con las vecinas. O lo vende. O nada más lo guarda, como si estuviera juntando provisiones para el fin del mundo. Ya da igual, Eduardo. Lo que importa es que nos está robando y luego viene a vernos a la cara como si nada.
En ese instante, desde la entrada, se oyó el sonido inconfundible de una llave girando en la cerradura.
Los dos se miraron de golpe.
Mercedes Torres, al parecer, había olvidado algo. O quizá había decidido volver por una segunda vuelta.
—¿Eduardito? ¿Sofía? ¿Están en casa? —canturreó la voz de la suegra, alegre, como si llegara de visita con las manos limpias—. Pasaba por aquí y dije: voy a asomarme tantito, a ver cómo están.
Entró a la cocina con una sonrisa instalada en la cara. Pero se le borró en cuanto vio las expresiones de su hijo y de su nuera. La laptop seguía abierta sobre la mesa. En la pantalla, congelada, aparecía ella misma frente al refrigerador, con bolsas abultadas y la puerta abierta de par en par.
Mercedes siguió la dirección de sus miradas. Se reconoció en la imagen. El cambio fue inmediato: la señora amable, la madre sacrificada, la abuelita de sonrisa dulce, desapareció. En su lugar quedó una mujer acorralada, con los ojos duros, lista para atacar.
—¿Y esto qué es? —chilló, señalando la computadora—. ¿Me estuvieron espiando? ¿Cómo se atreven? ¡Grabar a tu propia madre! ¡Eso es un delito!
Eduardo se puso de pie despacio. Sofía nunca le había escuchado ese tono: seco, firme, helado.
—Mamá. Deja esas bolsas.
—¿Cuáles bolsas? —Mercedes apretó el bolso contra el cuerpo—. ¡Yo no agarré nada! ¡Eso está arreglado! ¡Lo hicieron para ponerme en mal, para correrme de sus vidas! ¡Tu mujer es una víbora, Eduardo, siempre me ha tenido coraje!
Él avanzó hasta quedar frente a ella.
—Vi el video, mamá. Vi cómo te llevaste la carne, el pescado, el detergente. Vi todo. ¿Para qué? Yo te doy dinero. Si necesitas algo, me lo dices y te lo compro. ¿Por qué tienes que llevarte las cosas de nuestra casa? ¿Por qué le robas a Sofía?
Mercedes comprendió que seguir negando ya no servía. Entonces enderezó la espalda, levantó la barbilla y en su mirada apareció una rabia vieja, acumulada.
—¿Robar? —escupió la palabra—. ¿Así me hablas? ¿A mí? ¡Yo te crié! ¡Yo pasé noches enteras sin dormir por ti! ¡Yo te di mi vida! ¿Y ahora me vas a reclamar un pedazo de carne? Todo lo que hay aquí también es mío, ¿me oyes? ¡Tú eres mi hijo! Tienes la obligación de mantenerme como reina. Y esta… —apuntó a Sofía con un dedo tembloroso— esta es una extraña. Hoy es tu esposa, mañana quién sabe. Madre solo hay una.
—Esta es mi familia, mamá —respondió Eduardo, sin alzar la voz—. Sofía y yo. Esta es nuestra casa, nuestro dinero, nuestras decisiones. Y tú no tienes derecho a entrar cuando se te antoje y revisar los estantes como si fuera tu despensa.
—¡Ah, mira nada más cómo me saliste! —Mercedes soltó una risa amarga—. ¡Mandilón! ¡Pelele! Ella te lavó la cabeza, te puso contra mí. ¡Ojalá se atraganten con su carne y con todo lo que tanto cuidan!
Dio media vuelta y salió casi corriendo hacia el pasillo. La puerta principal azotó con tanta fuerza que hasta una ligera lluvia de yeso cayó del marco.
Eduardo se dejó caer en la silla. Se cubrió la cara con ambas manos.
—Dios mío… qué vergüenza —murmuró.
Sofía se acercó y le rodeó los hombros. Le dolía verlo así, quebrado por algo que no había provocado. Pero, al mismo tiempo, una sensación enorme de alivio le abrió el pecho. La herida por fin había reventado. Ya no habría silencios raros, ni quesos desaparecidos, ni esa duda horrible de estar exagerando o perdiendo la cabeza.
Al día siguiente, sin hacer comentarios, Eduardo cambió las cerraduras de la puerta. Durante una semana no llamó a su madre. Mercedes Torres tampoco apareció. Seguramente esperaba que él terminara arrastrándose, pidiéndole perdón, como tantas otras veces. Pero esta vez Eduardo no fue.
Un mes después, Sofía se topó por casualidad con una vecina de su suegra, la tía Carmen Mejía, en la tienda de la esquina.
—Ay, Sofía, mijita —empezó la mujer, con ese tono de chisme disfrazado de cariño—. ¡Qué generosa anda doña Mercedes! A cada rato con sus detallitos: que jamoncito, que pescadito, que un paquete de esto, una bolsita de aquello. Dice que su hijo gana muy bien y la consiente tanto que ya no sabe ni dónde meter la comida. ¡Qué suegra tan atenta te tocó!
Sofía apenas sonrió de lado.
—Sí, tía Carmen. Muy atenta. Nomás que ahora su atención la mantiene a distancia.
La relación con Mercedes nunca volvió a ser la misma. Eduardo le hablaba en fechas importantes y, de vez en cuando, le llevaba despensa. Pero la compraba él, la cargaba él y se la entregaba en la puerta, sin permitirle entrar al departamento. Dinero en efectivo no volvió a darle. Los recibos de luz, agua y demás servicios se los pagaba por internet, directamente.
Mercedes, por su parte, se encargó de contarle a medio mundo que su nuera bruja le había arrebatado a su único hijo. Sofía se enteró por comentarios sueltos, por miradas de parientes y por mensajes cargados de indirectas. No se molestó en defenderse. Había batallas que solo ensuciaban más las manos.
Lo importante era otra cosa: en su casa, por fin, se respiraba tranquilidad. El refrigerador se mantenía lleno. El dinero empezaba a rendir. La comida duraba lo que tenía que durar. Y, después de tanto posponerlo, Eduardo y Sofía lograron reservar unas vacaciones en la playa.
La camarita, eso sí, Sofía no la tiró. La guardó al fondo de un cajón, envuelta entre cables viejos y manuales que nadie leía. Por si acaso. Porque la vida, bien lo sabía ya, podía ponerse rara de un día para otro, y nunca faltaba el familiar que confundía cariño con permiso para meterse hasta la cocina.
Pero de algo estaba segura: no iba a permitir que nadie pisoteara los límites de su hogar ni lastimara a su familia. Y si para defenderlos tenía que ser la “víbora” y la “tacaña” del cuento, pues ni modo. Cargaría ese título con la frente en alto.
Al menos, en su casa, los sándwiches seguirían llevando queso.
